Un Día más para Vivir

Capítulo Tres: Cristal

Las grietas invisibles

La puerta de cristal del edificio de La Voz del Valle se cerró tras ella con un suspiro neumático, y Cristal se encontró en el vestíbulo que conocía mejor que su propia cocina. El suelo de mármol blanco y negro, dispuesto en un tablero de ajedrez que siempre le había parecido una metáfora de su trabajo, reflejaba la luz de las lámparas de techo. El olor a tinta y papel la envolvía como un abrazo familiar, mezclado con ese aroma característico a café de máquina y desinfectante que tenían todos los edificios de oficinas. Por un instante, el cosquilleo en su nuca se disipó. Estaba en su territorio, en su trinchera.

Cristal cruzó el vestíbulo a paso rápido, sus zapatos planos repiqueteando contra el mármol como un metrónomo de urgencia. Saludó con un gesto a la recepcionista, doña Gloria, una mujer de sesenta años que llevaba tres décadas viendo entrar y salir a periodistas y que siempre le guardaba un caramelo de menta en el cajón. Cristal no se detuvo. Tenía la mente puesta en la reunión de las diez, en las fotocopias que necesitaba revisar por última vez, en el dossier que había compilado con la meticulosidad de un relojero.

El ascensor la esperaba con la puerta abierta, como si supiera que ella llegaría temprano. Cristal entró y presionó el botón del tercer piso. El mecanismo gruñó, como siempre, y la cabina comenzó a ascender con la lentitud de una tortuga anestesiada. Cristal aprovechó el momento para revisar su teléfono. Tres mensajes sin leer. Uno de Mariana: "El director ya está aquí. He visto que traía el sobre rojo. Esto es grande". El segundo, de su fuente anónima en el ayuntamiento: "Cuidado. Pineda sabe que estás investigando. Han llamado a mi casa". Y el tercero, de su madre: "¿Has desayunado? No te olvides de comer, hija, que luego te dan bajones".

Cristal guardó el teléfono sin responder. El mensaje de su madre la había golpeado en un punto vulnerable, pero no podía permitirse distracciones. La fuente del ayuntamiento, en cambio, le heló la sangre. Sabían que estaba investigando. Eso significaba que el concejal Pineda ya se había movido, que sus abogados estaban preparando una estrategia de defensa, que tal vez incluso intentarían desacreditarla. Una parte de ella sintió miedo, ese miedo frío que se instala en el estómago cuando uno se da cuenta de que ha pisado terreno pantanoso. Pero otra parte, la más grande, sintió adrenalina. Si Pineda se estaba moviendo, era porque sabía que ella tenía algo. Algo que podía derribarlo.

El ascensor se detuvo con un traqueteo y la puerta se abrió para revelar el pasillo del tercer piso. Las paredes, cubiertas de recortes de periódico y fotografías enmarcadas de ediciones anteriores, eran un museo ambulante de la historia del periodismo local. Cristal pasó junto a la foto de la primera edición de La Voz del Valle en 1962, junto a la portada que anunciaba el fin de la dictadura, junto a la foto del edificio ardiendo en el incendio de 1987. La historia de la ciudad estaba escrita en esas paredes, y ella era parte de ella.

La redacción era un hervidero de actividad. Las computadoras zumbaban, los teléfonos sonaban, los periodistas gritaban de un extremo a otro del espacio. Era un caos organizado, una coreografía de plazos y titulares que Cristal había aprendido a bailar con los ojos cerrados. Mariana la vio llegar y levantó una mano desde su pupitre, agitándola con entusiasmo. Cristal le devolvió un gesto y se encaminó a su propia mesa, un rincón desordenado donde los papeles se apilaban en torres inestables y las tazas de café usadas formaban una pequeña constelación.

—¡Cristal! —la llamó Mariana, apareciendo a su lado como un duende inquieto—. El director mandó recado. Quiere verte ahora mismo. Dijo que no esperara hasta las diez.

Cristal sintió cómo su corazón se aceleraba. Eso era inusual. El señor Rivas era un hombre metódico, de horarios fijos, de rutinas inamovibles. Si la quería ver antes de lo previsto, significaba que algo había cambiado. Algo importante.

—¿Dijo algo más? —preguntó Cristal, dejando su mochila sobre la silla y alisándose la blusa—. ¿Alguna pista sobre el tono?

—Solo dijo que llevaras el material —respondió Mariana, bajando la voz—. Y que cerraras bien la puerta al salir.

Esa última frase hizo que Cristal se detuviera. Cerrar bien la puerta. Una instrucción que solo se daba cuando la conversación iba a ser delicada. Cuando había temas que no debían salir de la habitación. Cristal tragó saliva y cogió su libreta, el dossier con las fotocopias, y un pendrive que contenía las grabaciones de las entrevistas. Su arsenal. Su verdad.

—Voy —dijo, con una calma que no sentía.

El despacho del director estaba al final del pasillo, una puerta de madera oscura con una placa de latón que decía "Señor Rivas, Director". Cristal llamó dos veces, con los nudillos, y esperó. Desde dentro, una voz grave y cansada respondió: "Adelante".

La oficina del director era el único lugar del edificio que parecía ajeno al bullicio de la redacción. Alfombra gruesa, estanterías repletas de libros de estilo, y una ventana enorme que daba a la calle principal, ofreciendo una vista panorámica del caos urbano. El señor Rivas estaba detrás de su escritorio de caoba, con las manos entrelazadas sobre el tapete de cuero verde. Tenía sesenta y cinco años, el pelo plateado peinado hacia atrás, y unos ojos grises que habían visto demasiado. Era un hombre que llevaba media vida luchando por la libertad de prensa, y que había enterrado a más periodistas de los que le gustaba recordar.




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