Un duelo imperfecto

Capítulo 1

Viuda.

Elena repitió la palabra en silencio, no para entenderla, sino para comprobar si al decirla muchas veces dejaba de sentirse ajena. No pasó. Seguía sonando como algo que le correspondía a otra mujer, a otra edad, a otra vida.

Tenía treinta y tres años y estaba en el velorio de su marido.

La idea no terminaba de asentarse. A ratos sentía que todo ocurría un par de metros más allá de ella, como si mirara la escena desde afuera, atrapada en una película mal montada donde alguien se había equivocado de protagonista.

La gente se le acercaba con un cuidado excesivo, como si temieran que fuera a romperse. Decían siempre lo mismo, con mínimas variaciones, como si existiera un guion no escrito para esos momentos.

—Lo siento mucho.
—Era tan joven.
—Un gran hombre.

Elena se movía por inercia, asentía, agradecía, sonreía apenas.

A ratos pensaba que no pasaría nada grave si simplemente se iba. Si salía por la puerta y volvía a su casa. Pero sabía que no podía. No era adecuado, y Elena no se permitía ser inadecuada.

Aguanta un poco más, se decía. Solo un poco más.

Se estaba preparando para recibir las condolencias de uno de los primos de Eduardo cuando la vio.

Una joven mujer entró sola.

No saludó a nadie. Caminó directo hacia el ataúd, con una determinación que desentonaba con el resto del salón. Elena se quedó mirándola más de la cuenta, sin saber todavía por qué.

No era solo que fuera joven. Ni siquiera que fuera notoriamente atractiva. Era la forma en que observaba todo. Como si algo de lo que estaba ahí también le perteneciera.

La mujer dejó un ramo de flores blancas sobre el ataúd y, apenas lo hizo, se quebró.

Bajó la cabeza y se llevó una mano a la boca en un intento inútil por contener el llanto, pero este la desbordó igual. Un llanto desordenado, íntimo. Demasiado íntimo para ese lugar.

Un murmullo atravesó el salón.

Elena sintió una presión incómoda en el pecho y entonces, por primera vez en todo el día, tuvo la sensación de que algo más, además de ella, estaba fuera de lugar.

La mujer levantó la vista y cruzó la mirada con uno de los hombres del fondo.

Elena lo reconoció de inmediato, se trataba de Fabián, amigo y colega de Eduardo, de la universidad donde ambos hacían clases.

Fabián se quedó rígido. Apretó la mandíbula y bajó la mirada al instante. Incómodo, tenso. Como si lo hubieran sorprendido mirando algo que no debía.

La mujer también pareció incomodarse. Se limpió las lágrimas con torpeza y salió rápidamente del salón sin mirar atrás.

Elena tardó unos segundos en reaccionar. Se excusó con la persona que tenía enfrente y fue tras ella.

Afuera, el aire frío le golpeó la cara. Buscó con la mirada.

Cuando la encontró, la mujer ya se subía a un taxi. Cerró la puerta con apuro y el auto arrancó antes de que Elena pudiera siquiera intentar hablarle.

Se quedó quieta en la vereda, repasando mentalmente lo que acababa de ocurrir.

—¿La conocías? —preguntó Nataly, su mejor amiga, que había salido detrás de ella.

Elena negó lentamente.

—No… —dijo—. O quizás sí. No estoy segura.

Volvieron al velorio. Todo parecía igual.

Lo que para Elena había sido un quiebre silencioso, para el resto no había sido más que una escena incómoda, rápidamente absorbida por el murmullo general.

Frente a ella, el ataúd donde descansaba Eduardo permanecía cerrado, inmóvil, y pensó que quizá ese era el único elemento de la escena que estaba exactamente donde debía estar.

Esa misma tarde, durante el entierro, vio a lo lejos a Nataly y Fabián teniendo lo que parecía una discusión, pero terminó rápido. También notó cómo Fabián saludaba con amabilidad a un pequeño grupo de estudiantes que se acercaron a dar sus condolencias.

Quiso convencerse de que la chica de la mañana era solo eso, otra estudiante.
Que quizá estaba exagerando.
Que el día la tenía demasiado sensible.

Pero cuando todo terminó y la gente empezó a dispersarse, Nataly se le acercó en silencio.

—No sé si debería mostrarte esto —dijo—. No sé si es lo correcto.

—¿Qué cosa? —respondió Elena, cansada.

Nataly sacó una tarjeta de su cartera y se la tendió sin mirarla a los ojos.

—Estaba en el ramo de flores —dijo—. El que dejó esa chica.

Elena la tomó con cuidado, como si el cartón pudiera deshacerse entre los dedos.

La leyó una vez.

Luego otra.

“Lo nuestro siempre vivirá en mis recuerdos”.

No reaccionó de inmediato. No lloró. No preguntó nada.

Doblando la tarjeta, la guardó en el bolsillo interior del abrigo.

Esa noche, cuando por fin estuvo sola, Elena entendió algo con una claridad incómoda.
El velorio no había sido el final de nada.
Había sido el comienzo.




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