Un giro de 360°

Capítulo 8: Fragmentos de un Destino (Narrado por Haruhi)

Permanecí recluida en el interior del sanitario ejecutivo durante lo que me parecieron horas, apoyando las palmas de mis manos sobre el mármol frío del lavamanos mientras intentaba, de forma infructuosa, estabilizar los latidos desbocados de mi corazón. ¿Qué clase de magnetismo o de brujería estaba operando este hombre sobre mi sistema nervioso? ¿Por qué mi pulso se aceleraba con esa intensidad humillante cada vez que su cercanía física desafiaba mis límites?

«No... No, no, no. Es una absoluta imposibilidad biológica y racional que él me resulte atractivo», me repetí con terquedad, clavando la mirada en mi reflejo. Los hombres de su estatus no eran más que estrategas de la manipulación; Kurama solo pretendía nublar mi juicio crítico para desestabilizar mis defensas y sumarme a su lista de conquistas corporativas. Pero yo no caería en su red de ilusiones con tanta facilidad.

Una vez que recuperé una fachada de absoluta frialdad, salí al pasillo principal. Mi cuerpo se tensó al instante al divisar la silueta de mi hija Bulma abandonando el despacho de la dirección general. ¿Qué motivaciones la habían empujado a adentrarse en ese territorio prohibido? ¿Acaso pretendía localizarme?

—Bulma, ¿se puede saber qué pormenores estás gestionando en este sector ejecutivo? —indagué, acortando la distancia con zancadas rápidas. Percibí de inmediato su intención de esquivarme, por lo que bloqueé su trayectoria con firmeza.

—Hola, mamá... ¿Cómo marcha tu jornada? —articuló con una sonrisa ensayada que no logró engañarme—. Simplemente me desplacé hasta aquí con el propósito de invitarte a compartir el almuerzo juntas, pero si tus responsabilidades corporativas te lo impiden, podemos posponer el plan para otra ocasión.

—No intentes evadir mi cuestionamiento, Bulma. He sido muy explícita con los tres al dictaminar que las instalaciones de la empresa no constituyen un centro de visitas familiares —reproché de forma tajante. Al contemplar cómo bajaba la mirada con sumisión, solté un suspiro cargado de resignación—. Permíteme recolectar mis pertenencias y nos marcharemos de inmediato.

Giré sobre mis talones e ingresé a mi cubículo, pero mi pulso se detuvo al constatar que el director general se encontraba de pie junto a mi escritorio.

—Señor Kurama... ¿Qué asunto de relevancia demanda su presencia en mi área de trabajo? —inquirí, recuperando el tono formal.

El hombre se volteó de forma pausada, sosteniendo un bloque de carpetas de sastre.

—Me desplacé hasta aquí con el objetivo de hacerte entrega formal de los expedientes publicitarios que regirán la agenda de mañana, con el propósito de que podamos ejecutar una revisión conjunta de las cláusulas.

Extendí las manos para recibir la documentación, organizándola con celeridad junto a mi bolso personal.

—Agradezco la gestión, señor. Saldré un poco antes de mi horario habitual para trasladar este material a mi residencia y procesarlo allá, si no existe inconveniente de su parte.

—No, no representa ningún contratiempo —respondió él, ejecutando un movimiento incómodo al rascarse la nuca de forma distraída—. Tu hija estuvo en mi despacho privado hace escasos minutos, Haruhi.

Me quedé completamente congelada bajo el marco de la puerta, asimilando la implicación de sus palabras. Anotación mental: Bulma enfrentaría un severo régimen de restricciones en cuanto pisáramos el umbral de la casa.

—Sí, soy plenamente consciente de ello; acabo de interceptarla en el pasillo central. Nos disponemos a salir a almorzar juntas y se encuentra aguardando por mí, así que, si me disculpa, debo proceder a retirarme —declaré, apagando el sistema informático y ordenando la superficie de mi escritorio con movimientos mecánicos.

—De acuerdo. Yo también me dispongo a dar por concluida mi jornada presencial por el momento; permíteme escoltarlas hacia la salida principal del edificio.

No emití réplica alguna para evitar prolongar la interacción. Caminé con paso firme hacia el área de recepción y escuché el eco de sus zapatos de sastre escoltándome a escasa distancia. Al aproximarme a Bulma, la encontré completamente absorta en la pantalla de su teléfono móvil.

—¿Mamá, ya estás lista para...? —su frase quedó suspendida en el aire al levantar la mirada y toparse de frente con la imponente presencia del director general—. ¡Señor Kurama! Qué auténtico deleite coincidir con usted nuevamente en esta jornada —exclamó, alternando la vista entre ambos con un brillo de picardía que me hizo encender las alarmas—. ¿Dispondría de la holgura en su agenda para honrarnos con su compañía durante el almuerzo, señor?

Abrí la boca de inmediato para manifestar que la agenda presidencial se encontraba saturada de compromisos de alta prioridad, pero el hombre cortó mi intervención con una velocidad exasperante.

—Sería un absoluto placer y un honor acompañarlas en esta ocasión, señorita Bulma —aseguró él, dibujando una sonrisa impecable que desbordaba una calculada diplomacia.

Sabiendo perfectamente que su maniobra buscaba desafiar mi paciencia, me limité a ejecutar un ostensible giro de ojos.

—Magnífico, entonces pongámonos en marcha, mamá —dictaminó mi hija.

Le clavé una mirada cargada de reproche absoluto; esa muchacha me estaba generando canas verdes a una velocidad alarmante con sus impertinencias.

—Sí, de acuerdo, hija... —forcé una sonrisa que no llegó a mis ojos y avanzamos en bloque hacia el cubo de los elevadores.

Al arribar al estacionamiento subterráneo, me detuve en seco junto a mi vehículo y me encaré con mi jefe.

—Yo dispongo de mi propio auto, de modo que Bulma y yo nos trasladaremos por nuestros propios medios.

Kurama analizó las líneas de mi automóvil y esbozó una sonrisa que me pareció sumamente arrogante.

—Perfecto. Yo haré uso de mi vehículo corporativo; me limitaré a seguir su trayectoria desde atrás.

Tras dedicarle un nuevo e inevitable giro de ojos, abordé el auto junto a mi hija y encendí el motor.




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