La historia que escribo con mis propias palabras
No sé exactamente cuándo decidí que quería escribir un libro. Tal vez fue aquella noche en el balcón, cuando Gabriel me dijo que la ciudad estaba renaciendo y yo sentí que las palabras comenzaban a formarse en mi interior como un río subterráneo que llevaba años esperando para salir a la superficie. O tal vez fue antes, mucho antes, cuando Mariana todavía estaba aquí y solíamos soñar con escribir algo juntas, algo que quedara, algo que dijera "nosotras estuvimos aquí".
Pero lo cierto es que ahora, mientras miro la pantalla en blanco del ordenador, siento que las palabras ya no me pertenecen. Son de Mariana. Son de Gabriel. Son de todas las personas que perdieron algo en el terremoto y que, sin embargo, siguen aquí, luchando, viviendo, amando.
—¿Estás lista? —pregunta Gabriel desde la puerta de la habitación.
Levanto la cabeza y lo miro. Está apoyado en el marco, con una taza de café en cada mano y una sonrisa que ilumina todo su rostro. Esa sonrisa, la que apareció en mi vida cuando todo parecía perdido, sigue siendo mi ancla.
—No lo sé —admito, aceptando la taza que me ofrece—. Creo que nunca se está realmente lista para escribir algo así.
Gabriel se sienta a mi lado en la cama, con la suya en la mano.
—¿De qué vas a escribir primero?
Respiro hondo, sintiendo que las ideas se arremolinan en mi cabeza como mariposas en una tormenta.
—De Mariana —respondo, y mi voz suena más firme de lo que esperaba—. Quiero que el mundo la conozca. Quiero que sepan quién era, qué soñaba, por qué luchaba. Quiero que su nombre no sea solo el de una víctima, sino el de una heroína.
Gabriel asiente, y en sus ojos veo una mezcla de orgullo y ternura que me hace sentir que puedo hacer cualquier cosa.
—Entonces empieza por ahí —dice—. Cuéntame quién era Mariana. Cuéntamelo como si yo no la hubiera conocido.
Sonrío, porque sé que está haciéndolo a propósito, dándome un pretexto para empezar. Y agradezco que sea tan bueno en eso, en saber cuándo necesito un empujón.
Cierro los ojos y dejo que los recuerdos fluyan.
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Mariana era una tormenta en forma de persona. Llegaba a las habitaciones como un vendaval, moviendo todo a su paso, dejando una estela de energía y caos que a veces era difícil de seguir. Era alta, con el cabello rizado que siempre llevaba recogido en un moño desordenado y unas gafas redondas que le daban un aire de intelectual excéntrica.
La conocí en la redacción del periódico, en mi primer día de trabajo. Yo estaba sentada en mi escritorio, sintiendo que los nervios me devoraban por dentro, cuando ella irrumpió en la sala como si fuera suya.
—¡Tienes que ser la nueva! —exclamó, dejando una pila de papeles sobre mi mesa—. ¡Cristal, ¿verdad? Me han hablado maravillas de ti! Dicen que eres una obsesiva del trabajo, que no descansas hasta que encuentras la verdad. ¡Me encanta!
Me quedé mirándola, sin saber muy bien cómo reaccionar. Pero ella no necesitaba una respuesta. Siguió hablando, contándome historias de sus investigaciones, riéndose de sus propios chistes, haciendo que el mundo pareciera más ligero.
Y así fue como empezó todo. Mariana se convirtió en mi mejor amiga, mi confidente, mi hermana de corazón. Me enseñó que la verdad era importante, pero que también lo era la vida. Me enseñó a reírme de mis propios errores, a no tomarme tan en serio, a ver el lado bueno de las cosas incluso cuando todo parecía perdido.
—No puedes salvar el mundo si no te cuidas a ti misma —me decía, cuando me veía trabajar hasta tarde—. El mundo puede esperar. Tú, no.
Ahora, mientras escribo estas palabras en el ordenador, siento que las lágrimas comienzan a acumularse detrás de mis ojos. Pero no son lágrimas de tristeza. Son de gratitud. Por haber tenido a alguien como ella en mi vida, aunque fuera por tan poco tiempo.
—¿Estás bien? —pregunta Gabriel, posando su mano sobre la mía.
Asiento, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.
—Sí —respondo—. Solo que a veces la echo tanto de menos que siento que el pecho se me va a romper.
Gabriel aprieta mi mano y no dice nada. No necesita hacerlo. Su presencia es suficiente.
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Escribo durante horas. Las palabras fluyen como un río que había estado represado durante demasiado tiempo. Cuento la historia de Mariana desde el principio: su infancia en un barrio humilde, su obsesión por la justicia, su decisión de convertirse en periodista. Cuento nuestras aventuras juntas, las investigaciones que compartimos, las risas y las lágrimas.
Cuento el día del terremoto. Y aunque duele, aunque siento que las palabras se clavan en mi garganta como espinas, sé que necesito escribirlo. Necesito que el mundo sepa lo que pasó, que sepa que Mariana murió haciendo lo que amaba: buscando la verdad.
Cuando finalmente levanto la vista de la pantalla, la luz del sol se ha ido y la habitación está a oscuras. Gabriel ya no está a mi lado, pero escucho su voz en la cocina, hablando por teléfono.
Me levanto y voy hacia él. Está de espaldas a mí, con el teléfono en la oreja y una expresión seria en el rostro.