El eco de un nombre y la sombra del pasado
El parque de bomberos número siete era un lugar distinto después del terremoto. Las paredes seguían siendo las mismas, las literas seguían ocupando el mismo espacio, el olor a grasa y metal seguía flotando en el aire. Pero algo había cambiado. Algo que Gabriel no podía nombrar pero que sentía en cada rincón de su ser, como una corriente eléctrica que recorría sus venas y lo mantenía despierto por las noches.
Eran las tres de la madrugada del tercer día después del terremoto, y Gabriel estaba sentado en la cocina común, con una taza de café frío entre las manos y la mirada perdida en la ventana empañada. Afuera, la ciudad aún gemía bajo el peso de la catástrofe. Las réplicas seguían sacudiendo los cimientos, y el sonido de las sirenas era una constante que se había vuelto parte del paisaje sonoro. Pero Gabriel no escuchaba las sirenas. Escuchaba otra cosa. Escuchaba el eco de una voz, débil y temblorosa, diciendo: "Por favor, no me dejes sola".
—No puedes dormir, ¿verdad?
La voz de Tomás lo sacó de su ensimismamiento. El novato estaba apoyado en el marco de la puerta, con el pelo alborotado y los ojos hinchados por el cansancio. Gabriel no lo había oído llegar. Estaba demasiado absorto en sus pensamientos.
—No —respondió Gabriel, sin apartar la mirada de la ventana—. No puedo.
Tomás se acercó y se sentó a su lado, sirviéndose un café de la jarra que aún humeaba en la mesa. Durante unos minutos, ninguno de los dos habló. El silencio era cómodo, casi familiar, como el que comparten dos personas que han aprendido a estar juntas sin necesidad de palabras.
—He oído que has ido al hospital —dijo Tomás, al fin, con una voz cuidadosamente neutral—. Dos veces.
Gabriel sintió que algo se tensaba en su pecho. No era culpa, exactamente. Era más bien la sensación de haber sido descubierto, de haber dejado que alguien viera una parte de él que había mantenido oculta durante años.
—Sí —admitió, sin dar más explicaciones.
—¿La periodista? —insistió Tomás—. ¿La chica de la libreta?
Gabriel asintió, pero no dijo nada más. No sabía cómo explicar lo que sentía. No sabía cómo poner en palabras la extraña conexión que había sentido cuando sus ojos se encontraron en medio de los escombros, cuando su mano apretó la de ella y sintió que algo se despertaba en su interior, algo que creía muerto desde hacía mucho tiempo.
—Gabo —dijo Tomás, inclinándose hacia él y bajando la voz—. Llevo tres meses trabajando contigo, y nunca te he visto así. Nunca te he visto preocuparte por nadie. ¿Qué tiene ella de especial?
Gabriel se quedó en silencio, mirando el café frío en su taza. Las palabras se agolpaban en su garganta, pero no lograban salir. ¿Qué tenía ella de especial? ¿Cómo explicar que, cuando la había visto bajo los escombros, con el rostro cubierto de polvo y sangre y los ojos llenos de miedo, había sentido que el tiempo se detenía? ¿Cómo explicar que, al oír su nombre, algo en su interior había hecho clic, como una pieza de un rompecabezas que encajaba en su lugar?
—No lo sé —respondió, finalmente—. Solo sé que no podía dejarla allí. Y que no puedo dejar de pensar en ella.
Tomás lo observó con una mezcla de sorpresa y comprensión. Era la primera vez que Gabriel hablaba de sus sentimientos, la primera vez que dejaba entrever algo más allá de la coraza de indiferencia que había construido a su alrededor. Y Tomás, que había pasado tres meses intentando derribar esa coraza, sintió que finalmente estaba logrando un avance.
—Entonces ve a verla —dijo Tomás, con una sencillez que desarmó a Gabriel—. Ve al hospital y háblale. No te quedes aquí, envenenándote con café frío y pensamientos que no te llevan a ninguna parte.
Gabriel levantó la cabeza y lo miró. Había algo en la mirada del chico, una sinceridad que no podía ignorar, que le hacía sentir que quizás, solo quizás, tenía razón.
—No sé si debo —dijo Gabriel, y su voz sonó insegura, casi infantil—. No sé si tengo derecho a meterla en mi vida. No sé si...
—¿Si qué? —lo interrumpió Tomás—. ¿Si mereces ser feliz? ¿Si mereces tener a alguien? Gabriel, llevas dos años castigándote por lo que pasó con Lucía. Dos años enterrado en vida. Y sé que duele, sé que no es fácil, pero no puedes pasar el resto de tu existencia encerrado en ese caparazón.
El nombre de Lucía resonó en el aire como una campanada. Gabriel sintió que el nudo en su garganta se apretaba, que los ojos se le llenaban de lágrimas que se negaba a derramar. Dos años. Dos años de silencio, de dolor, de noches en blanco y días grises. Dos años sin permitirse sentir nada más que la culpa y el vacío.
—No sé si puedo —susurró, y su voz se quebró—. No sé si soy capaz de volver a sentir algo por alguien. No sé si ella querría estar con alguien como yo, alguien que lleva tanto peso encima...
—No lo sabrás hasta que lo intentes —respondió Tomás, poniendo una mano sobre su hombro—. Y si no lo intentas, te arrepentirás el resto de tu vida. Te lo digo porque te quiero, Gabo. Porque eres como un hermano para mí. Y no soporto verte sufrir así.
Gabriel cerró los ojos y dejó que las palabras de Tomás se asentaran en su mente. Tenía razón. Lo sabía. Había estado escondiéndose demasiado tiempo, protegiéndose del dolor y, al hacerlo, negándose cualquier posibilidad de alegría. Y quizás era momento de dejar de huir.