Un Día más para Vivir

Capítulo Diez: Gabriel

El fuego que no se apaga

Gabriel despertó antes del amanecer, como siempre. Su cuerpo estaba entrenado para responder al silencio de la madrugada, a esa hora en que el mundo parece suspendido y cualquier sonido puede ser una alarma. Pero esta mañana no había alarmas. Solo el susurro de la respiración de Cristal a su lado, suave y constante, como un ancla en medio del caos.

Se giró lentamente para mirarla. La luz tenue que se filtraba a través de las cortinas dibujaba sombras suaves en su rostro. Dormía con el ceño ligeramente fruncido, como si incluso en sueños estuviera resolviendo algún misterio. Gabriel sonrió. Era tan terco, tan obstinada, tan increíblemente valiente. No podía evitar sentirse afortunado de haberla encontrado.

Se levantó con cuidado, procurando no hacer ruido, y fue a la cocina a preparar café. Mientras el agua hervía, tomó su teléfono y revisó las noticias. Su corazón se aceleró cuando vio el titular en la portada del periódico digital: "LA VERDAD QUE ENTERRÓ EL TERREMOTO". La investigación de Cristal estaba en todas partes. Los comentarios en las redes sociales ardían, los titulares de otros medios comenzaban a hacerse eco de la historia, los políticos empezaban a posicionarse.

Y luego, lo que más temía: una noticia sobre el concejal Pineda. "Concejal Pineda niega las acusaciones y anuncia acciones legales contra el periódico".

Gabriel apretó el teléfono con fuerza, sintiendo que la ira comenzaba a hervir en su interior. Había visto demasiadas veces cómo los poderosos se protegían a sí mismos mientras los demás pagaban el precio. Lo había visto en los incendios, en los derrumbes, en las caras de las familias que perdían todo. Y no iba a permitir que Pineda se saliera con la suya.

—¿Qué pasa?

La voz de Cristal lo sobresaltó. Estaba apoyada en el marco de la puerta de la cocina, con el cabello despeinado y los ojos aún somnolientos. Gabriel sintió que su corazón se suavizaba al verla, a pesar de la ira que aún bullía en su pecho.

—Nada —dijo, pero sabía que ella no se lo creería.

Cristal se acercó y tomó el teléfono de sus manos. Gabriel la vio leer la noticia, vio cómo su rostro palidecía lentamente. Pero también vio algo más: determinación. Siempre había determinación en ella.

—Sabía que esto pasaría —dijo, devolviéndole el teléfono—. Pineda no se va a rendir tan fácilmente. Pero yo tampoco.

Gabriel la tomó entre sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo.

—No voy a dejar que te haga daño —dijo, con una firmeza que no admitía réplica—. No importa lo que intente. No importa lo que cueste. No voy a permitir que te pase nada.

Cristal levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Había tantas cosas en su mirada: gratitud, amor, pero también algo más. Preocupación.

—Gabriel —dijo, y su voz era suave pero firme—. Tienes que prometerme algo.

—Lo que sea.

—Si las cosas se ponen feas —continuó ella—, si Pineda decide ir a por nosotros de verdad... prométeme que te cuidarás. Que no harás nada imprudente. Que no te pondrás en peligro por mí.

Gabriel sintió que las palabras se le atascaban en la garganta. ¿Cómo podía prometerle algo así cuando su instinto era protegerla a cualquier costo? Pero vio la sinceridad en sus ojos, la preocupación genuina, y supo que no podía mentirle.

—Te prometo que haré todo lo que esté en mi mano para estar a salvo —dijo—. Pero también te prometo que estaré a tu lado. Pase lo que pase.

Cristal sonrió, una sonrisa que iluminó todo su rostro.

—Eso es suficiente —respondió, y lo besó.

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El día transcurrió entre llamadas y correos electrónicos. El periódico de Cristal estaba recibiendo presión de todas partes: del gobierno, de los abogados de Pineda, incluso de algunos anunciantes que amenazaban con retirar su publicidad. Pero el director se mantuvo firme. Había dado su palabra, y Cristal había verificado cada una de las pruebas.

Gabriel, por su parte, había hablado con sus contactos en el cuerpo de bomberos y en el departamento de ingeniería civil. La noticia estaba causando revuelo, y muchos de ellos estaban dispuestos a declarar públicamente si era necesario. Habían visto los edificios, habían evaluado los daños, sabían que la verdad era innegable.

—Hemos recibido una carta —dijo Cristal, entrando en la sala de estar con un sobre en la mano—. Del despacho de Pineda.

Gabriel sintió que el estómago se le encogía.

—¿Qué dice?

Cristal abrió el sobre y leyó en voz alta:

"Señorita Cristal Moreno: Por la presente, se le requiere para que se persone en las oficinas del concejal Pineda el próximo lunes a las 10:00 a.m. para discutir las acusaciones vertidas en su publicación. Su no comparecencia será considerada como un acto de mala fe y se tomarán las medidas legales correspondientes."

Gabriel sintió que la ira comenzaba a hervir de nuevo.

—No vas a ir —dijo, con una firmeza que no admitía discusión—. Es una trampa. Quiere intimidarte, hacerte callar. Si vas, te expones a...

—Lo sé —lo interrumpió Cristal, y su voz era tranquila—. Pero tengo que ir.




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