El latido que cambió mi mundo
Llevaba semanas sintiéndome extraña. No era nada que pudiera identificar con claridad, solo una sensación difusa de que algo en mi cuerpo estaba diferente. Al principio, lo atribuí al estrés de la fundación, a las largas horas frente al ordenador escribiendo el libro, a las noches en vela que a veces compartía con Gabriel cuando su turno terminaba tarde.
Pero luego vinieron los mareos. Y el cansancio que no se iba ni después de dormir diez horas. Y ese olor a café que siempre me había encantado y que de repente me revolvía el estómago.
Esa mañana, mientras Gabriel se preparaba para ir al parque de bomberos, me quedé en la cama sintiendo que el mundo daba vueltas a mi alrededor.
—¿Estás bien? —preguntó él, deteniéndose en la puerta con una expresión de preocupación.
—Sí —mentí, forzando una sonrisa—. Solo un poco cansada.
Gabriel se acercó y apoyó su mano en mi frente.
—No tienes fiebre —dijo, pero su mirada seguía siendo escrutadora—. ¿Seguro que estás bien?
—Seguro —repetí, besándolo para disipar sus dudas—. Ve. Luego me levanto y desayuno algo.
Gabriel se fue, pero supe que no estaba del todo convencido. Y yo tampoco lo estaba.
Cuando el ruido de la puerta al cerrarse se desvaneció, me levanté con cuidado y fui al baño. El mareo seguía ahí, pero era soportable. Me miré al espejo y vi a una mujer diferente a la que había sido unos meses atrás. Menos demacrada, menos asustada. Pero con algo nuevo en los ojos que no sabía identificar.
Y entonces, la idea llegó como un relámpago.
No. No podía ser.
Conté los días en mi mente. Las semanas. Los meses. Recordé la última vez que había tenido mi periodo, y sentí que el suelo se hundía bajo mis pies.
—No puede ser —susurré, apoyándome en el lavabo—. No puede ser.
Pero algo en mi interior, algo más profundo que la razón, me decía que sí. Que todo tenía sentido. Los mareos, el cansancio, el olor del café que ahora me revolvía el estómago.
Tenía que comprobarlo.
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La farmacia estaba a dos calles del apartamento. Caminé despacio, sintiendo que cada paso era un pequeño acto de valentía. Entré, compré el test sin mirar a la cara al dependiente, y salí con el corazón latiendo tan fuerte que temía que se saliera de mi pecho.
En casa, me encerré en el baño y seguí las instrucciones con manos temblorosas. Los tres minutos de espera se me hicieron eternos. Me senté en el borde de la bañera, contando los segundos, sintiendo que el mundo se detenía a mi alrededor.
Cuando el cronómetro sonó, no quería mirar. No quería saber. Pero sabía que tenía que hacerlo.
Tomé el test y lo giré lentamente. Las dos rayas estaban ahí, claras e inconfundibles.
Positivo.
Sentí que el aire se escapaba de mis pulmones. Las lágrimas comenzaron a brotar sin control, y no sabía si eran de miedo, de alegría o de ambas cosas a la vez.
—Estoy embarazada —susurré, acariciando mi vientre con una mano temblorosa—. Voy a ser madre.
El eco de esas palabras resonó en el pequeño baño, y sentí que mi vida se dividía en dos partes: el antes y el después de este momento.
Gabriel. Tenía que decírselo a Gabriel.
Pero no sabía cómo. No sabía si estaría feliz, si se asustaría, si estaba preparado para esto. Él tenía su trabajo, sus emergencias, su vida de bombero que siempre había sido su prioridad. ¿Había espacio en ella para un bebé?
Me levanté y fui al salón, sentándome en el sofá con el test en la mano. Mientras miraba las dos rayas, recordé todo lo que habíamos vivido juntos. El terremoto, el hospital, la investigación, la fundación. Todo nos había llevado hasta aquí, hasta este momento.
Y aunque el miedo me envolvía como una niebla, también sentía algo más: una certeza profunda de que esto era parte de un plan que no controlaba, pero que aceptaba.
Cuando Gabriel llegó esa noche, ya había decidido cómo contárselo. No con grandes discursos ni preparativos elaborados. Simplemente, con la verdad.
—Gabriel —dije, cuando entró por la puerta—. Necesito hablarte de algo.
Él me miró, y en sus ojos vi la misma preocupación que había visto por la mañana.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
—Sí —respondí, tomando su mano—. Estoy bien. De hecho, estoy mejor que bien. Estoy... vamos a tener un bebé.
El silencio que siguió fue eterno. Gabriel se quedó inmóvil, con los ojos abiertos de par en par, como si las palabras no hubieran llegado a su cerebro.
—¿Un... bebé? —repitió, con la voz apenas un susurro.
—Sí —dije, sintiendo que las lágrimas comenzaban a brotar de nuevo—. Un bebé. Nuestro bebé.
Gabriel me miró durante un largo momento, y entonces, vi cómo su rostro se transformaba. El shock se disipaba lentamente, dando paso a una emoción que apenas podía nombrar. Y entonces, sonrió. Una sonrisa tan grande y tan brillante que iluminó toda la habitación.