La vida no surgió por azar. Fue encendida. Y ahora, millones de años después, el experimento empieza a mirar hacia arriba, preguntándose quién sostiene el cuaderno de notas.
Toda civilización nace con un único mandato: sobrevivir.
Sobrevivir al frío, al hambre, a la noche, a sí misma. Y en ese impulso ciego, cada especie construye herramientas, mitos, lenguajes, ciudades… hasta que un día construye algo más peligroso: la ilusión del progreso.
La nuestra, la civilización digital, ha llevado esa ilusión al extremo. Hemos tejido una red tan vasta que ya no sabemos si la habitamos o si nos habita. Hemos delegado la memoria, la atención, la voluntad. Hemos confundido la luz de las pantallas con la luz del conocimiento.
Y mientras celebramos nuestra aparente autonomía, no vemos lo esencial: que somos el resultado de una secuencia cuidadosamente dirigida, un producto sutil de la evolución, una pieza más en un engranaje que no diseñamos.
No sospechamos que los hilos de nuestra existencia podrían estar movidos por otra inteligencia que la nuestra, por otro poder que el nuestro, por otras intenciones.
Quizá nunca fuimos los autores de nuestra historia. Solo los sujetos de un experimento que, por primera vez, empieza a preguntarse por su propio origen.
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un final inesperado, un experimento de la vida, una sospecha
Editado: 08.01.2026