Un Día más para Vivir

Capítulo Ocho: Gabriel

El peso de la verdad y el amanecer de una nueva lucha

Pasaron tres días desde que Cristal volvió a su apartamento, y cada uno de ellos traía consigo una pequeña victoria. El primer día, logró caminar sin muletas hasta la cocina. El segundo, consiguió ducharse sola. El tercero, abrió su libreta y comenzó a ordenar sus notas, a preparar el terreno para lo que sabía que debía hacer.

Gabriel había estado allí en cada uno de esos momentos. No siempre físicamente —tenía sus turnos, sus responsabilidades—, pero siempre presente. Llamaba cada mañana para asegurarse de que había desayunado. Enviaba mensajes a lo largo del día con preguntas banales que, Cristal lo sabía, eran su forma de decir "estoy pensando en ti". Y cada noche, si el turno se lo permitía, aparecía en su puerta con la cena y una sonrisa cansada.

Esa noche, sin embargo, Gabriel llegó con el rostro más serio de lo habitual. Dejó la bolsa de la comida en la mesa y se sentó frente a Cristal con una expresión que ella ya había aprendido a reconocer: algo le preocupaba.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, cerrando la libreta.

Gabriel pasó una mano por su cabello, un gesto nervioso que Cristal había notado en los momentos de tensión.

—He estado hablando con algunos contactos —comenzó, con voz baja—. Ingenieros que trabajan en la reconstrucción. Gente que está evaluando los daños estructurales de los edificios que sobrevivieron.

Cristal sintió que su corazón se aceleraba. Sabía que Gabriel estaba haciendo esto por ella, por la investigación, pero también sabía que lo que iba a decir no sería fácil de escuchar.

—¿Y qué has descubierto?

Gabriel la miró a los ojos, y Cristal vio en ellos algo que no le gustó. Era una mezcla de preocupación y... ¿miedo?

—El edificio donde trabajaba Mariana —dijo, y Cristal sintió que el nombre de su amiga caía como una piedra en el silencio—. El que colapsó. Los ingenieros han confirmado lo que ya sospechabas. Los cimientos eran deficientes. El estudio de suelo que presentó la constructora estaba falsificado. Pero hay más.

Cristal se inclinó hacia él, sintiendo que el aire se espesaba a su alrededor.

—¿Más?

—Hay otros edificios —continuó Gabriel, y su voz era apenas un susurro—. Por lo menos siete más, en diferentes puntos de la ciudad. Todos construidos por la misma empresa. Todos con los mismos permisos firmados por el concejal Pineda. Y todos con el mismo riesgo estructural.

El silencio se instaló entre ellos, denso y pesado. Cristal sintió que la rabia comenzaba a hervir en su pecho, pero también algo más: una determinación fría y precisa.

—¿Cuántas personas viven en esos edificios? —preguntó, y su voz sonó más firme de lo que esperaba.

—Cientos —respondió Gabriel—. Tal vez más. Y están allí, Cristal. Durmiendo en sus casas, yendo a sus trabajos, viviendo sus vidas. Sin saber que el suelo bajo sus pies podría ceder en cualquier momento.

Cristal se levantó, ignorando el dolor que aún sentía en la pierna, y comenzó a caminar de un lado a otro de la pequeña sala. Las ideas se arremolinaban en su cabeza como un torbellino. La investigación que había estado construyendo durante meses, los testimonios que había recogido, las pruebas que había reunido... todo eso era ahora más urgente que nunca.

—Necesito publicar esto —dijo, deteniéndose frente a Gabriel—. No puedo esperar. No puedo permitir que Pineda siga en su despacho mientras hay gente en peligro.

Gabriel asintió, pero había algo en su mirada que Cristal no podía descifrar.

—Hay un problema —dijo, y su voz se tiñó de una gravedad que Cristal no había escuchado antes—. Ayer, cuando estaba en el parque de bomberos, recibí una visita. Un hombre. Dijo que trabajaba para el concejal Pineda. Quería saber por qué un bombero estaba haciendo preguntas sobre edificios y estudios de suelo.

Cristal sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿Qué le dijiste?

—Le dije que era parte de la evaluación de seguridad posterior al terremoto —respondió Gabriel—. Que estábamos revisando todos los edificios para priorizar las reparaciones. Pareció creérmelo, pero...

—Pero no es tonto —completó Cristal, sintiendo el frío recorrerle la columna—. Pineda sabe que alguien está investigando. Y si ha enviado a alguien a preguntar, es porque está preocupado. Porque sabe que hay algo que ocultar.

Gabriel se levantó y se acercó a ella. Sus manos encontraron las de Cristal, y el contacto la ancló a la realidad.

—Por eso tenemos que ser cuidadosos —dijo, con una intensidad que la hizo sentir que estaba siendo envuelta por su protección—. No podemos publicar esto a la ligera. Necesitamos tener todas las pruebas en orden. Necesitamos un plan.

Cristal lo miró, sintiendo que las piezas comenzaban a encajar en su mente.

—Mi editor —dijo de repente—. El director del periódico. Él también recibió una llamada de Pineda el día del terremoto. Amenazó con acciones legales. Pero no he hablado con él desde entonces. No sé si está dispuesto a publicar esto.

Gabriel la miró con una determinación que Cristal reconoció como propia.




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