Un Día más para Vivir

Capítulo Treinta y Tres: Cristal

El círculo que se cierra y el horizonte que se abre

La boda de Mariana fue en primavera, cuando el jardín de nuestra casa estaba cubierto de flores blancas y el aire olía a azahar y a tierra mojada. Habíamos pasado meses preparándola, pero nada podía haberme preparado para el momento en que vi a mi hija caminar hacia el altar con el vestido que su abuela—la madre de Mariana—había usado en su propia boda, restaurado con cuidado y amor.

—Estás preciosa, mi amor —le dije, arreglando el velo que caía sobre sus hombros—. Tu tía estaría tan orgullosa de ti.

Mariana me miró, y en sus ojos vi el reflejo de todas las mujeres que nos habían precedido: su abuela, su tía, todas las que habían luchado y amado y soñado antes que nosotras.

—Gracias, mamá —dijo, con la voz entrecortada—. Gracias por todo. Por haberme enseñado a ser fuerte. Por haberme dado una familia tan increíble. Por haberme mostrado que el amor lo puede todo.

La abracé con todas mis fuerzas, sintiendo que las lágrimas brotaban sin control.

—Te quiero, hija —dije—. Más de lo que las palabras pueden expresar.

La ceremonia fue sencilla, íntima, llena de amor. Gabriel caminó con Mariana hasta el altar, y yo los vi desde la primera fila, sintiendo que el corazón se me llenaba de una gratitud inmensa. Lucas, que ya era un joven alto y serio, fue el padrino de su hermana. La señora Jiménez, que ya estaba muy mayor, asistió desde una silla de ruedas, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro.

—Hoy es un día de celebración —dijo Gabriel, durante el discurso que dio como padre de la novia—. Pero también es un día de recuerdo. De todas las personas que nos han precedido, que nos han enseñado a amar, a luchar, a soñar. Mariana, tu madre y yo estamos increíblemente orgullosos de ti. Y sabemos que, desde donde esté, tu tía también lo está.

Las lágrimas corrían libres por mi rostro mientras escuchaba sus palabras. Y cuando Mariana y su esposo—un joven médico que había conocido en la universidad—se besaron al final de la ceremonia, sentí que el círculo se cerraba y se abría al mismo tiempo.

La recepción fue en el jardín, bajo un cielo estrellado y el aroma de las flores que habíamos plantado juntos. La música sonaba, la gente bailaba, y yo me senté en un rincón a observar, sintiendo que el amor me envolvía como una manta cálida.

—¿Puedo sentarme? —preguntó Gabriel, apareciendo a mi lado con dos copas de champán.

—Claro —respondí, haciendo espacio a su lado.

Gabriel se sentó y me besó en la frente.

—Ha sido un día perfecto —dijo—. Nuestra hija se ha casado.

—Lo sé —respondí, apoyando la cabeza en su hombro—. Y no puedo evitar pensar en todo lo que hemos vivido para llegar hasta aquí. El terremoto. La investigación. La fundación. Los niños. Todo.

—Y aún así —dijo Gabriel—, aquí estamos. Juntos. Más fuertes que nunca.

Apreté su mano, sintiendo que las palabras se me atascaban en la garganta.

—Te quiero, Gabriel —dije—. Tanto que a veces no sé cómo expresarlo.

—No tienes que expresarlo —respondió—. Lo sé. Lo siento. Siempre lo he sabido.

Esa noche, después de que todos se fueran y el jardín quedara en silencio, Mariana se acercó a mí con una caja pequeña en las manos.

—Mamá —dijo, con la voz suave—. Quiero que tengas esto.

Abrí la caja y encontré el collar de plata que la señora Jiménez le había regalado años atrás, el que había pertenecido a su tía. Y junto a él, una nota escrita con la letra de mi hija:

"Para mamá, que me enseñó que la verdad siempre encuentra su camino. Que el amor es más fuerte que el miedo. Y que, aunque la vida duela, siempre vale la pena vivirla. Te quiero. Siempre. Mariana."

Sentí que las lágrimas brotaban sin control, y no pude contenerlas.

—No puedo aceptar esto, hija —dije, con la voz rota—. Es tuyo.

—No, mamá —respondió Mariana, abrazándome—. Es nuestro. De las dos. Porque llevamos su nombre en el corazón y su legado en la sangre. Y quiero que sepas que, pase lo que pase, siempre estaré aquí. Como tú siempre has estado para mí.

La abracé con todas mis fuerzas, sintiendo que el amor me desbordaba.

—Te quiero, Mariana —dije—. Más de lo que las palabras pueden expresar.

—Yo también te quiero, mamá —respondió—. Siempre.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba en el jardín con Gabriel, recibí una llamada inesperada. Era el editor de mi primer periódico, el que había publicado la investigación sobre Pineda.

—Cristal —dijo, con la voz llena de emoción—. He recibido una carta de la Fiscalía. Pineda ha sido condenado a cadena perpetua por los cargos de homicidio. Y la ciudad te ha otorgado un reconocimiento por tu labor en la fundación. Quieren que recibas el premio en una ceremonia oficial.

Sentí que el mundo se detenía. Todos estos años de lucha, de dolor, de incansable trabajo, finalmente estaban siendo reconocidos.




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