Capítulo 6: Las Grietas del Secreto (Narrado por Haruhi)
El estridente y agudo sonido de mi teléfono celular perforó la pesadez de mi habitación, obligándome a emerger de un letargo denso. Con los párpados pegados y una sensación de torpeza absoluta en las extremidades, estiré el brazo a ciegas, tanteando de forma errática la superficie de la mesita de noche hasta que mis dedos tropezaron con el dispositivo. Al desbloquear la pantalla, el brillo me lastimó las retinas. Era un mensaje de texto.
De: Presidente Idiota
Contenido:
Buenos días, Haruhi. ¿Cómo amaneces? Espero de corazón que te sientas mejor de salud. Tienes mi total autorización para ingresar tarde a la oficina el día de hoy. Por favor, en cuanto arribes a las instalaciones, dirígete de forma inmediata a mi despacho oficial; requerimos discutir los acontecimientos de ayer con extrema urgencia.
Enviado: 6:30 a. m.
Leído: 8:20 a. m.
Me reincorporé en la cama de un salto en cuanto mis ojos decodificaron la hora de lectura. Grave error. La habitación entera ejecutó una violenta vuelta de trescientos ochenta grados y un dolor punzante, similar a un martillero implacable, se instaló con saña en mis sienes. Presioné mis manos contra la cabeza, conteniendo un quejido. No debí cometer la absoluta imprudencia de consumir esas margaritas la noche anterior.
Comencé a escanear los alrededores con urgencia: me encontraba a salvo en el interior de mi cuarto, rodeada de mis pertenencias. Pero, ¿cómo demonios había logrado regresar a mi propiedad? Con el pulso acelerado, empecé a tocar mi anatomía por encima de las sábanas para evaluar los daños; portaba el mismo vestido azul de la noche anterior, arrugado pero intacto. Al menos poseía la certeza de no haber cometido una locura irreparable en medio de la inconsciencia.
Sin embargo, las interrogantes comenzaron a bombardearme: ¿qué acontecimientos exactos se habían suscitado anoche tras perder el control? ¿Y cuál era la razón de peso por la cual el director general de la firma publicitaria demandaba hablar conmigo con semejante matiz de urgencia?
Restándole importancia de forma deliberada para no sucumbir al pánico, me puse en pie con dificultad. El tiempo jugaba en mi contra. Me dirigí a la ducha, permitiendo que el agua templada despejara la pesadez de mis músculos, y procedí a vestirme con un conjunto corporativo impecable: un vestido de sastre con un patrón de rayas azul oscuro y blanco, complementado con un saco formal de mangas tres cuartos del mismo tono y unos zapatos de tacón medio. Dejé mi cabello suelto para enmarcar mi rostro, apliqué un maquillaje sumamente sutil para disimular la palidez de mis facciones y me administré un analgésico potente para mitigar la migraña. Finalmente, seleccioné unos lentes oscuros de montura grande; un accesorio indispensable para ocultar el rastro de la resaca en mis ojos.
Descendí los escalones con paso firme hacia el área de la cocina, pero me detuve en seco al traspasar el umbral. Bulma y Kazehaya se encontraban inmersos en una conversación en voz baja que se interrumpió de forma abrupta en cuanto detectaron mi presencia. Sus miradas se clavaron en mí, escaneándome de arriba abajo con una rigidez que me hizo experimentar una profunda incomodidad. Permanecí estática bajo el marco de la puerta, aferrando la correa de mi bolso con fuerza, mientras ellos sostenían un mutismo denso. ¿Qué demonios estaba sucediendo en esta casa?
—¿Se puede saber si ocurre algo de lo que deba enterarme? —indagué, forzando un tono de voz neutral mientras avanzaba hacia la cafetera para servirme una taza, intentando ignorar el escrutinio de mis hijos.
—Eso es exactamente lo que nosotros esperamos que nos esclarezcas, madre —replicó Kazehaya, cruzándose de brazos con una madurez protectora que me recordó a su propia esencia.
Fruncí el ceño, sosteniendo la taza caliente entre mis manos. —No poseo la menor idea de qué me estás hablando con ese tono inquisitivo, hijo.
—¿Es que acaso tu memoria no registra absolutamente nada de lo acontecido anoche, mamá? —intervino Bulma, dando un paso hacia mí con un matiz de franca preocupación en sus ojos castaños.
—No, Bulma. Soporto un dolor de cabeza intolerable y no me encuentro de humor para adivinanzas. Así que les exijo a los dos que abandonen este halo de misterio y me detallen con precisión qué fue lo que ocurrió —declaré, mirándolos con severidad.
Mis hijos intercambiaron una mirada cargada de significados compartidos antes de que Bulma tomara la palabra, soltando la bomba sin anestesia: —Tu jefe estuvo aquí anoche, mamá.
Me quedé completamente petrificada, sintiendo cómo el frío de la taza se transmitía a mis dedos. Supuse que los rezagos de la embriaguez me estaban haciendo alucinar. ¿El director general de Havas Creative en el umbral de mi propiedad privada? ¿Cómo era eso lógicamente posible?
—Él se encargó de traerte de regreso en su auto corporativo —continuó mi hija, confirmando mis peores temores—. Manifestabas un estado de ebriedad muy avanzado.
—Nos vimos en la obligación de abrirle la puerta principal de la casa y coordinar con él para poder cargarte por las escaleras hasta tu habitación —añadió Kazehaya, sin apartar sus ojos juzgadores de mi rostro.
El suelo pareció moverse bajo mis pies. Mis hijos me habían visto consumir alcohol de forma moderada en celebraciones familiares, pero jamás me habían contemplado perder los estribos de esa manera, y mucho menos escoltada por un hombre.
—De acuerdo... Les agradezco la asistencia que me brindaron. ¿Y a qué hora exacta se retiró el señor Kurama de la propiedad? —pregunté, intentando armar el rompecabezas. El mensaje de texto que había recibido temprano cobraba un sentido alarmante.
—Apenas te depositamos en la cama y constatamos que estabas a salvo, procedió a retirarse sin dilación —respondió mi hijo con rigidez.