Un giro de 360°

Capítulo 12: La Perspectiva del Espejo (Narrado por Kurama)

# Capítulo 12: La Perspectiva del Espejo (Narrado por Kurama)

Observar el discurrir de las horas desde el imponente ventanal de mi despacho presidencial se había convertido en un ejercicio de absoluta impaciencia. La panorámica de la urbe, que la noche anterior se desplegaba ante nosotros como un escenario idílico y brillante en las alturas del Per Se, hoy se presentaba gris, fría y monótona bajo el sesgo de la rutina corporativa. Tenía la chaqueta del traje retirada, las mangas de mi camisa firmemente remangadas y los brazos cruzados, pero mis pensamientos se rehusaban con terquedad a concentrarse en los balances trimestrales o en las directrices de la junta de accionistas. Todo mi sistema continuaba anclado a las memorias de la víspera: la suavidad del vestido azul rey de Haruhi, la entrega inusual en sus labios durante aquel beso dulce en la penumbra del parque y, sobre todo, la desgarradora nitidez con la que me había confiado los traumas de su pasado.

El sonido rítmico del intercomunicador de mi escritorio fracturó el silencio de la estancia. Me aproximé con pasos decididos y presioné el dispositivo de control.

—Señor Kurama, la analista Haruhi se encuentra en la antecámara con los registros de facturación que usted requirió para la auditoría —difundió la modulación formal de mi asistente ejecutiva.

—Concédale el acceso de forma inmediata —instruí, esforzándome por mantener la neutralidad reglamentaria en mi voz, aunque sentí cómo mi ritmo cardíaco se aceleraba de súbito.

Las puertas dobles de madera noble se abrieron y la silueta de Haruhi se recortó contra el umbral. Lucía una blusa blanca ceñida con un lazo oscuro y una falda negra que perfilaba su figura con una elegancia impecable; sin embargo, mi mirada se fijó de inmediato en las sutiles sombras biológicas bajo sus ojos. No había descansado de forma óptima; la palidez de sus facciones delataba una fatiga que encendió de inmediato mis alarmas de protección. En cuanto la puerta se clausuró a sus espaldas, anulando el murmullo del ala administrativa, acorté las distancias físicas entre ambos con ímpetu.

—Haruhi... —articulé, extendiendo las manos hacia ella en un impulso genuino por proveerle soporte—. Experimentaba una profunda inquietud por tu estado general. Tenía constancia de que tus horas de sueño habían sido sumamente restrictivas tras los eventos de la víspera. ¿Te encuentras verdaderamente en condiciones de afrontar la exigencia de la jornada laboral corporativa? Podría haber ordenado una licencia administrativa extendida sin que ello afectara en lo más mínimo tus registros analíticos o tu estatus financiero en la empresa.

Para mi frustración, ella retrocedió un sutil paso, interponiendo la carpeta de documentos contables entre nuestros cuerpos a modo de una barrera defensiva. Su mirada recorrió el despacho con una mezcla de recelo y urgencia.

—Señor Kurama... le sugiero que mantengamos las distancias reglamentarias en este recinto —advirtió en un susurro cargado de severa advertencia—. Las sospechas en el departamento de administración ya se encuentran en un punto crítico; los comentarios malintencionados y los cuchicheos circulan en los pasillos de la empresa debido a mis ausencias justificadas. Acordamos explícitamente anoche conducir este asunto con extrema cautela y lentitud. Para el resto de la corporación, usted continúa siendo mi superior jerárquico y yo una analista gestionando sus expedientes. No podemos arriesgar la fachada.

Detuve mi avance en el acto, asimilando la amonestación. Una mezcla de resignación y profunda devoción se apoderó de mí. Me crucé de brazos, aceptando sus términos, pero me resultó imposible apartar mis ojos de los suyos.

—Posees total razón, Haruhi. Lamento si mi ímpetu vulnera las directrices de seguridad que estableciste —admití, forzando una media sonrisa para mitigar su tensión—. Acataré cada una de tus condiciones con rigurosidad matemática; me ceñiré al guion de superior frío si eso preserva tu tranquilidad. No obstante, me resulta complejo desvincular mi mente de la certeza de que finalmente has concedido una oportunidad a este vínculo. Los sucesos en el parque y la nitidez de tus palabras habitan en mis pensamientos de forma permanente desde anoche. Sólo requiero que me confirmes que la irrupción de ese individuo en tu residencia no ha alterado tu resolución.

Al mencionar a su exesposo, registré cómo las facciones de Haruhi se endurecían, adoptando una rigidez impregnada de una hostilidad implacable. Saber que aquel maltratador, el alcohólico que la había tomado como un juguete y la había humillado públicamente, había osado invadir la intimidad de su hogar me generaba un impulso violento de intervención; una rabia corporativa y personal que debía contener bajo una fachada de control.

—La presencia de Ayato constituye una complicación que resolveré bajo mis propios mecanismos legales y familiares —sentenció ella con una firmeza inquebrantable—. Él posee el derecho de interactuar con su descendencia debido a los acuerdos de tregua que hemos pautado, pero bajo ningún concepto tiene prerrogativas para interferir en mi vida privada o en mis determinaciones sentimentales. Mi resolución respecto a lo que iniciamos anoche permanece inalterable, Kurama... siempre y cuando la confidencialidad sea absoluta.

—Te doy mi palabra de honor de que así será —respondí, modulando la voz con una solemnidad absoluta, fijando mi promesa en su sistema—. Tu estabilidad familiar y tu paz mental constituyen mi prioridad absoluta. Si es preciso actuar como extraños ante el aparato corporativo, ejecutaré mi rol con total fidelidad. Jamás permitiré que este entorno vulnere lo que estamos edificando.

Un destello de alivio cruzó por sus pupilas, un sutil ablandamiento que me confirmó que mis palabras operaban como el refugio que ella tanto necesitaba. Sin embargo, el sonido de pasos firmes aproximándose por el pasillo exterior nos obligó a romper la burbuja de intimidad. De inmediato, adoptamos posturas estrictamente corporativas. Durante las dos horas subsiguientes, el intercambio se limitó a una fría y rigurosa auditoría de cifras, firmas de memorandos y análisis de facturación. Verla desenvolverse con semejante profesionalismo, defendiendo su posición con una agudeza intelectual impecable, solo incrementó la profunda admiración que le profesaba. Ella no era una analista más; era la mujer que había transformado por completo mis estructuras, obligándome a clausurar de forma definitiva un pasado de frivolidad para aspirar a convertirme en el hombre que ella merecía.




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