Un giro de 360°

Capítulo 2: El Reencuentro con el Destino y un Heredero Inesperado

Por fin, después de diez largos y tormentosos años de soportar un infierno en vida, era libre. Mis hijos y yo habíamos dejado atrás el pasado y las sombras de aquel pueblo que casi nos destruye. A partir de ese momento, instalados en la imponente y vibrante ciudad de Nueva York, nos prometimos que seríamos felices. Y cumplimos esa promesa. El tiempo pasó volando, como un río que limpia las heridas, y casi sin darnos cuenta... diez años transcurrieron desde aquel nuevo comienzo.

El sonido de la alarma rasgó el silencio de mi habitación a las 5:00 a. m. Fiel a la disciplina que había forjado para mantener mi mente y mi cuerpo en equilibrio, decidí levantarme de inmediato sin postergar el reloj. Me cambié con agilidad, seleccionando mi ropa deportiva para salir a correr: unas licras ceñidas de color azul oscuro y un sostén deportivo a juego que dejaba al descubierto mi abdomen bien marcado y mi pequeña cintura, el resultado de una década de constancia. Me amarré un suéter negro a la cadera por si refrescaba más tarde, me calcé unos tenis deportivos negros con detalles blancos y recogí mi cabello castaño en una coleta de caballo alta y firme. Antes de cruzar el umbral de la puerta principal, me coloqué los audífonos, seleccioné mi lista de reproducción favorita y salí a las calles neoyorquinas dispuesta a devorar los kilómetros.

Lme encontraba completando más de una hora de carrera continua en el parque central de la zona, y el cansancio finalmente comenzó a pasarme factura. Mis pulmones reclamaban aire y mis piernas exigían un respiro. Decidida a descansar un poco, busqué una de las bancas de madera pintada de verde y me senté, permitiendo que mi ritmo cardíaco se estabilizara mientras contemplaba el paisaje a mi alrededor.

Debido a lo temprano de la hora, el parque se hallaba casi desierto. Solo se alcanzaba a divisar a una que otra persona esporádica realizando la misma rutina matutina que yo. Elevé la mirada hacia el firmamento; el cielo comenzaba a teñirse de tonos rosados y dorados, y el sol se asomaba tímidamente a lo lejos, entre los rascacielos. Presumí que faltaba muy poco para las 6:00 a. m., de modo que me impulsé hacia arriba para ponerme en pie y emprender el camino de regreso a casa.

Estaba tan sumergida en la belleza del amanecer y en mis propios pensamientos que desconecté por completo mis sentidos del entorno. No me percaté de que alguien avanzaba trotando a gran velocidad en mi misma dirección. El impacto fue inevitable. Choqué de frente contra un cuerpo sólido como una roca. Cerré los ojos con fuerza por puro instinto, preparándome psicológicamente para el dolor de azotar contra el pavimento de concreto, pero esa caída jamás llegó.

Cuando abrí los párpados, desconcertada, me topé de frente con un hombre que aparentaba unos treinta y seis años de edad. Era exasperantemente apuesto. Su cabello rubio estaba empapado de sudor debido al ejercicio físico, y unos ojos de un azul tan nítido y bello como el mismísimo cielo —pero a la vez tan profundos que infundían vértigo— me recorrieron el rostro. Por un instante suspendido en el tiempo, me perdí por completo en la inmensidad de su mirada.

—¿Te encuentras bien? —preguntó. Su voz sonaba ligeramente agitada por el esfuerzo, pero poseía un tono grave y varonil que vibró en el aire.

Yo permanecía completamente congelada en mi sitio, escaneando de manera inconsciente cada facción de su rostro. Mi mirada se detuvo especialmente en sus labios; si luciendo serio se veía sumamente atractivo, la media sonrisa que comenzó a dibujar en ese momento elevaba su atractivo a otro nivel. De pronto, un ligero apretón en mis costados me devolvió abruptamente a la realidad. Fue entonces cuando registré la posición en la que nos encontrábamos: él me sostenía firmemente por la cintura para evitar que me cayera, y mis propias manos estaban apoyadas directamente sobre la firmeza de su pecho.

¿Cómo diablos terminamos en esta postura tan comprometedora?

Me separé de él de un tirón textualmente inmediato, acomodándome los mechones rebeldes del cabello y fingiendo una repentina urgencia por revisar mi ropa. Traté por todos los medios de ocultar el intenso sonrojo que me quemaba las mejillas, pero por la chispa de diversión en sus ojos azules, fue evidente que lo notó perfectamente.

—Sí... estoy bien, gracias —articulé, forzando a que mi voz sonara lo más neutra, distante y normal posible.

Giré sobre mis talones dispuesta a marcharme a paso veloz, dispuesta a enterrar ese momento incómodo, cuando una mano grande y cálida me sujetó suavemente del antebrazo. El contacto me obligó a voltear el rostro una vez más hacia él, quien seguía plantado en medio del sendero luciendo una sonrisa gigantesca y descarada.

—Espera un segundo... Creo que me merezco una disculpa formal por el atropello, ¿no crees? —comentó, arqueando una ceja con arrogancia. Fruncí el ceño de inmediato, disipando cualquier rastro de timidez. —¿Qué? —mi rostro era un poema de absoluta confusión e indignación. —Bueno, después de todo, fuiste tú la que venía distraída mirando las musarañas y chocó de frente conmigo —replicó con tono burlón.

¿Quién se cree que es este tipo para hablarme de esa manera? Me solté de su agarre con un movimiento brusco y de muy mala gana, cruzándome de brazos. —Usted también comparte la culpa de este incidente —sentencié con severidad—. Debería haber estado muchísimo más pendiente de lo que sucedía a su alrededor en lugar de avanzar como un tren sin frenos.

Parece que mi réplica, lejos de molestarlo, le causó una gracia infinita. El hombre soltó una carcajada limpia y sonora. Por Dios, tuve que admitir internamente que tenía una risa endemoniadamente bella, pero eso solo incrementó mi fastidio. —Eres ruda... Me agrada eso —declaró él, alzando ambas manos abiertas a la altura de sus hombros en señal de paz—. Está bien, declaremos una tregua. Pero para compensar el susto, permíteme invitarte un trago... o algo de tomar.




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