Un duelo imperfecto

Capítulo III

Elena fue a la universidad al día siguiente.

Tenía que recoger algunas cosas de Eduardo y cerrar trámites administrativos. Sabía que tarde o temprano el seguro de vida exigiría documentos, respaldos, un proceso largo y minucioso que recién comenzaba. Sin embargo, no eran esos trámites los que la habían llevado ahí tan pronto. Había algo más. Una intuición vaga pero persistente, la sensación de que entre esos pasillos podía encontrar respuestas a preguntas que todavía no lograba formular del todo.

Le costó un poco dar con la facultad donde trabajaba Eduardo. Había estado allí una o dos veces, años atrás, cuando él empezó a hacer clases. Nunca hubo demasiadas razones para volver. Mientras avanzaba por los corredores, leyendo carteles, observando puertas cerradas y salas vacías, no podía dejar de pensar en lo ajeno que le resultaba ese lugar. Para Eduardo había sido rutina. Para ella, en cambio, era territorio desconocido.

Cuando finalmente llegó, una mujer de unos cincuenta y tantos años levantó la vista desde el mesón.

—¿En qué puedo ayudarla?

Elena dudó apenas un segundo. ¿Qué se decía en una situación así?

—Soy Elena… —empezó—. Estoy aquí por Eduardo.

No necesitó agregar nada más. La mujer entendió de inmediato.

—Graciela —se presentó—. Soy la secretaria de la facultad. Lamento mucho lo ocurrido.

Se disculpó por no haber asistido al velorio, dio una explicación que Elena escuchó sin realmente registrar. La invitó a sentarse. Le acercó documentos, le explicó procedimientos, le indicó dónde firmar. Hablaba con cuidado, midiendo cada palabra.

Mencionó que aún quedaban algunas cosas en la oficina de Eduardo. Libros, carpetas, documentos. Se ofreció a encargarse ella misma y que Elena pasara a retirarlas otro día, cuando quisiera.

Elena levantó la cabeza.

—No, gracias —dijo—. Prefiero hacerlo yo.

Graciela no insistió. Se ofreció a acompañarla a la oficina.

Caminaron juntas por el pasillo. A mitad de camino se encontraron con Fabián. Parecía venir de dar una clase.

—Elena —dijo—. ¿Cómo estás?

Dudó apenas un segundo ante de abrazarla, con ese cuidado al que Elena ya empezaba a acostumbrarse.

—Hola —respondió—. Vine a recoger algunas cosas de Eduardo.

Fabián miró a Graciela y luego volvió a Elena.

—Podemos encargarnos Graciela y yo —ofreció—. Hay trabajos, carpetas, cosas de la universidad… papeleo. No tienes por qué pasar por esto.

—Gracias —dijo Elena—, pero prefiero hacerlo yo.

Fabián asintió, algo incómodo.

—Claro. Debo irme, pero tomémonos un café pronto, ¿sí?

Elena asintió y sonrió, sabiendo que era una de esas ofertas que rara vez se concretaban.

La oficina de Eduardo estaba exactamente como ella la habría imaginado.

Libros apilados, carpetas rotuladas, colores cálidos. El escritorio cubierto de documentos. Había señales de él, una chaqueta sobre la silla, la bufanda colgada, el olor persistente a café, pero casi ningún rastro personal. Ninguna foto. Ningún objeto que hablara de una vida fuera de esas paredes.

Elena lo imaginó ahí, sentado, revisando documentos hasta tarde, como solía hacerlo. Ella le había preguntado más de una vez por qué no trabajaba desde casa, donde tenían una habitación habilitada como oficina. Eduardo siempre respondía que en la universidad se concentraba mejor. Ella no insistía.

Avanzó unos pasos. Tocó el respaldo de la silla, la tela de la chaqueta.

Graciela se quedó cerca de la puerta.

—No tienes que hacerlo hoy —dijo.

—Está bien, quiero hacerlo —respondió Elena.

Graciela asintió y se retiró.

Tomó una carpeta. Luego otra. Programas de cursos, correos impresos, documentos administrativos. Todo correcto. Todo prescindible.

Se acercó a los libros. Estaban organizados en orden alfabético, igual que en casa. Sobre el escritorio había un par abiertos, como si los hubiera estado usando esos días. Tomó el que estaba encima.

Al abrirlo, encontró una dedicatoria en él.

Para Eduardo,
que el miedo a empezar de nuevo no te impida ser feliz.

Pensó que era una frase cliché. Del tipo de frases que a Eduardo le gustaban.

Pero algo más despertó su interés.

La letra.
La inclinación de las palabras.
El trazo seguro.

Estaba segura de haber visto esa letra antes.

Cerró el libro con rapidez y lo guardó en su cartera.

Salió de la oficina y pasó por secretaría.

—Graciela —dijo—. Me surgió un imprevisto. Volveré mañana.

—Claro —respondió Graciela—. Pero, cariño, insisto… puedo hacerlo yo. No tienes que exponerte a esto.

Elena entendió, con una claridad incómoda, que ya no se trataba solo de ayudarla a ordenar las cosas de su marido muerto. Graciela le hablaba con cierta complicidad. Graciela sabía algo y, por alguna razón, creía que Elena también lo sabía.

—Estaré aquí mañana temprano —dijo Elena con determinación.

Cuando salió al pasillo, respiró hondo.




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