Un duelo imperfecto

Capítulo V

Al día siguiente, Elena volvió a la universidad.

No porque esperara encontrar algo concreto. Volvió porque la idea de dejar cosas sin revisar se le había vuelto insoportable. Desde el velorio, una incomodidad persistente se le había instalado en el cuerpo, como si algo estuviera apenas fuera de lugar. No buscaba una verdad completa. Le bastaba confirmar que no estaba imaginando cosas.

Graciela la dejó pasar sin preguntas. Apenas un gesto breve, casi cómplice. Como si ambas supieran que esa visita ya no tenía que ver con papeleo.

Elena no se detuvo. Fue directo a revisar el computador de Eduardo.

Las carpetas tenían nombres previsibles. Programas, evaluaciones, presentaciones. Todo estaba donde debía estar. Todo correcto. Demasiado correcto.

Revisó el historial de navegación. Nada.

Abrió el correo institucional. Mensajes formales. Consultas de alumnos. Coordinaciones administrativas. Una normalidad tan prolija que rozaba lo intencional.

Siguió bajando, más por insistencia que por esperanza, hasta que un correo antiguo la detuvo.

Asunto: Amanda_Trabajo práctico 1.

Estimado profesor, adjunto lo prometido.

Con cariño,

Su alumna, Amanda.

Elena abrió el archivo.

Estaba lejos de ser un trabajo académico.

Eran fotografías. Varias. Ordenadas en un PDF. No necesitó mirarlas en detalle. Bastó una ojeada para sentir esa mezcla conocida de repulsión y cansancio, como si algo que ya intuía hubiera decidido mostrarse sin pudor.

Escuchó pasos en el pasillo.

Cerró el archivo.

La puerta se abrió.

Nataly entró con dos vasos en la mano, su matcha de siempre y un café.

Elena la miró, respiró hondo y bajó los hombros, como si por un momento dejara de resistirse.

—No vas a rendirte, ¿cierto?

Nataly sonrió apenas.

—Ya sabes que no.

Le tendió el café.

—Capuccino avellana, leche descremada y cuatro gotas de endulzante. Tal como te gusta.

Elena bebió un sorbo. No lo habría dicho en voz alta, pero agradeció no estar sola. Nataly siempre sabía cuándo aparecer. Siempre había sabido.

Nataly dejó su vaso sobre el escritorio y recorrió la oficina con la mirada.

—Ya —dijo, apoyando ambas manos en su cadera—¿Qué hacemos con todo esto?

Elena no respondió. Seguía detenida en la sensación áspera que le habían dejado las fotos.

Nataly lo notó.

—¿Qué encontraste?

Elena giró la pantalla para mostrársela.

Nataly miró una vez. Luego otra. La boca se le tensó.

—Qué asco —murmuró—. Además, pensé que trataría de…

No terminó la frase.

—No —dijo Elena—. No es la chica del velorio. Es otra.

Nataly cerró el archivo de golpe.

—Mientras antes terminemos, mejor.

Y lo hizo.

En menos de una hora había clasificado documentos, marcado libros, rotulado carpetas y llenado cajas con una precisión casi automática.

Su eficiencia no era frialdad, era un mecanismo. Cuando todo se volvía inestable, Nataly necesitaba ordenar.

Antes de irse, Elena reenvió el correo. No lo pensó demasiado. Fue un impulso. O quizá una precaución. Sintió que podía necesitarlo más adelante.

Cuando salieron de la oficina, Graciela las esperaba en el pasillo. Se ofreció a encargarse del traslado de las cajas. Esta vez, Elena aceptó.

Antes de irse, Elena le pidió a Nataly que la acompañara a la oficina de Fabián.

Caminar juntas le produjo a Elena un alivio que no se molestó en analizar. Se conocían desde los catorce. Habían crecido juntas. Se habían visto en versiones que nadie más conocía. Esa intimidad, pensó, nunca la había tenido con nadie más. Ni siquiera con Eduardo.

Fabián estaba en su oficina. Cuando vio a Elena, no pareció sorprendido. Sin embargo, cuando vio a Nataly su expresión cambio, como a una sorpresa incomoda.

Elena recordó, casi sin querer, aquella cita doble de años atrás.

Fabián la había propuesto con entusiasmo. A Elena le había parecido una buena idea. Pensó que él podía ser una buena pareja para Nataly. Eduardo, en cambio, había dicho que era mejor no involucrarse. Que, si algo salía mal, la incomodidad podía quedarse.

La cita ocurrió igual. Fabián se esmeró esa noche y Nataly respondió con el encanto que la caracterizaba. Por eso, en aquel momento, Elena no entendió por qué ella no quiso una segunda cita.

Y Eduardo tuvo razón. Desde entonces, siempre que se encontraban los cuatro había algo incómodo.

—Chicas… —dijo Fabián—. Supongo que no vienen por café.

Nataly no demoró el asunto.

—¿Qué sabes de la chica del velorio?

Fabián parpadeó. Miró a Elena. Luego a Nataly. Bajó la vista.

—Nada que te sirva —dijo al fin.

—Sabemos que sabes —insistió Nataly.

Fabián negó con la cabeza.

—Elena —dijo, mirándola directamente—. Si estás buscando algo que te haga sentir mejor, no existe. Y si buscas respuestas… no vale la pena.

No sonó cruel. Sonó convencido.

Elena asintió.

—Entiendo —dijo—. Gracias.

Se levantó y, con un gesto mínimo, indicó a Nataly que se fueran.

Más tarde terminaron en el departamento de Nataly.

Mientras Nataly preparaba algo rápido para comer, Elena dijo que aprovecharía de revisar algunos correos. Nataly le ofreció su computador. Elena agradeció, pero dijo que sería solo una mirada rápida desde el celular. Tomó unas hojas de la libreta que estaba sobre el estante, por si tenía que anotar algo.

Revisó sus correos y encontró una lista extensa de condolencias y trámites.

El último mensaje era de la compañía de seguros de Eduardo.

Asunto: Solicitud de antecedentes complementarios – Siniestro por infarto.

Pedían su ficha clínica. Diagnósticos. Exámenes recientes.

Elena se inquietó y llamó de inmediato al número que aparecía al final del correo.

La voz al otro lado estaba entrenada para tranquilizar.




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