Un Día más para Vivir

Capítulo Cinco: Cristal

El peso de la luz y el silencio de los días

El blanco era el primer color que Cristal vio cuando abrió los ojos. Un blanco cegador, uniforme, que se extendía desde el techo hasta las paredes y se filtraba por la rendija de las cortinas. Durante un largo momento, no supo dónde estaba. Su mente era un borrón de imágenes inconexas: el suelo que se movía, el techo que se venía abajo, el polvo que entraba en sus pulmones, y luego... luego unos ojos. Unos ojos que la miraban desde la oscuridad, firmes y cálidos, como faros en medio de la tormenta.

Parpadeó varias veces, luchando contra la luz, y poco a poco el mundo fue tomando forma. Estaba en una habitación pequeña, con paredes de un blanco quirúrgico y una cortina verde que colgaba a su izquierda. Un gotero colgaba de un soporte metálico, y un tubo fino se perdía bajo la venda que envolvía su brazo derecho. Su cuerpo era un mapa de dolores: un dolor sordo en las piernas, un dolor agudo en las costillas, un dolor punzante en la cabeza que latía al ritmo de su corazón.

Cristal intentó incorporarse, pero un gemido de dolor la obligó a quedarse inmóvil. En ese momento, una enfermera apareció en la entrada de la habitación, con una bata blanca y una sonrisa profesional.

—Despertó —dijo la enfermera, acercándose con paso ligero—. ¿Cómo se siente?

Cristal abrió la boca para responder, pero solo logró emitir un sonido ronco, apenas un croar. La enfermera le ofreció un vaso de agua con una pajita, y Cristal bebió con avidez, sintiendo cómo el líquido fresco le aliviaba la garganta irritada.

—¿Dónde...? —logró decir, finalmente—. ¿Dónde estoy?

—En el Hospital General. La trajeron hace dos días —respondió la enfermera, ajustando el gotero—. Sufrió múltiples fracturas en las piernas, tres costillas rotas y una conmoción cerebral. Pero está fuera de peligro. Ha sido muy afortunada.

Cristal cerró los ojos y dejó que las palabras se asentaran. Dos días. Había estado dos días inconsciente. El terremoto... el edificio... sus compañeros...

—¿Mis compañeros? —preguntó, y su voz sonó más fuerte ahora, teñida de urgencia—. Los de la redacción... ¿qué pasó con ellos?

La enfermera vaciló. Su sonrisa profesional se tensó ligeramente, y Cristal supo, antes de que hablara, que la noticia no era buena.

—Hubo varias víctimas —dijo la enfermera, con una delicadeza que dolía más que la crudeza—. Once personas murieron en el colapso. Otras diecisiete resultaron heridas. Su periódico... bueno, el edificio quedó destruido.

Cristal sintió que el suelo se abría bajo ella. Pero esta vez, no era un terremoto. Era el peso de la realidad, la gravedad de la pérdida. Once personas. Gente que conocía. Gente con la que había compartido café y risas y plazos imposibles. Gente que ahora no volvería a ver.

—¿Mariana? —susurró, casi sin atreverse a pronunciar el nombre—. Mi compañera... ¿Mariana?

La enfermera bajó la mirada y negó con la cabeza. Cristal sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Mariana, su amiga, la que siempre le guardaba un café caliente, la que la escuchaba cuando hablaba de sus investigaciones, la que la animaba cuando el miedo la vencía. Mariana no había sobrevivido.

—Lo siento —dijo la enfermera, colocando una mano sobre su hombro—. Lo siento mucho.

Cristal no lloró. No podía. El dolor era demasiado grande, demasiado profundo, como un pozo sin fondo que se tragaba todas sus emociones. Se quedó allí, mirando el techo blanco, sintiendo cómo el silencio se extendía a su alrededor como un manto de plomo.

—¿Alguien más? —preguntó, después de un largo momento—. ¿Quién más...?

—La lista aún no está completa —respondió la enfermera—. Pero puedo decirle que el señor Rivas, el director, sobrevivió. Está en la planta de arriba. Tiene varias heridas, pero se recuperará.

Cristal sintió una pequeña chispa de alivio. El señor Rivas estaba vivo. No era mucho, pero era algo.

—¿Y...? —Cristal dudó. No sabía cómo preguntar por él sin sonar extraña. Pero la imagen de aquellos ojos, aquellos ojos que la habían mirado desde la oscuridad, no se apartaba de su mente—. ¿El bombero que me rescató? ¿Sabe qué pasó con él?

La enfermera alzó una ceja, sorprendida por la pregunta. Luego, como si recordara algo, asintió.

—El bombero que la trajo, ¿verdad? Un hombre alto, de mirada seria. Estuvo aquí varias horas. Preguntó por usted en recepción, pero como todavía estaba en la UCI, no pudimos dejarle pasar. Volvió al día siguiente, y lo mismo. Supongo que sigue preguntando.

Cristal sintió que algo se movía en su pecho. No era dolor, ni miedo, ni siquiera gratitud. Era otra cosa, un hormigueo cálido que no sabía nombrar. El bombero había vuelto. Había preguntado por ella. A pesar de todo el caos, a pesar de la ciudad en ruinas, se había acordado de ella.

—¿Cómo se llama? —preguntó, y su voz sonó extraña, casi temblorosa—. ¿Sabe su nombre?

—Gabriel —respondió la enfermera—. El bombero se llama Gabriel.

Cristal repitió el nombre en silencio, saboreándolo, guardándolo en un rincón seguro de su memoria. Gabriel. El hombre que la había sacado de los escombros. El hombre que le había dicho "no voy a irme" con una voz tan firme que ella había creído que era verdad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.