Un Día más para Vivir

Capítulo Diecinueve: Cristal

El eco de los latidos y el peso de las promesas

La mañana del 15 de octubre amaneció gris y lluviosa, como si la ciudad también sintiera la importancia del día que teníamos por delante. Llevaba semanas esperando esta cita, la primera revisión completa de Mariana desde que salimos del hospital. Y aunque Gabriel había insistido en acompañarme, le había pedido que se quedara en el parque de bomberos.

—Hoy necesito hacer esto sola —le dije, mientras me ayudaba a ponerme la chaqueta—. Es importante para mí. Para nosotras.

Gabriel me miró con esa mezcla de preocupación y orgullo que siempre aparecía en sus ojos cuando yo tomaba decisiones difíciles.

—Está bien —respondió, besándome en la frente—. Pero llámame en cuanto termines. Quiero saber cómo está mi pequeña.

Sonreí y asentí, sintiendo que el amor que me tenía era un ancla en medio de la incertidumbre. Pero en el fondo, sabía que no era solo la revisión de Mariana lo que me preocupaba. Era algo más. Algo que había estado sintiendo durante días y que no había compartido con nadie.

Mientras caminaba hacia la clínica, con el cochecito de Mariana delante de mí, sentí que el miedo se instalaba en mi pecho como una niebla espesa. No era miedo por Mariana. Era miedo por mí. Por este cuerpo que había cambiado tanto durante el embarazo y que ahora, meses después del parto, seguía sintiéndose extraño.

No se lo había dicho a Gabriel. No quería preocuparlo. Pero había notado algunos síntomas que no podía ignorar: dolores persistentes en la parte baja del vientre, un cansancio que no se aliviaba con el descanso, y una sensación de pesadez que la acompañaba a todas partes.

—Hoy vamos a averiguar qué está pasando —susurré, mirando a Mariana mientras dormía plácidamente en su cochecito—. Todo va a estar bien. Tiene que estarlo.

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La clínica estaba llena de madres con sus hijos. Algunas reían, otras miraban el teléfono, otras intentaban calmar a bebés que lloraban sin consuelo. Me senté en una de las sillas de la sala de espera, sintiendo que el tiempo se estiraba como una goma elástica.

—Señorita Moreno —llamó la enfermera finalmente—. El doctor la espera.

Entré en la consulta con Mariana en brazos. El doctor Méndez, un hombre de unos cincuenta años con una sonrisa cálida y unas gafas de lectura que le daban un aire de sabio, me saludó con un movimiento de cabeza.

—Cristal, ¿cómo está nuestra pequeña? —preguntó, refiriéndose a Mariana.

—Está perfecta —respondí, sintiendo que el orgullo me envolvía—. Come bien, duerme bien, y ya empieza a sonreír cuando le hablamos.

El doctor sonrió y examinó a Mariana con cuidado: su peso, su talla, sus reflejos. Todo estaba en orden.

—Es una niña sana y fuerte —dijo finalmente—. Puede estar tranquila.

Pero yo no podía estarlo. Y él lo notó.

—Cristal —dijo, posando su mano sobre la mía—. ¿Hay algo más que quieras comentarme? ¿Algo que te preocupe?

Tragué saliva, sintiendo que las palabras se me atascaban en la garganta. Pero sabía que tenía que decirlo.

—Doctor, he estado teniendo algunos síntomas que no sé si son normales —comencé, con la voz temblorosa—. Dolores persistentes en el vientre, cansancio, una sensación de pesadez... No sé si es parte de la recuperación del parto o si hay algo más.

El doctor me miró con atención, y su expresión se volvió seria pero no alarmante.

—Vamos a hacerte unas pruebas —dijo—. Solo para asegurarnos de que todo está bien. ¿Te parece?

Asentí, sintiendo que el miedo se mezclaba con la esperanza.

—Sí —respondí—. Gracias.

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Las pruebas duraron más de una hora. Análisis de sangre, ecografía, una revisión ginecológica completa. Mariana se durmió en brazos de una enfermera mientras yo me sometía a los exámenes, sintiendo que cada minuto era una eternidad.

Cuando finalmente terminaron, me senté en la sala de espera con Mariana en brazos, esperando los resultados. El tiempo pasaba lentamente, y yo no podía dejar de pensar en Gabriel, en cómo le contaría si algo estaba mal, en cómo sería nuestra vida si el diagnóstico era grave.

—Cristal —dijo el doctor, saliendo de su consulta con los resultados en la mano—. ¿Puedes pasar un momento?

Entré con el corazón en la garganta. Mariana seguía dormida, ajena a la tensión que llenaba la habitación.

—Siéntate, por favor —dijo el doctor, señalándome la silla frente a su escritorio—. He revisado los resultados con cuidado, y quiero hablarte de ellos.

—¿Estoy enferma? —pregunté, sintiendo que las palabras salían con dificultad.

El doctor negó con la cabeza, y una sonrisa suave se dibujó en su rostro.

—No, Cristal. No estás enferma. Has tenido algunos desequilibrios hormonales después del parto, y eso explica los síntomas que has estado sintiendo. Pero no es nada grave. Con un tratamiento adecuado y algo de reposo, estarás bien en unas semanas.

Sentí que el aire volvía a mis pulmones. Las lágrimas comenzaron a brotar, pero esta vez eran de alivio.




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