Un Día más para Vivir

Capítulo Veinticuatro: Gabriel

El día que el pasado llamó a la puerta

El timbre sonó a las siete de la mañana de un sábado. No era una hora normal para visitas, y mi instinto de bombero se activó antes de que mi cerebro procesara el sonido. Me levanté de la cama con sigilo, procurando no despertar a Cristal, que dormía profundamente a mi lado—los primeros meses del embarazo la estaban agotando más de lo que ella quería admitir.

Me puse una camiseta y fui a la puerta, sintiendo que el corazón se me aceleraba. Podía ser cualquier cosa: un vecino con una emergencia, un mensajero con un paquete urgente, o alguien del parque de bomberos con malas noticias.

Cuando abrí la puerta, el mundo se detuvo.

Era un hombre de unos sesenta años, con el cabello gris y los ojos cansados, vestido con un traje gastado que había visto días mejores. Pero no era su apariencia lo que me dejó sin aliento. Era su rostro. Era un rostro que había visto en fotografías antiguas, en álbumes familiares que Cristal guardaba con cariño, en el recuerdo de una historia que ella había compartido conmigo en una de nuestras noches más íntimas.

Era su padre. El padre que la había abandonado cuando ella tenía doce años. El hombre que había desaparecido sin dejar rastro, que no había contestado a sus llamadas, que no había estado en su graduación, ni en su boda, ni en el nacimiento de Mariana.

—¿Gabriel? —preguntó, con una voz que sonaba frágil y arrepentida—. Soy... soy el padre de Cristal. Necesito hablar con ella.

Sentí que la sangre se me helaba en las venas. Durante un momento, no supe qué decir. Mi instinto me decía que cerrara la puerta en su cara, que protegiera a Cristal de este hombre que había causado tanto daño. Pero algo en sus ojos, en la forma en que temblaba ligeramente, me hizo dudar.

—¿Qué quieres? —pregunté, con la voz más fría de la que me creía capaz.

—Sé que no tengo derecho a pedir nada —respondió, con la mirada baja—. Pero he estado enfermo. Muy enfermo. Y antes de que sea demasiado tarde... necesito verla. Necesito pedirle perdón.

El ruido de la puerta del dormitorio al abrirse me sobresaltó. Cristal estaba allí, con el cabello despeinado y los ojos aún somnolientos. Pero cuando su mirada se posó en el hombre que estaba en la puerta, su rostro palideció como si hubiera visto un fantasma.

—Papá... —susurró, y su voz era apenas un hilo de aire.

El hombre levantó la cabeza, y en sus ojos vi lágrimas que comenzaban a brotar.

—Cristal, hija... lo siento. Lo siento tanto.

El silencio que siguió fue eterno. Cristal se quedó inmóvil, con la mano apoyada en el marco de la puerta, como si las piernas se le fueran a ceder en cualquier momento. Yo quería correr hacia ella, protegerla, cerrar la puerta y hacer que este hombre desapareciera. Pero sabía que esto no era algo que pudiera decidir yo.

—Gabriel —dijo Cristal, y su voz era más firme de lo que esperaba—. Déjalo pasar.

La miré, buscando en sus ojos una señal de que estaba segura de lo que hacía.

—¿Estás segura?

—Sí —respondió, y aunque su rostro seguía pálido, había una determinación en sus ojos que conocía bien—. Es hora de hablar.

Se sentaron en el salón. Yo me quedé de pie junto a la puerta, observando, listo para intervenir si era necesario. Mariana todavía dormía, y agradecí que no hubiera despertado. No sabía cómo explicarle a mi hija quién era este hombre.

—He estado enfermo —comenzó el padre, con la voz temblorosa—. Cáncer. En fase avanzada. Los médicos dicen que me queda poco tiempo.

Cristal no dijo nada. Sus manos estaban apretadas sobre sus rodillas, y podía ver cómo luchaba por mantener la compostura.

—Sé que no merezco tu perdón —continuó él—. Sé que te fallé. Que te abandoné cuando más me necesitabas. Que no estuve allí para tu madre cuando enfermó, ni para ti cuando creciste. Pero quiero que sepas... que nunca dejé de pensar en ti. Que cada día de mi vida me arrepentí de lo que hice.

Cristal respiró hondo, y cuando habló, su voz era fría pero controlada.

—¿Por qué viniste ahora? ¿Por qué no viniste antes? Cuando mamá murió, cuando me gradué, cuando me casé... ¿dónde estabas entonces?

El hombre bajó la cabeza, y vi cómo sus hombros temblaban.

—Tenía miedo —admitió—. Miedo de que no me quisieras ver. Miedo de que me rechazaras. Y cada año que pasaba, el miedo era más grande, y me era más difícil dar el paso. Hasta que los médicos me dijeron que no me quedaba tiempo. Y supe que si no lo hacía ahora, nunca lo haría.

Cristal se levantó de repente, y yo di un paso adelante, preparado para cualquier cosa. Pero ella no se fue. Se quedó allí, mirando a su padre con una mezcla de rabia y dolor que me rompió el corazón.

—¿Sabes cuántas veces soñé con este momento? —dijo, con la voz quebrada—. Cuántas veces imaginé que volvías, que te arrepentías, que me pedías perdón. Y cada vez que despertaba y no estabas, sentía que el mundo se derrumbaba. Aprendí a vivir sin ti. Aprendí a no necesitarte. Y ahora apareces, cuando ya no te necesito, y me pides que te perdone.

El padre levantó la cabeza, y en sus ojos vi lágrimas que corrían libres por sus mejillas.




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