Un Día más para Vivir

Capítulo Dieciocho: Gabriel

El fuego que se convierte en luz

Nunca imaginé que ser bombero me prepararía para esto. Para sentir que el corazón se me salía del pecho cada vez que ponía la mano sobre el vientre de Cristal y sentía un movimiento diminuto bajo mis dedos. Para esa mezcla de miedo y emoción que me acompañaba a todas partes, incluso cuando estaba apagando incendios o rescatando personas.

—Oye, Gabriel —me dijo Carlos una tarde, mientras revisábamos el equipo en el parque—. ¿Qué te pasa? Llevas días con una sonrisa tonta en la cara. ¿Te has enamorado o algo?

Me reí, sintiendo que las palabras no podían contener lo que sentía.

—Algo así —respondí—. Cristal está embarazada. Voy a ser padre.

El silencio que siguió fue breve, pero intenso. Y entonces, una palmada en la espalda que casi me tira al suelo.

—¡No me digas! —exclamó Carlos, con los ojos abiertos de par en par—. ¡Felicidades, hombre! ¿Y cómo te sientes?

—Como si estuviera a punto de saltar de un edificio en llamas sin red de seguridad —admití, riendo nerviosamente.

Carlos rió y me dio otra palmada.

—Bienvenido al club —dijo—. Ser padre es lo mejor que te va a pasar en la vida. Y lo más aterrador también. Pero merece la pena. Cada segundo.

Sus palabras se quedaron conmigo durante el resto del turno. Mientras apagaba un pequeño incendio en un contenedor, mientras ayudaba a una anciana a bajar las escaleras de su edificio, mientras conducía el camión de vuelta al parque, no podía dejar de pensar en el bebé. En nuestro bebé.

¿Cómo sería? ¿Tendría los ojos de Cristal? ¿Mi carácter? ¿Sería tan terco como su madre o tan tranquilo como yo intentaba ser?

Y entonces, llegó la pregunta que me aterraba más que cualquier incendio: ¿sería un buen padre?

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Esa noche, cuando llegué a casa, encontré a Cristal en el sofá, con una mano sobre el vientre y una sonrisa en los labios.

—Ha estado moviéndose —dijo, tomando mi mano y guiándola hacia su barriga—. Ven, siente.

Me arrodillé frente a ella, sintiendo que el corazón se me aceleraba. Coloqué mi mano sobre su vientre y esperé. Al principio, nada. Y entonces, un movimiento suave, como un aleteo, bajo mis dedos.

—¿Lo has sentido? —preguntó Cristal, con la voz llena de emoción.

Asentí, sintiendo que las palabras se me atascaban en la garganta.

—Sí —logré decir—. Lo he sentido.

Era increíble. Era un ser diminuto, apenas formado, y ya estaba haciendo sentir su presencia. Ya estaba diciendo: "Estoy aquí. Soy real. Soy vuestro".

Cristal me miró, y en sus ojos vi la misma emoción que sentía yo.

—Gabriel —dijo—. ¿Estás bien?

Asentí de nuevo, pero las lágrimas comenzaron a brotar sin control. No era tristeza. Era algo más grande que yo, más grande que cualquier cosa que hubiera sentido antes.

—Nunca había sentido nada igual —admití, con la voz rota—. Es como si todo lo que he vivido, todas las emergencias, todas las vidas que he salvado, hubieran sido solo un preludio para esto. Para este momento.

Cristal me abrazó, y sentí que su cuerpo temblaba contra el mío.

—Yo también lo siento —dijo—. Es como si el universo nos hubiera estado preparando para esto. Para ser padres. Para amar a alguien más de lo que nos amamos a nosotros mismos.

Permanecemos abrazados durante un largo momento, sintiendo que el mundo se detenía a nuestro alrededor. El bebé seguía moviéndose, como si también quisiera participar en el abrazo.

—¿Cómo crees que será? —pregunté finalmente, separándome ligeramente para mirarla a los ojos.

Cristal sonrió, y en su mirada vi un futuro lleno de posibilidades.

—No lo sé —respondió—. Pero sea como sea, será perfecto. Porque será nuestro.

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Las semanas pasaron volando. El embarazo avanzaba sin complicaciones, y yo intentaba absorber toda la información posible. Leía libros sobre crianza, veía vídeos sobre partos, hacía preguntas a todos los padres que conocía. Quería estar preparado para todo, quería ser el mejor padre posible.

Pero nada me preparó para la primera ecografía en la que vimos claramente a nuestro bebé.

Estaba allí, en la pantalla, con sus diminutos brazos y piernas, moviéndose como si estuviera bailando. El médico señaló el corazón, y vimos cómo latía con una fuerza que nos dejó sin aliento.

—Es increíble —susurré, tomando la mano de Cristal—. Es perfecto.

Cristal apretó mi mano, y vi que las lágrimas brotaban de sus ojos.

—Es nuestro —dijo—. Nuestro pequeño milagro.

El médico nos dio las fotos de la ecografía, y las miramos una y otra vez durante el viaje de vuelta a casa. No podía apartar la vista de esa imagen, de ese ser diminuto que ya había cambiado nuestras vidas para siempre.

Esa noche, mientras Cristal dormía, me senté en el balcón con una de las fotos en la mano. La miré a la luz de la luna, sintiendo que el amor me desbordaba.




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