Un Día más para Vivir

Capítulo Cuatro: Gabriel

La tierra que se abre y el instinto que despierta

El simulacro había terminado hacía una hora, y Gabriel estaba en el camión de regreso al parque, con la cabeza apoyada contra la ventanilla y los ojos perdidos en el paisaje urbano que desfilaba a su alrededor. El sol de media mañana se había vuelto implacable, y el asfalto brillaba como un espejo líquido bajo sus rayos. Sus compañeros bromeaban y reían en los asientos de atrás, celebrando la precisión del ejercicio, la rapidez con la que habían desplegado el equipo, la eficiencia de sus maniobras. Gabriel no participaba. Se limitaba a escuchar, a asentir de vez en cuando, a guardar las distancias que había construido como murallas alrededor de su corazón.

—Gabo —dijo Tomás, sentado a su lado—. Estuviste muy bien hoy. Rápido como siempre. Parecías máquina.

Gabriel se encogió de hombros. No le gustaban los halagos. Le recordaban que era bueno en lo que hacía, y ser bueno en algo que te recuerda constantemente a tu hija muerta era una ironía demasiado cruel para soportarla.

—Solo hice mi trabajo —respondió, con voz plana.

Tomás iba a replicar, pero el sonido de la radio de la central lo interrumpió. Un pitido agudo, seguido de la voz del operador, tensa y urgente:

—Unidad 7, unidad 7, cambio de código. Repito, cambio de código. Emergencia real en el centro de la ciudad. Edificio de La Voz del Valle colapsado. Hay heridos atrapados. Diríjanse con máxima urgencia.

Gabriel sintió que algo se le helaba en el pecho. No era miedo. No era sorpresa. Era una certeza profunda, visceral, como si hubiera estado esperando esa llamada toda la mañana. El escalofrío de la mañana, la vibración bajo sus pies, el presentimiento que no había sabido nombrar. Todo había sido un aviso. El destino le estaba diciendo: "Prepárate".

El camión dio un giro brusco, y Gabriel se agarró al asiento. Los rostros de sus compañeros habían cambiado. Las bromas se habían desvanecido, reemplazadas por la concentración seria de hombres y mujeres que sabían que iban a encontrarse con la muerte. Tomás, a su lado, palideció visiblemente. Era su primer evento real desde que se había unido al parque. Gabriel lo vio tragar saliva y apretar los puños, y por un instante, sintió una punzada de compasión.

—Tranquilo —dijo, y era la primera vez que le hablaba con algo parecido al cariño—. No pienses. Actúa. Cuando lleguemos, solo haz lo que te digan. El instinto se encarga del resto.

Tomás asintió, agradecido, y Gabriel volvió a mirar por la ventanilla. El paisaje cambiaba a medida que se acercaban al centro. Ya podía ver el polvo, una nube grisácea que se elevaba sobre los tejados como un fantasma. Podía oler el humo, el cemento roto, el gas que se escapaba de las tuberías reventadas. Y podía oír el sonido de las sirenas, una sinfonía de urgencia que se extendía por toda la ciudad.

El camión se detuvo a dos calles del edificio. La zona estaba acordonada, pero Gabriel no esperó a que le dijeran nada. Saltó del vehículo antes de que las ruedas dejaran de girar, con el casco puesto y los guantes ajustados. El caos que lo rodeaba era total: gente corriendo, coches abandonados, cristales rotos esparcidos por el suelo como diamantes de mal agüero. Y al fondo, la silueta del edificio de La Voz del Valle, o lo que quedaba de él.

Gabriel se detuvo y alzó la mirada. Lo que había sido una estructura de seis plantas era ahora un montículo de escombros, una montaña de hormigón y acero retorcido que se elevaba hacia el cielo como un monumento a la fragilidad humana. De la fachada de ladrillo visto solo quedaban fragmentos, y el cartel de neón que había parpadeado durante décadas yacía en el suelo, hecho añicos.

—¡Informe de situación! —gritó Gabriel, dirigiéndose a un oficial de policía que corría de un lado a otro.

—¡Al menos veinte personas atrapadas! —respondió el oficial, sin detenerse—. La estructura es inestable. Hay riesgo de colapso secundario. Los equipos de rescate ya están trabajando en la zona norte, pero el sur es prioritario. Hay una mujer atrapada en el tercer piso. ¡La han oído gritar hace diez minutos!

Gabriel no esperó más. Corrió hacia el montículo de escombros, sintiendo cómo sus botas se hundían en el polvo y los cascotes. A su alrededor, otros bomberos desplegaban mangueras y herramientas, pero él se abrió paso entre ellos con la determinación de quien no tiene nada que perder. Encontró la entrada que los equipos de rescate habían abierto en la zona sur, una grieta estrecha y oscura que se adentraba en el corazón del colapso.

—¡Cuidado con la viga! —gritó alguien a sus espaldas—. ¡Está a punto de ceder!

Gabriel se agachó y se deslizó por la abertura. El interior era un infierno de polvo y silencio. La luz se filtraba a través de las grietas, creando un juego de sombras y destellos que hacían parecer el lugar un escenario surrealista. El olor a cemento recién roto y a electricidad quemada era abrumador.

—¿Hay alguien aquí? —gritó, su voz resonando en el espacio vacío.

Un gemido débil, casi inaudible, llegó desde algún lugar a su izquierda. Gabriel se movió hacia el sonido, apartando cascotes con las manos enguantadas, sintiendo cómo el polvo se le metía en los pulmones. Y entonces, la vio.

Una mujer joven, de unos veintiocho o treinta años, estaba atrapada bajo una losa de hormigón que le aplastaba las piernas. Su rostro estaba cubierto de polvo y sangre, pero sus ojos, unos ojos color miel que brillaban con un destello de terror y esperanza, estaban abiertos y fijos en él. En sus manos, apretada contra su pecho como un tesoro, sostenía una libreta de tapas negras.




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