Elena llegó al departamento y se dirigió directamente a la biblioteca del estudio. No tuvo que buscar demasiado. Sabía exactamente cuál era el libro que estaba buscando. Lo tomó y lo dejó sobre el escritorio.
Abrió la cartera, sacó el otro libro que había traído de la universidad y apoyó ambos frente a ella, uno al lado del otro.
Durante un segundo no los tocó.
El silencio era espeso, como si el departamento estuviera observando.
Abrió los libros y leyó con atención las dedicatorias.
La inclinación de las palabras.
La forma de cerrar las a.
El trazo apenas más marcado en algunas letras.
Era la misma letra.
No sintió sorpresa.
Tampoco rabia.
Lo que sintió fue algo más cercano al cansancio. Como si el cuerpo confirmara algo que la cabeza había sabido desde antes.
Cerró los libros y los dejó sobre la mesa.
El teléfono vibró.
Nataly.
Elena miró la pantalla sin apurarse en contestar.
—¿Hola?
—Amiga —dijo Nataly—. ¿Cómo estás? Fabián me escribió y me dijo que hoy estuviste en la universidad.
Elena, agotada, asintió, aunque sabía que Nataly no podía verla.
—Sí —respondió—. Fui un rato.
—¿Y cómo estás? —preguntó Nataly enseguida—. Me preocupa que estés pasando por todo esto sola. No tienes por qué hacerlo.
Estaba un poco cansada de que últimamente todo el mundo parecía demasiado pendiente de ella. Pero sabía que la presencia de Nataly no era nueva. Era su mejor amiga. Siempre había estado ahí, en los buenos y en los malos momentos.
Elena recordó, sin quererlo, una noche de muchos años atrás. Ella sentada en el suelo de un departamento antiguo, con la espalda apoyada en la pared, llorando por algo que entonces parecía el fin del mundo. Nataly a su lado, compartiendo un cigarro junto a la ventana, sin hacer preguntas innecesarias. Solo estando.
Siempre había sido así.
En las caídas.
En las decisiones.
En los silencios largos.
—Estoy bien —dijo Elena—. Solo cansada.
—Es normal —respondió Nataly—. Todo esto es demasiado. Si quieres, mañana puedo acompañarte a la universidad o a lo que necesites. No tienes que exponerte sola.
Exponerte.
Era la tercera vez en el día que alguien le decía algo parecido.
Elena miró los libros sobre la mesa.
—Lo vemos mañana —dijo—. Te aviso.
—Claro, como tú quieras —respondió Nataly—. Pero sabes que estoy para ti.
Elena dejó el teléfono boca abajo y se quedó mirando los libros unos segundos más.
Aún no estaba armando el rompecabezas.
Solo estaba ordenando las piezas.