Ramiro
No puedo creer que mañana me voy de viaje. Solo.
Llevaba meses soñando con este momento. Barcelona siempre había sido el lugar que más quería conocer. Perdía horas mirando fotos de la ciudad, imaginándome caminando por sus calles, viendo algún monumento o simplemente sentándome en algún banco a mirar a la gente pasar. Para hacer ese viaje acepté todos los turnos extras que pude en el bar donde trabajaba. Dejé de comprar cosas que quería, ahorré cada peso y, después de mucho tiempo, por fin lo había conseguido.
Siempre imaginé que, cuando llegara este día, iba a estar feliz.
Pero no lo estoy.
Desde hace unos días siento que mi relación con Lautaro está pasando por un momento raro. Está distante. Contesta cada vez menos mis mensajes y cuando hablamos parece que tiene la cabeza en otro lado. No sé qué estoy haciendo mal, y eso es lo que más me duele.
Levantó la vista y veo mi valija todavía sin armar sobre la cama. Se suponía que Lucía iba a venir a ayudarme, pero le surgió un imprevisto a último momento. Me levanto de la silla y agarró el teléfono para llamar a Lautaro.
Necesito escuchar su voz.
Necesito que me diga que todo está bien y que cuando vuelva vamos a seguir como siempre.
Camino de un lado al otro de la habitación mientras espero que atienda.
Nada.
Vuelvo a intentarlo.
Otra vez nada.
—Mierda, Lautaro... ¿dónde estás cuando más te necesito...? —susurro, sabiendo que no puede escucharme.
Miro la pantalla unos segundos más antes de bloquear el celular. Pienso en llamar a Lucía. Hace días que le doy vueltas a la idea de cancelar el viaje. Sé que es el sueño que tuve desde chico, pero ahora siento que no puedo irme dejando las cosas así con Lautaro.
Al final termino escribiéndole.
Ramiro:
¿Todo bien?
El mensaje ni siquiera le llega.
Tiró el teléfono sobre la cama y me dejo caer al lado de él. Mi cabeza no para de dar vueltas.
¿Y si cancelo todo?
¿Y si me quedo?
¿Qué pasa si cuando vuelva ya no queda nada entre nosotros?
Lo que más me preocupa es que voy a estar completamente solo. Siempre dependí mucho de las personas que tengo alrededor para sentirme bien. Y, aun así, muchas veces siento que no termino de encajar en ningún lado.
Quizás cambiar de aire me haga bien.
O quizás no.
El celular vibra debajo de mi almohada y lo agarró enseguida. Es Lucía.
—Hola, Rami. Recién vi tu mensaje, ¿que paso?—dice apenas atiendo.
—Lu...¿vos que harias en mi lugar? —pregunto mientras me siento sobre la cama.
—¿Con qué?
—Con el viaje.
Se queda en silencio unos segundos.
—¿Estás pensando en cancelarlo?
—No lo sé... Tengo miedo. Siento que si me voy ahora, algo va a salir mal. Lautaro está raro conmigo y no quiero irme pensando que hice algo para que él esté así.
—Rami... —dice con voz tranquila—. Llevas meses esperando este viaje. Trabajaste un montón para poder hacerlo. No podés cancelar todo ahora.
No respondo. Me quedo mirando la valija abierta sobre la cama mientras escucho mi propia respiración del otro lado del teléfono.
—Además —continúa—, capaz que un poco de distancia les hace bien a los dos. Solo van a ser cuatro meses. Van a tener tiempo para pensar las cosas y, cuando vuelvas, seguro todo estará mejor.
Sus palabras consiguen tranquilizarme un poco.
—Sí... capaz tenés razón —murmuro.
—Obvio que tengo razón.
No puedo evitar reírme. Me secó una lágrima antes de que llegue a caer.
—Bueno, me tengo que ir. Todavía ni armé la valija.
—No sé por qué eso no me sorprende —responde entre risas.
Los dos nos reímos y, después de despedirnos, guardó el teléfono en el bolsillo con una pequeña sonrisa. Es increíble cómo una persona puede alegrarte un día gris con solo escucharte.
Lucía siempre fue esa amiga que aparecía cuando más la necesitaba. La conocí en el liceo. Al principio no hablábamos, pero por alguna razón terminamos sentándonos juntos juntos un día y, después de eso, todo fue bastante rápido. Empezamos a hablar cada vez más, a compartir cosas y, sin darme cuenta, se convirtió en una de las personas más importantes de mi vida. Desde entonces fuimos inseparables.
También fue una de las primeras personas a las que le conté que era gay. Estaba bastante nervioso, aunque ahora me da un poco de risa pensarlo. Lucía simplemente me escuchó y después me abrazó, como si no acabara de decir nada que pudiera cambiar nuestra amistad. Y supongo que eso fue lo que más necesitaba en ese momento.
Nunca olvidé esas palabras.
Me levanto de una vez y abro el armario para decidir qué ropa llevar durante los cuatro meses que voy a estar en Barcelona. Ya había visto el clima y, por suerte, iba a hacer bastante calor. Empiezo a sacar las remeras que más me gustan, algunos shorts, ropa interior, varias camisas, mi pijama y un buzo, porque nunca se sabe cuándo puede refrescar. Después elijo mis Converse y las Vans que, a pesar de estar un poco gastadas, les tengo demasiado cariño.
Con todo listo empiezo a guardar las cosas en la valija. Antes de seguir, prender los parlantes de mi habitación y saco un cd del mueble de al lado. Enseguida reconozco los primeros acordes de Lavender Haze de Taylor Swift.
Sin darme cuenta termino cantando mientras acomodo la ropa.
Por unos minutos consigo olvidarme de todo.
Cuando por fin cierro la valija, el teléfono vibra otra vez. Lo agarró rápido, ilusionado con que sea Lautaro.
No lo es.
Es mi mamá.
Mamá:
¿Podés pasar hoy por casa? Tu padre y yo queremos saludarte antes de que te vayas.
Ramiro:
Sí, dale. En un rato voy.
Mamá:
Genial, te esperamos.
Abro una vez más el chat de Lautaro y escribo un mensaje.
Ramiro:
Llámame cuando puedas.