El fuego que arde en el pecho
Gabriel nunca había sido bueno para los discursos. Las palabras se le escapaban como agua entre los dedos cuando intentaba expresar lo que sentía, y prefería mil veces enfrentarse a un incendio que a un público expectante. Pero esa tarde, mientras observaba a Cristal hablar en la inauguración de la fundación, sintió que las palabras comenzaban a formarse en su interior con una claridad inesperada.
No eran palabras para ella. Eran palabras para él mismo, para el hombre que había sido y el que estaba aprendiendo a ser.
Había pasado tanto tiempo definiéndose por su trabajo, por el uniforme que vestía y las vidas que salvaba, que casi había olvidado que existía algo más allá de las emergencias y los turnos. Su vida era una sucesión de alarmas, de incendios, de carreras contra el tiempo. Y aunque amaba su trabajo, aunque no podía imaginar hacer otra cosa, había una parte de él que siempre había sentido que algo faltaba.
Esa parte, la que había permanecido dormida durante años, se había despertado el día que conoció a Cristal.
No había sido un amor a primera vista, no exactamente. Había sido algo más lento, más profundo, como un incendio que comienza con una chispa y se extiende hasta consumirlo todo. Cuando la vio bajo los escombros, con la mirada perdida y el cuerpo herido, sintió que algo se rompía en su interior. Y cuando la ayudó a salir, cuando la sostuvo entre sus brazos y sintió que su corazón latía contra el suyo, supo que su vida ya no sería la misma.
Ahora, meses después, seguía sintiendo lo mismo. Cada vez que la miraba, cada vez que escuchaba su risa, cada vez que la veía luchar por lo que creía, el fuego en su pecho ardía más intenso.
Esa noche, después de la inauguración de la fundación, Gabriel se sentó en el balcón del apartamento con una cerveza en la mano. La ciudad se extendía ante él, iluminada por las luces de las grúas y los faroles que aún funcionaban. Era una ciudad herida, pero viva. Una ciudad que se negaba a morir.
—¿Puedo acompañarte?
La voz de Cristal lo sobresaltó. Estaba apoyada en el marco de la puerta, con una manta sobre los hombros y el cabello suelto.
—Siempre —respondió Gabriel, haciendo espacio a su lado.
Cristal se sentó y apoyó la cabeza en su hombro. Gabriel sintió el calor de su cuerpo contra el suyo y supo que, pase lo que pase, este era su lugar.
—¿En qué piensas? —preguntó ella, con la voz suave.
Gabriel respiró hondo, sintiendo que las palabras finalmente encontraban su camino.
—En todo lo que ha cambiado —respondió—. En cómo era mi vida antes de conocerte y cómo es ahora. En lo agradecido que estoy de que hayas llegado.
Cristal levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
—Yo también estoy agradecida —dijo—. No sabes cuánto.
Gabriel sonrió, acariciando su mejilla con el dorso de la mano.
—Creo que sí lo sé —respondió—. Porque lo siento. Cada día.
Permanecieron en silencio durante un largo momento, mirando las estrellas que comenzaban a aparecer en el cielo. La ciudad seguía su ritmo nocturno, los sonidos de la reconstrucción mezclándose con el susurro del viento.
—Gabriel —dijo Cristal de repente—. Hay algo que quería preguntarte.
—Dime.
—¿Alguna vez has pensado en dejar el cuerpo de bomberos?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Gabriel la miró, tratando de descifrar lo que había detrás de esas palabras.
—No —respondió, con honestidad—. Nunca lo he considerado. Es mi vida, Cristal. Es lo que soy.
Cristal asintió lentamente, y Gabriel vio en sus ojos una mezcla de comprensión y preocupación.
—Lo sé —dijo—. Y no te pediría que lo dejaras. Solo quería saber si alguna vez lo habías pensado.
Gabriel la tomó de las manos, sintiendo que la conversación era más importante de lo que parecía.
—¿Por qué lo preguntas?
Cristal bajó la mirada, y Gabriel sintió que su corazón se aceleraba.
—Porque tengo miedo —admitió, con la voz apenas un susurro—. Miedo de que un día salgas a una emergencia y no vuelvas. Miedo de perderte como perdí a Mariana. Miedo de que el fuego sea más fuerte que nosotros.
Gabriel sintió que las palabras de Cristal se clavaban en su pecho como una daga. No era la primera vez que alguien le expresaba ese miedo. Su madre se lo había dicho antes de que él se uniera al cuerpo de bomberos. Algunos de sus compañeros lo habían escuchado de sus parejas. Pero de labios de Cristal, las palabras pesaban más. Mucho más.
—No puedo prometerte que no me va a pasar nada —dijo, con la voz ronca—. Sería mentirte. Pero puedo prometerte que siempre haré todo lo posible por volver a ti. Porque tú eres mi razón para volver.
Cristal levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Había lágrimas en los suyos, pero también una sonrisa.
—Eso es suficiente —dijo—. Eso es más que suficiente.
Gabriel la besó, un beso suave y profundo que lo decía todo. Y en ese momento, supo que, pase lo que pase, estaría dispuesto a enfrentar cualquier fuego por ella.