Un Día más para Vivir

Capítulo Treinta y Dos: Gabriel

El fuego que ilumina el camino de vuelta a casa

Había pasado un mes desde que la verdad sobre Pineda salió a la luz. Un mes de titulares, de entrevistas, de declaraciones, de la ciudad entera enfrentándose a una realidad que había preferido ignorar durante años. Y aunque la justicia finalmente se estaba haciendo, yo sentía que algo en Cristal había cambiado.

No era un cambio malo. Era como si, después de todo este tiempo, finalmente hubiera soltado una carga que llevaba demasiado tiempo. Sonreía más, reía con más facilidad, y cuando miraba a nuestros hijos, lo hacía con una luz en los ojos que no había visto antes.

—Estás diferente —le dije una noche, mientras cenábamos en el jardín—. Más ligera.

Cristal me miró y sonrió, esa sonrisa que siempre lograba derretir mi corazón.

—Lo estoy —respondió—. Es como si, después de todos estos años, finalmente hubiera aceptado que Mariana ya no está. No que haya dejado de quererla, ni que haya dejado de sentir su ausencia. Pero he aceptado que su legado no es su muerte. Es su vida. Y esa vida sigue viva en mí, en nuestra hija, en la fundación, en todo lo que hemos construido.

Tomé su mano y la apreté suavemente.

—Me alegra —dije—. Porque te mereces ser feliz. Te mereces vivir sin el peso del pasado en los hombros.

Cristal me besó, y en ese beso sentí que el amor que nos teníamos era más fuerte que cualquier cosa.

—Contigo, Gabriel —dijo—, todo es más ligero. Gracias por enseñarme a vivir.

Esa noche, mientras Cristal dormía y los niños descansaban en sus habitaciones, me senté en el balcón con una cerveza en la mano. La ciudad se extendía ante mí, iluminada por las luces de los edificios que habían renacido de las cenizas. Ya no era la ciudad herida que había conocido después del terremoto. Era una ciudad nueva, llena de vida, de esperanza, de futuro.

Y yo, que había pasado años luchando contra el fuego, sentía que el fuego que ardía en mi pecho ahora era diferente. Ya no era el fuego de la adrenalina, del peligro, de la urgencia. Era el fuego del amor, de la familia, de la certeza de que había encontrado mi lugar en el mundo.

—Gabriel —dijo una voz detrás de mí.

Me giré y encontré a Mariana, mi hija mayor, apoyada en el marco de la puerta del balcón. Ya no era la niña que había conocido, la que corría por el jardín persiguiendo mariposas. Era una mujer joven, con los ojos llenos de sueños y el corazón lleno de preguntas.

—¿No puedes dormir? —pregunté, haciendo espacio a mi lado.

—No —respondió, sentándose a mi lado—. Estaba pensando.

—¿En qué?

Mariana guardó silencio durante un momento, y luego me miró con una seriedad que no le conocía.

—En el futuro —dijo—. En lo que quiero hacer con mi vida. En cómo quiero ser recordada.

La miré, sintiendo que el orgullo me desbordaba.

—¿Y qué has decidido?

—He decidido que quiero seguir los pasos de la tía Mariana —respondió—. Quiero ser periodista. Quiero contar historias que importen. Quiero luchar por la verdad.

Sentí que las lágrimas comenzaban a acumularse detrás de mis ojos.

—Esa es una decisión increíble, hija —dije, abrazándola—. Y sé que lo lograrás. Porque tienes el corazón de tu madre y la determinación de tu abuela.

Mariana me abrazó de vuelta, y en ese abrazo sentí que el tiempo se detenía.

—Gracias, papá —dijo, con la voz entrecortada—. Por siempre creer en mí. Por siempre estar ahí.

—Siempre —respondí—. Siempre estaré aquí.

Los meses siguientes, Mariana se sumergió de lleno en sus estudios. Pasaba horas en la biblioteca, investigando, escribiendo, preparándose para el futuro que había elegido. Y yo, observándola, sentía que el legado que habíamos construido con Cristal seguía vivo en ella.

—¿Sabes una cosa? —me dijo Cristal una tarde, mientras veíamos a Mariana estudiar en el salón—. Creo que ha encontrado su camino. Su propósito.

—Lo sé —respondí, tomando su mano—. Y es hermoso verlo.

Cristal sonrió, y en sus ojos vi la misma luz que había visto el día que la conocí.

—A veces —dijo—, me pregunto qué habría pasado si no nos hubiéramos conocido. Si no hubieras aparecido en mi vida cuando todo parecía perdido.

—No quiero ni imaginarlo —respondí—. Porque no habría tenido nada de esto. Ni a ti. Ni a Mariana. Ni a Lucas. Ni a esta vida que hemos construido juntos.

Cristal me besó, y en ese beso sentí que el amor nos unía más que nunca.

—Te quiero —dijo—. Tanto que a veces no sé cómo expresarlo.

—No tienes que expresarlo —respondí—. Lo sé. Lo siento. Siempre lo he sabido.

El día en que Mariana se graduó de la universidad, la ciudad entera parecía celebrar. No era solo su logro, sino el de todos los que la habían apoyado. El de Cristal, que había luchado para darle un futuro. El mío, que había estado a su lado en cada paso. El de Lucas, que la había animado desde la distancia.




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