Un Gato En Un Bosque Brumoso

CapÍtulo I. Río Abajo

I

Rio abajo

 

Caminó y caminó. Todo seguía blanco, no veía nada ni siquiera sabía a donde ir.

«No encuentro ni el norte ni el sur». Se decía.

Hasta que al fin después de un largo trajine, divisó una elevada roca cerca de un riachuelo.

Subió sobre ese peñasco y sintió un ligero y gélido aire que golpeaba su rostro y movía sus bigotes. El sol ya descendía y una parte de su reflejo naranja se proyectaba en una tranquila quebrada.

«¿Por dónde deberé comenzar? Al menos ya estoy nuevamente en el bosque, o en una parte de él».

De un salto bajó y caminó por la grama mojada, en eso sintió un golpe de chorro de agua que se le metió en una de sus orejas. Ñañandu se erizó y sacó sus garras.

—No pareces un cazador —el salmón lo miró de reojo—.Tampoco eres un insecto.

— ¿Fuiste tú el que me atacó?—preguntó el gato.

—Si a eso le consideras ataque, pues podría decirse que sí—silbó un pequeño gorrión que se posó sobre la rama de un árbol.

—Mis ataques son tan feroces como los de cualquiera, no cualquier salmón puede escupir a tan gran distancia, soy un atleta.

—Tu no perteneces a este bosque —señaló el gorrión—.Hasta llevas un collar de mascota, ¿estás perdido?

—No me he perdido, quiero cumplir con la promesa que le hice a Evald —respondió el minino.

—¿A Evald? ¿Qué le ha ocurrido?—exclamó algo exaltado el salmón.

—Ha desaparecido, pero me ha encomendado una tarea que pienso cumplir.

—¿Desaparecido? ¿Qué tarea es?—quiso saber el salmón.

—No estoy seguro, pero tengo que llevar esta piedra que tengo incrustada en la frente a algún lugar. Dársela a alguien. A una diosa, creo.

—¿Te entregó a ti la piedra de la reina del sol y del bosque?—preguntó estupefacto el gorrión.

—No sé quién será aquella dama de la que tu hablas, pero pareces saber mucho, si ustedes dos pudiesen ayudarme.

—Si es por Evald, te ayudaremos —el salmón contestó.

—Mi nombre es Holfrest y el cielo es mi territorio, cuando alces la vista, piensa que ves mi casa, una casa donde no necesito ni puertas ni ventanas, y donde las nubes me sonríen todos los días cuando me ven pasar —se posó sobre la cabeza del gato.

—Yo soy Anilo, el gran tiburón de los mares, que con su rugido provoca tempestades y ostentosas olas—escupió una gran gota de agua al rostro de Ñañandu, haciendo que el gorrión revolotee por los aires.

El minino se acicaló el rostro con una de sus patas.

—¿Y tú, que clase de felino poderoso eres? ¿cómo te llamas?—el salmón volvió a cuestionar.

—Sí, queremos saberlo—acotó Holfrest.

—…Ñañandu —fue la respuesta que dio, casi sonriente.

—¿Ñañandu? —exclamó el gorrión—¿Pero quién se llama así?

—A mi dueño le gustan los nombres extraños.

—Pues Anilo no sabe lo que es tener dueños, pero si has nacido con ese nombre, lo aceptaremos, te llamaremos: Ñañandu el Intrépido.

—Gracias, me gusta mucho —maulló — ¿Por dónde comenzamos nuestra gran búsqueda?

—Oh, espera, no tan rápido mi dulce gatito de cajas de arena— el gorrión levantó una de sus alas—.No te lo tomes como que estás yendo a un día de campo, habrán peligros que tendrás que enfrentar, y no siempre tu velocidad y fuerza, si es que las tienes bien desarrolladas, te serán suficiente.

—Holfrest tiene razón, Ñañandu, por aquí ronda un mago vil que puede confundir la mente de los animales, enloquecerte, hacerte caminar en círculos por siempre. Transformarte.

—Gracias por las advertencias, las tomaré en cuenta, bueno, supongo que debemos seguir recto…supongo.

—Así es, mi querido minino —señaló Anilo —.La rectitud es el mejor de los caminos.

Así, Ñañandu, Holfrest y Anilo emprendieron su travesía. El felino que caminaba a la orilla, se entretenía viendo al pez dando de vez en cuando algunos brincos acrobáticos.  Cruzaron unos helechos y llegaron hasta una hilera de pequeñas peñas.

—Amigos, más allá hay tierra seca, ustedes continúen recto que yo los alcanzaré del otro lado.

—Cómo tú digas, Anilo —corearon Ñañandu y Holfrest.

Siguieron caminando y encontraron a un pequeño ser encima de una de aquellas rocas que les llamó la atención. Era una mantis.

—Hola señor insecto, nunca había visto a alguien como usted, ¿A quién le reza? —preguntó Ñañandu.

—No me molestes, gato —contestó la mantis —.Estoy concentrado para batirme en duelo contra un cruel rival.

Ñañandu y Holfrest se miraron.

—¿…y quién es ese rival, señor mantis y por qué quieres pelear? —preguntó el gorrión.



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En el texto hay: fantasia, gatos, esoterismo

Editado: 15.09.2021

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