Un Día más para Vivir

Capítulo Dieciséis: Gabriel

El hombre que aprendió a escribir con el corazón

Nunca fui bueno con las palabras. Mi vida siempre había sido de acciones, de movimientos, de decisiones que se tomaban en fracciones de segundo. Cuando llegaba una emergencia, no había tiempo para pensar en cómo decirlo. Había que hacerlo, y punto. Las palabras, en mi mundo, eran secundarias. Eran el informe que se escribía después, el parte que se entregaba a los superiores, la explicación que se daba a las familias.

Pero ahora, sentado frente al ordenador de Cristal, con las manos temblorosas y el corazón acelerado, siento que necesito encontrar las palabras. Las palabras que ella me ha pedido que escriba. Las palabras que merece esta historia.

—¿Seguro que quieres que haga esto? —pregunto por quinta vez, mirando a Cristal que está sentada a mi lado.

Ella sonríe, esa sonrisa que ilumina todo su rostro y hace que el mundo parezca más amable.

—Seguro —responde, apoyando la mano sobre la mía—. Quiero tu versión de la historia. Quiero saber cómo fue para ti, desde tu perspectiva.

Respiro hondo y miro la pantalla en blanco. Durante un momento, siento que las palabras se niegan a venir. ¿Cómo puedo plasmar en un texto todo lo que he sentido, todo lo que he vivido? ¿Cómo puedo explicarle al mundo lo que fue verla bajo los escombros, lo que fue sentir que mi corazón se detenía cuando la encontré?

Pero entonces, recuerdo el consejo que ella me dio: "No pienses en el mundo. Piensa en mí. Escríbeme a mí".

Y así empiezo.

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Lo primero que recuerdo de aquel día es el ruido. Un ruido que no se parece a nada que haya escuchado antes, ni siquiera en los incendios más grandes. Era como si la tierra misma estuviera gritando, como si el suelo bajo nuestros pies se hubiera vuelto loco.

Estaba en el parque de bomberos, revisando el equipo para el siguiente turno, cuando todo empezó a temblar. Las estanterías se vinieron abajo, las herramientas cayeron al suelo, y yo caí de rodillas, sintiendo que el mundo se desmoronaba a mi alrededor.

—¡Todos al suelo! —grité, pero mi voz se perdió en el estruendo.

Cuando el temblor finalmente cesó, el silencio fue casi más aterrador que el ruido. Un silencio roto solo por los gritos lejanos, las sirenas que comenzaban a sonar, el ruido de los escombros que seguían cayendo.

Y entonces, la llamada.

Un edificio en el centro de la ciudad. Colapsado. Gente atrapada.

No lo pensé dos veces. Me puse el equipo y corrí hacia el camión, sintiendo que la adrenalina comenzaba a fluir por mis venas. Mi entrenamiento me decía que me preparara para lo peor, pero mi corazón, ese que siempre había mantenido bajo control, comenzaba a latir con una urgencia que no podía ignorar.

Cuando llegamos, el edificio ya no era un edificio. Era una montaña de escombros, de hormigón y acero retorcido, de objetos personales que asomaban entre las grietas como fantasmas de vidas interrumpidas.

Y entre aquellos escombros, la vi.

No supe quién era, no en ese momento. Solo vi una mano asomando entre el polvo, moviéndose débilmente, pidiendo ayuda. Corrí hacia ella, sintiendo que el corazón se me aceleraba. Cuando la alcancé, cuando la vi, supe que no podía dejarla allí.

—¡No te muevas! —grité, mientras comenzaba a retirar los escombros con mis propias manos—. ¡Voy a sacarte de aquí!

Ella no respondió. Había perdido el conocimiento. Pero su mano seguía moviéndose, aferrándose a la vida, y eso era suficiente.

Cuando finalmente la saqué, cuando la sostuve entre mis brazos y la llevé hacia la ambulancia, sentí que algo cambiaba en mi interior. No sabía qué, no en ese momento. Solo sabía que no podía dejarla.

Y no la dejé.

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—¿En serio fue así como me viste?

La voz de Cristal me saca de mis recuerdos. Está sentada a mi lado, con los ojos brillantes y una sonrisa que me desarma.

—Sí —respondo, sintiendo que las palabras finalmente fluyen—. Fue así. Desde el primer momento, supe que eras especial.

Cristal ríe, una risa que suena como música en mis oídos.

—Especial no. Estaba cubierta de polvo y sangre.

—Y aun así —digo, tomando su mano—, eras la persona más hermosa que había visto en mi vida.

Cristal me besa, un beso suave que me hace olvidar el mundo exterior. Y en ese momento, sé que todo lo que he escrito, todo lo que he sentido, vale la pena.

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Sigo escribiendo durante horas. Cuento la historia desde mi perspectiva: los días en el hospital, las visitas que se convirtieron en rutina, la forma en que ella fue derribando mis muros uno a uno. Cuento lo que sentí cuando supe que tenía un corazón herido, un corazón que había perdido a su mejor amiga y que seguía luchando por la justicia.

"Cuando Cristal me habló de Mariana —escribo, sintiendo que las palabras se forman solas—, entendí por qué era tan fuerte. Entendí que su fuerza no venía de sí misma, sino de todas las personas que había perdido y que seguía llevando en su corazón. Y entendí que, si quería estar a su lado, tenía que aprender a llevar también ese peso."




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