Un giro de 360°

Capítulo 4: Trampas, Actuaciones y una Lección Inesperada

narrado por haruhi

¡Tienes toda la razón! Mil disculpas, me dejé llevar por la intensidad del hilo y puse el número equivocado en el título, pero mantuve la continuidad exacta de tu historia.

Aquí tienes el texto corregido con el número de capítulo correspondiente para que guarde el orden perfecto en tu libro:

Capítulo 4: Trampas, Actuaciones y una Lección Inesperada

Después de la desagradable y bochornosa escena que presencié esa mañana, una densa capa de incomodidad se instaló en el ambiente. La oficina de mi director general —o como a mí me gustaba catalogarlo internamente: el idiota de mi jefe— ya no representaba ese santuario de paz y productividad que había edificado con tanto esmero a lo largo de una década. Ya no era un lugar agradable para mí. Para colmo de males, la mirada constante, intensa y descarada que Kurama me propinaba desde el otro lado del escritorio de caoba no hacía más que complicar las cosas de manera exponencial. Experimentaba una extraña y confusa amalgama de sensaciones en mi propio cuerpo que no logra descifrar del todo; su mera presencia física detonaba un vuelco inexplicable en mis sentidos.

Harta de su escrutinio silencioso, decidí romper el hielo con brusquedad. —¿Va a decirme algo de suma importancia corporativa, señor, o piensa quedarse el día entero mirándome con cara de idiota? —cuestioné, sosteniendo un fajo de informes con fuerza.

Kurama, lejos de manifestar ofensa ante mi insolencia, se limitó a soltar una risa ronca, baja y sumamente varonil. Sus ojos azules continuaron recorriendo mi silueta con un destello de deseo tan evidente que me hizo estremecer. No lograba discernir si aquella atención me provocaba una profunda repulsión o si existía un trasfondo completamente distinto que me rehusaba a admitir.

—Esta es exactamente la segunda oportunidad en menos de veinticuatro horas que me llamas "idiota", nena. ¿Eso es lo que realmente piensas de mí? —preguntó, arqueando una de sus pobladas cejas con un gesto cargado de arrogancia y suficiencia.

—¿Y todavía tiene la osadía de preguntarlo? —solté una risa seca, carente de gracia real, y me crucé de brazos sobre el pecho adoptando una postura rígida—. Le recuerdo, por si su memoria es selectiva, que no hace más de veinte minutos lo encontré en una situación extremadamente comprometedora sobre ese sofá. La forma tan despectiva e indiferente en la que trató a Fernanda me demuestra que solo la utilizó como un objeto para saciar sus necesidades físicas. En pocas palabras, la usó para tener sexo. Y eso sin mencionar las innumerables joyitas que los portales de noticias difunden sobre su cuestionable reputación.

En cuanto las palabras abandonaron mi boca, un frío me recorrió la espina dorsal. Supe de inmediato que acababa de cometer un error garrafal. Mis declaraciones, lejos de amedrentarlo o avergonzarlo, provocaron que una sonrisa gigantesca, descarada y reluciente se dibujara en sus facciones, exhibiendo esa hilera de dientes blancos y perfectos que tanto me irritaba.

—Vaya, vaya... Veo que ya se tomó la molestia de investigarme a fondo, señorita Haruhi —declaró con tono cantarín.

Al escuchar el apelativo, mi corazón comenzó a golpear con una fuerza descomunal contra mis costillas, presa de los nervios. —Sabe... no tiene la menor necesidad de desperdiciar su valioso tiempo leyendo revistas de farándula o artículos digitales para conocer mis gustos —prosiguió Kurama, poniéndose en pie con total parsimonia y señalándose a sí mismo de arriba abajo con ambas manos—. Aquí tiene al espécimen original, completamente real y dispuesto a complacerla, además de responder cada una de sus dudas personales, señorita Haruhi. Solo es cuestión de que usted se muestre dispuesta a experimentar.

Un calor abrasador me tiñó las mejillas al instante, poniéndome completamente roja. Sus ojos azules brillaron con un toque de jugueteo salvaje al notar mi reacción; se regocijaba con mi timidez. Maldición, había caminado directo hacia su trampa como una novata.

—Créame que no fue un acto premeditado, señor. Jamás perdería mi tiempo investigándolo por cuenta propia. Fue mi... —frené mis palabras en seco en medio de la frase, procesando la tontería que estaba a punto de cometer. ¿Por qué demonios sentía la absurda necesidad de brindarle explicaciones sobre mi vida o mis acciones a este hombre?— Sabe qué... No pienso seguir prestándome a su juego infantil. Si no nos vamos a limitar a discutir asuntos estrictamente laborales, me retiro a mi puesto.

Me giré sobre mis talones dispuesta a marcharme a toda prisa, pero antes de que pudiera dar el primer paso, sentí unas manos grandes, firmes y cálidas aferrarse a mi cintura. Con un movimiento rápido y coordinado, Kurama me obligó a voltear el cuerpo, atrayéndome hacia su anatomía. En un parpadeo, quedé completamente pegada a su firme pecho. Por puro instinto de protección, apoyé ambas palmas de mis manos sobre la tela de su saco de diseñador, tratando de empujarlo para liberarme de su agarre, pero él poseía una fuerza física muy superior a la mía. Su rostro se ubicaba a escasos centímetros del mío; podía sentir la calidez de su aliento perfumado impactando directamente contra mis facciones, las cuales debían estar encendidas en un tono carmín. Mi ritmo cardíaco estaba completamente desbocado.

—Al contrario, mi querida Haruhi... El juego apenas está comenzando —susurró cerca de mis labios, con una voz grave que me hizo temblar.

¿En qué clase de infierno me he metido por culpa de mi lealtad a esta empresa? Que alguien me ayude, por favor...

Haciendo acopio de toda la fuerza que poseía en los brazos, logré empujarlo con la suficiente energía para zafarme de su agarre. Sin mirar atrás, salí a toda velocidad de la dirección general e irrumpí en mi propia oficina, jalando la puerta tras de mí. Agarré una carpeta de cartón, lo primero que divisé sobre el escritorio, y comencé a abanicarme frenéticamente el rostro mientras me dejaba caer en mi silla ejecutiva.




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