—¡¿PERO QUÉ DEMONIOS SE SUPONE QUE ESTÁ SUCEDIENDO EN ESTE LUGAR?!
Un grito ensordecedor a mis espaldas rasgó el aire de la oficina, interrumpiendo abruptamente mi sesión de sexo matutina con... bueno, se me olvidó por completo su nombre, pero sé que es una de las empleadas de los pisos de abajo. El bufido de indignación me obligó a girar la cabeza, listo para fulminar con la mirada a quien se hubiera atrevido a invadir mi privacidad y despedirlo en el acto.
Para mi desgracia, la intrusa era mi nueva y flamante "supervisora" a partir de hoy. Ahí seguía plantada en el umbral, con la boca abierta por el asombro y los ojos castaños echando chispas de pura furia. Puse los ojos en blanco, profundamente fastidiado. ¿Es que acaso no veía que estaba en medio de algo importante? Llevaba toda la noche encerrado con la chica y, francamente, si algo detesto en esta vida, es que corten mi ritmo cuando estoy disfrutando.
A mi lado, la empleada reaccionó de inmediato, soltando un gritito de horror y tratando de cubrirse torpemente con la pequeña manta del sofá, muerta de la vergüenza por haber sido descubierta. A mí, en cambio, me daba exactamente igual que me vieran como Dios me trajo al mundo. Sé perfectamente el físico que tengo: cada músculo está en su santo lugar y no tengo absolutamente nada de qué avergonzarme.
—¿Qué creen que están haciendo? —espetó Haruhi, con una voz gélida que habría congelado el mismísimo infierno. Su mirada sobre mí era de un desagrado absoluto.
—¿Y tú qué crees, genio? —le respondí, con el tono cargado de ironía.
Estaba molesto, no lo voy a negar, pero ver su rostro rígido, reflejando una mezcla de asco y superioridad morronguera, me encendió las alarmas de la diversión. Como noté que no tenía la más mínima intención de retirarse ni de darnos privacidad, decidí jugar mis cartas. Esta mujer sí que sabía cómo matar las ganas de un plumazo, así que me levanté del sofá con total parsimonia, sin molestarme en cubrir un solo centímetro de mi anatomía.
—¿Acaso quieres unirte a nosotros? Yo no tengo ningún problema —le solté, dando un paso hacia ella con una sonrisa descarada.
Haruhi abrió la boca aún más, el shock pintado en cada facción de su rostro. Le guiñé un ojo con picardía, consciente de que sus ojos recorrieron mi torso por puro instinto antes de que pudiera controlarse. En un segundo, el color rojo más intenso que he visto en mi vida le tiñó las mejillas de forma espectacular.
Qué linda se ve cuando se sonroja, pensé, conteniendo una carcajada.
—Señor Kurama, esto no es lugar para este tipo de cosas —articuló finalmente, cruzándose de brazos con firmeza y adoptando esa postura corporativa tan suya.
Yo me limité a soltar una risa limpia, paseándome por la oficina con total libertad. —Que yo recuerde, nena, ahora soy el director general de esta firma y hago lo que se me dé la gana en mi propiedad. Pero no tienes por qué estar celosa, puedes venir con toda confianza —le abrí los brazos de par en par, invitándola al juego.
Ella hizo una mueca de profundo asco, entornando los ojos mientras sus brazos se tensaban contra su pecho. —Y según yo recuerdo... si yo no le doy el visto bueno a su padre al finalizar el periodo de prueba, usted queda en la absoluta ruina.
Esta vez fue el turno de ella de sonreír. Pero no fue una sonrisa amable; fue una mueca cargada de pura malicia y superioridad que me borró la mía de un plumazo. Por primera vez en mis treinta y seis años de vida, sentí el azote de la vergüenza y me percaté de mi propia desnudez ante su mirada fulminante. Esa mujer tenía el control de mi billetera y, por ende, de mi vida entera.
Solté un suspiro de rendición, maldiciendo internamente la astucia de mi viejo. Busqué con la mirada mi bata de seda negra, la recogí del suelo y me la amarré con fuerza alrededor de la cintura. Acto seguido, junté las prendas dispersas de la empleada del sofá y se las lancé directamente a la cara.
—Vístete —le ordené de forma escueta. La chica seguía temblando bajo la manta, con el rostro encendido. Al girarme, noté que Haruhi continuaba inmóvil en el umbral, observando el despliegue—. Al menos ten la decencia de cerrar la puerta para que ella pueda vestirse en paz.
Haruhi miró de reojo a la chica del sofá y luego me clavó una mirada cargada de desprecio. Sin articular una sola palabra, tiró del picaporte y cerró las puertas dobles, devolviéndole la privacidad a la habitación. Aproveché el momento para tomar mi traje de vestir y me encerré en el baño privado de la dirección. Me aseé con rapidez, me lavé el rostro con agua fría para disipar los estragos de la noche en vela y me vestí con el impecable traje de diseñador.
Cuando salí del baño, abrochándome los botones de los puños de la camisa, me topé con que la empleada seguía en medio de mi oficina, aunque ya completamente vestida y acomodándose el cabello de forma nerviosa.
—Pensé que ya te habías ido —comenté con indiferencia, rodeando el escritorio de caoba para sentarme en mi imponente sillón ejecutivo. Encendí el monitor de la computadora sin prestarle demasiada atención.
—Te estaba esperando... Yo... ¿quería despedirme de ti? —su voz sonaba vacilante, temerosa. No me tomé la molestia de levantar la mirada de la pantalla, pero por el tono de su voz, sabía perfectamente que estaba roja de la vergüenza.
—Bueno... hasta luego —sentencié, dando por terminada la interacción de forma tajante.
Un leve sollozo ahogado viajó desde el centro de la habitación hasta mis oídos, pero decidí ignorarlo por completo. No estaba de humor para lidiar con dramas sentimentales después del balde de agua fría que me había caído encima. Comencé a teclear algunos comandos en el sistema informático, buscando distraerme, cuando el sonido de las puertas dobles abriéndose llamó mi atención.
Elevé la mirada y alcancé a divisar la silueta de la chica saliendo al pasillo, pero lo que realmente capturó mi interés fue ver que Haruhi la estaba esperando justo afuera de la oficina. ¿Había permanecido allí plantada todo este tiempo? La curiosidad venció mi apatía; me puse en pie de inmediato y me aproximé con sigilo a la entrada, ocultándome parcialmente detrás del marco de la puerta para escuchar la conversación. No era estrictamente necesario que lo hiciera, pero la dinámica de mi nueva supervisora me resultaba un enigma que moría por descifrar.