Capítulo 10: Encrucijadas del Pasado (Narrado por el Narrador)
El silencio reinó por un momento en la habitación del hospital. En el interior de Haruhi se libraba una batalla brutal entre el temor más profundo y una furia ciega que amenazaba con desbordarla. No sabía hacia dónde dirigir la mirada: si hacia sus hijos, que aguardaban expectantes en el recinto; hacia su exesposo, que se erguía desafiante en medio de la estancia; o hacia su jefe Kurama, quien escasos minutos atrás le había declarado su amor y ahora la observaba con una mezcla de extrañeza y sospecha. Tratando de acopiar hasta el último vestigio de valor, fijó la vista en el origen principal de su tormento.
—Ayato... ¿Qué estás haciendo aquí? —logró articular finalmente. Cruzó los brazos sobre el pecho y apoyó la espalda contra la pared, buscando un punto de soporte para ocultar el temblor de sus piernas, aunque la rigidez de su postura delataba la intensa crisis nerviosa que la dominaba.
—Hola, Haruhi —respondió el hombre, soltando una risa ligera mientras la escudriñaba de arriba abajo con insolencia—. Ya anticipaba un recibimiento hostil de tu parte, pero debo admitir que no previsiones estas circunstancias tan particulares.
Ambos sostuvieron un duelo de miradas cargado de tensión, evaluándose mutuamente sin emitir palabra. De pronto, la densa atmósfera se vio interrumpida por unos leves tirones en el bajo del pantalón de Haruhi.
—Mami... ¿quién es ese señor? —interrogó la pequeña Nana, alzando la vista con inocencia.
Haruhi contempló a su hija menor sin saber qué responder. De inmediato, desvió la mirada hacia su exesposo, quien ya fijaba sus ojos en la niña, para luego registrar la complicidad silenciosa entre Kazehaya y Bulma. Los mellizos intercambiaron un gesto de honda preocupación antes de mirar a su madre. ¿Bajo qué términos se le podía explicar a una niña tan pequeña que el hombre que tenía enfrente era el progenitor que tanto sufrimiento les había infligido en el pasado?
—Mi amor... él es una persona a quien conozco desde hace muchos años —explicó Haruhi, tratando de mantener un tono neutral.
Ayato fijó la vista en la pequeña y ejecutó un sutil ademán con la mano a modo de saludo.
—Hola, princesa.
Lejos de responder, Nana se refugió de inmediato detrás de la silueta de su madre, aferrándose con fuerza a su pierna.
—Escúchame, nena... ¿Por qué no te aproximas a la cama para saludar a Bulma? Kazehaya, por favor, ayúdala a subir para que esté cerca de su hermana —instruyó Haruhi, buscando desvincular a la menor del conflicto. Los implicados acataron la directriz; Kazehaya cargó a la niña y la instaló en el lecho hospitalario, permaneciendo en actitud de custodia a su lado—. Kurama... ¿dispondrías de la amabilidad de supervisarlos un momento?
El director general asintió con un leve movimiento de cabeza, manteniendo la seriedad en el rostro.
—Ayato, acompáñame afuera —sentenció la mujer.
Ambos abandonaron la suite médica e ingresaron al pasillo. Una vez que la puerta se clausuró y se distanciaron lo suficiente del umbral, Haruhi se giró sobre sus talones para encararlo de forma directa.
—Muy bien, Ayato. Dispones estrictamente de un minuto para proporcionarme una explicación coherente sobre qué demonios estás pretendiendo al presentarte en este lugar.
A pesar del esfuerzo de Haruhi por proyectar una autoridad incontestable, su demanda solo provocó una nueva carcajada en el hombre, incrementando la indignación de la mujer.
—Tan hermosa y combativa como siempre, Haruhi. Te aseguro que extrañé esa intensidad de tu carácter durante estos diez años de ausencia —declaró él, reduciendo la distancia física con un paso pausado—. Además, debo admitir que luces verdaderamente espectacular; el transcurso de los años ha operado de forma magnífica en ti, estás radiante.
Haruhi experimentó una profunda repulsión ante la mirada lasciva con la que él recorría su anatomía, sintiendo cómo el estómago se le revolvía.
—Si osas aproximarte un solo centímetro más, te garantizo que te arrepentirás —advirtió, estrechando los brazos con firmeza—. Te sugiero que analices bien la situación, porque ya no soy la misma persona sumisa que se dejaba violentar y manipular por tus estrategias.
—Sí, es un hecho evidente que has experimentado una notable evolución; has cambiado en demasía. De hecho, esa nueva seguridad te dota de un aspecto mucho más sensual —replicó Ayato, devorándola con la mirada una vez más.
Haruhi contuvo las náuseas que la asediaban y, tras liberar un prolongado suspiro, lo encaró con severidad.
—Manifiesta de una vez tus verdaderas intenciones. ¿Cuál es el motivo real de tu presencia? Si tu objetivo es desestabilizar a mi familia o pretendes obtener algún beneficio financiero, te sugiero que te retires de inmediato, porque aquí no tienes ningún asunto legítimo que gestionar.
—La realidad es que sí dispongo de un propósito de gran relevancia —aseguró él, sosteniendo el contacto visual sin que el ceño fruncido de Haruhi cediera un ápice.
—¿Y de qué se trataría, según tú?
Ayato avanzó un paso más con la intención de estrechar el margen entre ambos, obligando a Haruhi a retroceder para preservar su espacio vital.
—Verás, Haruhi... a partir del momento de tu partida, mi trayectoria profesional se consolidó; alcancé una mayor notoriedad pública y acumulé un capital financiero considerable. Es una verdad innegable que compartí mi tiempo con múltiples mujeres y me involucré en diversas dinámicas —explicó, exhibiendo una sonrisa de franca arrogancia que mutó rápidamente hacia una expresión de extrema seriedad—. Sin embargo, carezco por completo de un vínculo real con mis hijos, y mi presencia aquí obedece al deseo de reconstruir esa relación... siempre y cuando tú otorgues tu consentimiento, desde luego.
Haruhi ejecutó un ostensible giro de ojos, cargado de un profundo fastidio. Recordó de inmediato los testimonios de sus compañeras de trabajo en el spa, quienes rememoraban con amargura cómo se dejaban arrastrar por los discursos de redención de sus exparejas para terminar atrapadas en el mismo círculo vicioso.