Un experimento en el tiempo y el espacio

La ilusión, como segunda sospecha

La primera sospecha fue sencilla y devastadora: todo es efímero. Nada permanece. Y esa fragilidad nos obliga, tarde o temprano, a enfrentarnos a la pregunta que desarma cualquier certeza: ¿Y ahora qué.

Pero hay una segunda sospecha, más sutil, más peligrosa, más difícil de mirar de frente. Una sospecha que no nace del final de las cosas, sino del modo en que las vivimos: la ilusión.

Un ser humano autoconsciente y mortal necesita creer para poder avanzar. Necesita imaginar un sentido, un propósito, un mañana. Sin esa proyección, sin esa ficción íntima, la vida se volvería insoportable.

La ilusión es el motor del progreso, de la supervivencia, de los deseos, de la convivencia, de las creencias. Es la fuerza que nos empuja a levantarnos cada día, a construir, a amar, a luchar, a esperar.

Y, sin embargo, es también la venda que nos impide ver lo que quizá no estamos preparados para comprender.

Alguien lo dijo con una lucidez que atraviesa los siglos:

“Solo las ilusiones nos ayudan a vivir. Si un hombre supiera la verdad, iría a sentarse al borde de un camino y no dejaría de llorar hasta su muerte.”

Es una frase que no se puede leer sin sentir un estremecimiento. Porque sugiere que la verdad —la verdad última, la verdad desnuda— no es un premio, sino un peso insoportable. Que la vida, tal como la conocemos, solo es posible gracias a un delicado equilibrio entre lo que vemos y lo que necesitamos imaginar.

Y aquí surge la segunda sospecha:

¿Y si la ilusión no fuera un accidente humano, sino una parte esencial del experimento?

¿Y si la conciencia, para poder funcionar dentro de este escenario, necesitara envolverse en ficciones? ¿Y si la ilusión fuera el combustible que mantiene en marcha la maquinaria de la experiencia?

Creemos que progresamos porque avanzamos. Creemos que sobrevivimos porque luchamos. Creemos que deseamos porque elegimos. Creemos que convivimos porque somos sociales. Creemos que creemos porque necesitamos respuestas.

Pero quizá todo eso sea solo la superficie.

Quizá la ilusión sea el mecanismo que permite que el experimento continúe sin que sus sujetos —nosotros— se derrumben ante la magnitud de lo que realmente está ocurriendo.

La ilusión como refugio. La ilusión como motor. La ilusión como anestesia. La ilusión como diseño.

Y, sobre todo, la ilusión como segunda sospecha de que la vida humana no es lo que parece.

Y de entre todas las ilusiones que el ser humano ha creado para sostenerse, ninguna ha sido tan profunda, tan persistente y tan influyente como la idea de un creador omnipotente.

Ante una vida marcada por la incertidumbre, un universo que se expande sin límites y un misterio que ningún pensamiento logra abarcar, el ser humano hizo lo que mejor sabe hacer: inventar sentido.

Desde la antigüedad, en cuevas, desiertos, montañas y templos, surgieron dioses para explicar lo inexplicable, para calmar el miedo, para ordenar el caos. Y esa invención —esa ilusión compartida— movió el mundo como ninguna otra fuerza.

Dio esperanza a quienes no tenían nada. Dio consuelo a quienes temían la muerte. Dio normas a quienes necesitaban pertenecer. Dio poder a quienes supieron apropiarse de ella.

Y también dio lugar a creencias ciegas, rituales que prometían protección, sectas que exigían obediencia, guerras santas que arrasaron civilizaciones enteras, fanatismos que aún hoy dividen a pueblos y familias.

La ilusión religiosa ha sido, durante milenios, el pegamento y la fractura de la humanidad.

Pero lo más inquietante no es su impacto histórico, sino su función íntima: la religión no nació para explicar el universo, sino para protegernos de él.

Porque un ser humano autoconsciente, frágil y mortal no puede vivir demasiado tiempo frente al abismo sin inventar una historia que lo sostenga.

Y aquí surge la segunda sospecha en toda su fuerza:

¿Y si la necesidad de creer no fuera un fallo humano, sino una parte esencial del experimento?

¿Y si la ilusión de un creador omnipotente fuera un mecanismo diseñado —o inevitable— para que la conciencia no se derrumbe ante la magnitud del misterio?

Quizá por eso todas las civilizaciones, sin excepción, han creado dioses. No los mismos, pero sí la misma estructura: un origen, un propósito, un vigilante, un destino.

La ilusión religiosa es, en el fondo, la más humana de todas las ilusiones. Y también la más reveladora.

Porque muestra que, incluso cuando creemos estar buscando la verdad, lo que realmente buscamos es una historia que nos permita seguir viviendo.

Y si eso es así, entonces la ilusión no es un error. Es una pista.

Una señal de que el experimento continúa.

Pero entre todas las ilusiones que sostienen la vida humana, hay una especialmente persistente, especialmente seductora, especialmente engañosa: la ilusión de que otro ser humano vendrá a rescatarnos.

Desde niños, buscamos figuras que nos protejan del misterio. Padres que sepan más que nosotros. Maestros que nos guíen. Amigos que nos comprendan. Amantes que nos completen. Líderes que nos indiquen el camino. Místicos que nos revelen la verdad.

Creemos —o queremos creer— que alguien, en algún momento, aparecerá para decirnos lo que nadie nos ha dicho, para mostrarnos lo que no vemos, para sacarnos de lo efímero y entregarnos una forma de eternidad.

Pero esa salvación nunca llega. Nunca ha llegado. Nunca llegará.

Porque ningún ser humano sabe más que otro sobre el misterio esencial. Ninguno tiene acceso privilegiado al origen, al propósito o al sentido último de la existencia. Ninguno puede escapar del experimento para venir a contárnoslo.

Todos —absolutamente todos— estamos atrapados en la misma condición: vivir sin saber, desear sin comprender, avanzar sin garantías.

Y por eso, aunque nuestras relaciones parezcan profundas, espirituales o transformadoras, en el fondo se mueven por los mismos impulsos: supervivencia, necesidad, afecto, miedo, deseo, interés, compañía.




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