Un Día más para Vivir

Capítulo Doce: Gabriel

El peso de las cenizas y la luz del amanecer

Gabriel despertó con una sensación que no había experimentado en meses: paz. No la paz tensa de la espera, ni la paz frágil que podía romperse en cualquier momento. Era una paz profunda, asentada en los huesos, como la que sigue a una tormenta cuando el sol finalmente rompe las nubes.

Se giró en la cama y encontró a Cristal dormida a su lado, con el rostro relajado y una pequeña sonrisa en los labios. Durante un momento, se quedó mirándola, sintiendo que el corazón se le llenaba de una gratitud inmensa. Habían pasado por tanto juntos: el terremoto, el hospital, la investigación, la demanda, las amenazas. Y ahí estaban, vivos, enteros, enamorados.

Se levantó con cuidado y fue a la cocina a preparar café. Mientras el agua hervía, tomó su teléfono y revisó las noticias. El titular lo hizo sonreír: "Pineda ingresa en prisión tras sentencia firme". La justicia, por fin, se había hecho.

Pero no todo era celebración. Había una noticia más abajo, pequeña, casi escondida, que hizo que su sonrisa se desvaneciera: "Aumentan los casos de corrupción en la reconstrucción: nuevas denuncias contra contratistas". El problema no había terminado. No terminaría nunca del todo. Pero al menos, ahora, había personas dispuestas a luchar.

—¿Qué pasa?

La voz de Cristal lo sobresaltó. Estaba apoyada en el marco de la puerta, con el cabello despeinado y los ojos aún somnolientos. Gabriel sintió que su corazón se suavizaba al verla.

—Nada —respondió, guardando el teléfono—. Solo pensando.

Cristal se acercó y lo abrazó por detrás, apoyando la cabeza en su espalda. Gabriel sintió el calor de su cuerpo contra el suyo y supo que, pase lo que pasara, todo estaría bien.

—¿En qué piensas? —preguntó, con la voz aún ronca por el sueño.

—En lo lejos que hemos llegado —respondió Gabriel, girándose para abrazarla—. En todo lo que hemos superado. En lo orgulloso que estoy de ti.

Cristal levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Había tanto amor en ellos, tanta gratitud, que Gabriel sintió que las palabras se le atascaban en la garganta.

—Yo también estoy orgullosa de ti —dijo ella—. De todo lo que has hecho por mí. De todo lo que has hecho por esta ciudad.

Gabriel la besó, un beso suave y profundo que lo decía todo. Y en ese momento, con el sol de la mañana entrando por la ventana y el aroma del café llenando la cocina, supo que había encontrado su lugar en el mundo.

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Esa mañana, Gabriel tenía que ir al parque de bomberos. La ciudad seguía en reconstrucción, y las emergencias no se detenían. Pero antes de salir, se sentó con Cristal en el sofá, con las tazas de café en la mano.

—Hay algo que quería hablarte —dijo, sintiendo que los nervios comenzaban a revolotear en su estómago.

Cristal lo miró con curiosidad.

—Dime.

Gabriel respiró hondo. Había estado pensando en esto durante semanas, ensayando las palabras una y otra vez, pero ahora que el momento había llegado, sentía que el corazón se le aceleraba.

—Estos meses contigo han sido los mejores de mi vida —comenzó—. Has cambiado todo. Me has enseñado a ver la vida de otra manera, a luchar por lo que creo, a no rendirme nunca. Y sé que esto puede parecer precipitado, pero no puedo imaginar mi vida sin ti.

Cristal lo miró con los ojos brillantes, y Gabriel sintió que las palabras fluían con más facilidad.

—Quiero construir algo contigo —continuó—. Algo sólido, algo real. Quiero que estemos juntos, no solo ahora, sino siempre. Quiero que te mudes conmigo, que hagamos un hogar, que planeemos un futuro juntos. Quiero todo eso, Cristal. Pero quiero que sepas que no te estoy pidiendo que dejes nada de lo que amas. Solo quiero que añadas esto a tu vida. Añadirme a mí.

Cristal sonrió, y Gabriel vio en sus ojos una mezcla de sorpresa y alegría que le llenó el corazón.

—Gabriel —dijo, y su voz era suave como una caricia—. No sabes cuánto tiempo he esperado escuchar eso. No sabes cuánto tiempo he querido decirte lo mismo.

Gabriel sintió que el alivio lo envolvía como una ola cálida.

—¿Entonces...?

—Sí —respondió Cristal, tomando sus manos—. Sí, quiero mudarme contigo. Quiero construir un hogar contigo. Quiero pasar el resto de mi vida contigo.

Gabriel la besó, un beso que fue una promesa, un juramento, un nuevo comienzo. Y en ese momento, supo que todo lo que habían pasado —el dolor, el miedo, la incertidumbre— había valido la pena. Porque al final del camino, estaba ella.

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Los días siguientes fueron un torbellino de actividad. Mudarse juntos no era fácil, especialmente cuando ambos tenían trabajos exigentes y una ciudad que seguía necesitando su atención. Pero cada momento valía la pena: elegir los muebles, organizar las cajas, discutir sobre el color de las cortinas.

—¿De verdad quieres poner una estantería entera solo para tus libros de investigación? —preguntó Gabriel, riendo, mientras miraba la montaña de cajas que Cristal había etiquetado como "material sensible".

—Por supuesto —respondió ella, con una sonrisa pícara—. Es mi colección de armas secretas. Puede que algún día tenga que usarlos contra otro Pineda.




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