Un Día más para Vivir

Capítulo Veinticinco: Cristal

Las grietas que sanan y las raíces que crecen

El día que mi padre conoció a Mariana fue uno de los más extraños y hermosos de mi vida. No había planeado nada especial, no había preparado un discurso ni había ensayado las palabras. Simplemente, cuando él llegó a la puerta de nuestra casa con las manos vacías y los ojos llenos de miedo, abrí la puerta y lo dejé pasar.

—Papá —dije, y la palabra aún me sabía extraña en la boca—. Ella está en el jardín. Jugando con sus muñecas.

Mi padre asintió, y vi cómo sus manos temblaban ligeramente. Seguí sus pasos mientras caminaba hacia el jardín, sintiendo que mi corazón latía tan fuerte que temía que se saliera de mi pecho. Gabriel me tomó la mano y la apretó suavemente, un recordatorio silencioso de que no estaba sola.

Mariana estaba sentada en el césped, rodeada de sus muñecas y de un montón de flores que había recogido. Cuando nos vio llegar, levantó la cabeza con una sonrisa radiante.

—¡Mamá, mira lo que he hecho! —exclamó, mostrándonos una corona de flores que había tejido con sus propias manos—. Es para ti.

Me arrodillé frente a ella y la abracé, sintiendo que el amor me desbordaba.

—Es preciosa, mi amor —dije, colocándomela en la cabeza—. La llevaré siempre.

Mariana rió, y entonces su mirada se posó en el hombre que estaba detrás de mí. Su sonrisa se desvaneció ligeramente, reemplazada por la curiosidad que caracteriza a los niños de su edad.

—¿Quién es? —preguntó, señalando a mi padre.

Tomé aire, sintiendo que las palabras se formaban en mi garganta con una dificultad que no había anticipado.

—Él es... —comencé, y mi voz se quebró—. Él es tu abuelo, Mariana. Mi papá.

El silencio que siguió fue breve, pero intenso. Mi padre dio un paso adelante, y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Hola, Mariana —dijo, con una voz que apenas era un susurro—. Soy... soy tu abuelo. ¿Puedo sentarme contigo?

Mariana lo miró durante un largo momento, evaluándolo con la seriedad de una niña que ya había aprendido a leer a las personas. Y entonces, para mi sorpresa, sonrió y le ofreció una de sus muñecas.

—Sí —dijo—. Si quieres, puedes jugar conmigo. Pero tienes que prometer que no romperás ninguna flor.

Mi padre soltó una risa temblorosa y se sentó en el césped junto a ella. Y yo, observándolos, sentí que algo se rompía en mi interior. No era dolor. Era una grieta que, por fin, comenzaba a sanar.

---

Los días siguientes, mi padre se convirtió en una presencia constante en nuestra vida. No era fácil. Había momentos en los que la rabia regresaba, en los que recordaba todas las ocasiones en las que él no había estado, todas las noches en las que mi madre lloraba en silencio y yo no sabía cómo consolarla. Pero también había momentos de luz: cuando jugaba con Mariana en el jardín, cuando le contaba historias de su juventud, cuando miraba a Gabriel con una admiración que no sabía que podía sentir.

—Sabes —me dijo Gabriel una noche, mientras cenábamos—, tu padre me ha pedido disculpas. Por no haber estado allí. Por haberte dejado sola.

—¿Y qué le dijiste? —pregunté, sintiendo que la curiosidad se mezclaba con la sorpresa.

—Le dije que no tenía que pedirme disculpas a mí —respondió Gabriel—. Que era a ti a quien debía pedírselas. Pero también le dije que veía el arrepentimiento en sus ojos. Y que eso contaba.

Apreté su mano, sintiendo que el amor que sentía por él era más fuerte que cualquier rencor.

—Gracias —dije—. Por darle una oportunidad. Por no juzgarlo.

—No ha sido fácil —admitió Gabriel—. Pero sé que es importante para ti. Y si es importante para ti, es importante para mí.

Me levanté y lo abracé, sintiendo que las lágrimas comenzaban a brotar.

—Te quiero —dije—. Tanto que a veces no sé cómo expresarlo.

—No tienes que expresarlo —respondió él, acariciando mi cabello—. Lo sé. Lo siento. Siempre lo he sabido.

Y en ese momento, supe que el rencor que había llevado durante años estaba comenzando a disiparse. No del todo, no de inmediato. Pero poco a poco, como la niebla que se levanta con el sol.

---

La salud de mi padre empeoró rápidamente. Los médicos habían sido claros: el cáncer estaba demasiado avanzado, y solo le quedaban unos meses de vida. Pero él, en lugar de rendirse, decidió vivir cada día con intensidad.

Pasaba horas con Mariana, enseñándole a dibujar, a hacer figuras de papel, a identificar las flores del jardín. Le contaba historias de cuando era joven, de los viajes que había hecho, de los sueños que había tenido y que nunca había cumplido.

—Tu abuelo era un soñador —le dijo una tarde, mientras Mariana dibujaba en su cuaderno—. Pero no tuve el valor de perseguir mis sueños. No quiero que tú cometas el mismo error, pequeña. Tienes que ser valiente. Tienes que luchar por lo que quieres.

Mariana lo miró con sus enormes ojos oscuros, los mismos ojos que había heredado de Gabriel.

—¿Como mamá? —preguntó—. ¿Como mi mamá que luchó por la verdad?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.