Parte I: El Pacto en la Cocina (Narrado por Bulma)
En cuanto escuché el eco de los pasos de mi madre alejándose hacia la salida y el posterior rugido del motor de su auto, solté un suspiro cargado de una profunda pesadez. La tensión que había flotado en el aire de la cocina era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo de mesa. Me dirigí con paso lento hacia la nevera, extraje la jarra y me serví un vaso de jugo frío, intentando procesar la anomalía de toda la situación. Que mi madre reaccionara a la defensiva no constituía ninguna novedad —ese era su mecanismo de defensa estándar—, pero la conducta del director general de su empresa rompía con cualquier esquema previo.
—Bulma, que nos veamos en la obligación de escoltar a nuestra propia madre a su alcoba debido a un exceso de alcohol... es una situación que no se encuentra bien bajo ningún concepto —dictaminó Kazehaya. Sostenía su taza de café con ambas manos, manifestando una inquietud que se traducía en el balanceo constante de su cuerpo.
—Estoy plenamente de acuerdo contigo, hermano. Es evidente que mamá requiere de nuestra asistencia —declaré, depositando el vaso sobre la superficie de la mesa de madera antes de cruzarme de brazos—. Y considero que el primer paso estratégico que debemos ejecutar es descifrar con exactitud qué es lo que alberga el corazón del señor Kurama hacia ella.
Kazehaya me clavó una mirada de absoluta estupefacción, como si acabara de proponer una locura de proporciones bíblicas.
—¿Me estás diciendo que pretendes otorgarle el beneficio de la duda a ese individuo, Bulma? No poseemos la menor certeza sobre qué clase de hombre es en la intimidad, ni cuáles son las intenciones reales que guían sus acciones hacia nuestra familia.
Me desplacé por el espacio de la cocina y tomé asiento en la silla frente a él, buscando una conexión más cercana.
—¿Y no consideras que esa es, precisamente, la razón de mayor peso para concederle el beneficio de la duda, hermano? Necesitamos evaluarlo por nosotros mismos.
—Bulma, tú misma fuiste la persona que se encargó de catalogar a ese sujeto como un mujeriego incorregible hace unas semanas —me recordó con severidad.
Un destello de culpabilidad cruzó mi mente al recordar las páginas de los portales digitales y los artículos de prensa rosa que había consultado. Ciertamente, el historial público del señor Kurama no gozaba de una reputación precisamente intachable, pero bien sabía yo que los medios de comunicación y las revistas de farándula tendían a magnificar cualquier conducta para elevar sus índices de lectura.
—Sí, lo reconozco perfectamente. He realizado un seguimiento exhaustivo de su perfil público y sé lo que se rumorea en los pasillos de la alta sociedad. Sin embargo... existe una corazonada en mí que dictamina que ese hombre merece una oportunidad genuina de demostrar quién es en realidad —argumenté.
Mi hermano soltó un largo suspiro impregnado de frustración y cansancio, pasando una mano por su cabello.
—Hermana, eres perfectamente consciente de que tú y yo funcionamos como un bloque unificado para afrontar cualquier adversidad, siempre ha sido así. Pero en este escenario en particular, no mantengo la menor seguridad de que apoyar esa causa sea el camino idóneo.
Apoyé mis codos en la mesa y entorné la mirada, ejecutando mi expresión más persuasiva de ojos de cachorrito indefenso.
—Pero me vas a secundar en esto de todas formas, ¿verdad...? Eres mi hermano mayor, no puedes abandonarme.
Kazehaya sostuvo el duelo de miradas durante varios segundos que me parecieron eternos, debatiéndose internamente. Finalmente, emitió un resoplido de derrota y se cruzó de brazos, adoptando una postura de fingida resignación.
—De acuerdo, accederé a colaborar con tus planes de investigación. Pero te lo advierto con total solemnidad: si ese sujeto llega a ejecutar la más mínima maniobra extraña o manifiesta una conducta irrespetuosa, me encargaré personalmente de cortarlo de raíz de nuestras vidas. Adicionalmente, que colabore no significa que cuente con mi aprobación.
Una amplia sonrisa de triunfo se dibujó en mis facciones. Mi hermano siempre se manejaba con ese instinto celoso, territorial y protector con las mujeres de la casa, una cualidad que, aunque a veces resultaba asfixiante, me generaba una profunda ternura.
—Solo concede un margen de tiempo al asunto, hermano —manifesté, soltando una ligera risa—. Te aseguro que la realidad del hombre no debe ser tan oscura como tus prejuicios te dictan.
—No, tengo la certeza de que la realidad es considerablemente peor —replicó él, permitiendo que una sutil sonrisa asomara en la comisura de sus labios.
—Bajo esa premisa, considero prudente retirarme antes de que tu sistema lógico active el arrepentimiento y decidas retirarme el apoyo —declaré con tono jovial.
Abandoné el recinto de la cocina con paso ágil, dirigiéndome de forma directa a mi habitación con un propósito firme en mente: era el momento de cambiar mi indumentaria y pasar a la acción.
Parte II: El Peso de un Rechazo (Narrado por Kurama)
En cuanto la silueta de Haruhi traspasó el umbral de mi despacho y la puerta se cerró con un chasquido definitivo, experimenté la incapacidad absoluta de concentrar mi atención en los balances financieros que reposaban sobre mi escritorio. Sus facciones, la altivez de su mirada tras las gafas oscuras, la firmeza de sus palabras y la calidez magnética de sus labios... todo su ser se había instalado en mis pensamientos como una fijación de la que me resultaba imposible desprenderme.
«Por el amor de Dios, Kurama... ¿qué clase de cortocircuito mental estás experimentando?», me recriminé a mí mismo de forma interna, hundiéndome en el respaldo de mi silla presidencial. «¿Cómo cedí ante mis impulsos biológicos de esa manera en un entorno corporativo?»
Jamás, en la totalidad de mi trayectoria profesional, me había permitido el desliz de perder el control de mis acciones frente a una subordinada. Y lo que rayaba en lo verdaderamente inaudito: confesarle de forma abierta y explícita a una mujer que me gustaba, adoptando una postura de vulnerabilidad que no correspondía con mi naturaleza.