Un giro de 360°

CAPÍTULO 21: EL PRECIO DE LA MEMORIA

CAPÍTULO 21: EL PRECIO DE LA MEMORIA

Narrado por Haruhi

La oscuridad me rodeaba por completo, espesa y absoluta. Todo estaba sumergido en un silencio sepulcral que calaba hasta los huesos; hacía muchísimo frío. En ese vacío, me di cuenta de que estaba completamente sola. Supuse que así debía sentirse la muerte. No importa cuánto te esfuerces en la vida, cuántos logros acumules o cuánto dinero poseas; al final, el cuerpo se desprende de lo material y no te llevas nada. Solo dejas atrás un puñado de recuerdos, fragmentos de una existencia que, con el implacable paso del tiempo, terminan por desvanecerse en el olvido de los que se quedan.

De repente, un sonido agudo y monótono comenzó a taladrar la distancia. Pit… pit… pit… pit… La intermitencia era verdaderamente molesta, un eco mecánico que rompía la paz de las tinieblas. Poco a poco, la negrura cedió ante una iluminación tenue, tiñendo el entorno de un color azul celeste, aséptico y frío. Escuché voces a mi alrededor, un murmullo amortiguado y constante, pero por más que aguzaba el oído, no lograba comprender una sola palabra. Intrigada, me di la vuelta para examinar el lugar. Fue entonces cuando el impacto me robó el aliento: estaba en medio de una sala de operaciones. Al acercarme y mirar con detalle el cuerpo tendido en la camilla quirúrgica, me ahogué en mi propio grito. Era yo. Yo era la persona a la que estaban operando de urgencia.

¿Cómo rayos era posible algo así? ¿Acaso mi alma se había desprendido de mi carne?

—Bien, con esto terminamos —anunció el cirujano principal, bajando los brazos mientras se retiraba los guantes de látex—. Si quiere vivir, ya depende exclusivamente de ella. Pónganla en observación inmediata; yo saldré a informarle las noticias a la familia.

«¿Cómo que si quiero vivir? ¡Claro que quiero!», grité con todas mis fuerzas, aunque de mi boca espectral no salió sonido alguno. Tenía hijos en quienes pensar, tres pedazos de mi alma que me necesitaban viva. Desesperada, sin saber qué hacer ni cómo regresar a mi cuerpo, seguí los pasos del médico cuando este cruzó las puertas batientes del quirófano.

—¿Familiares de la señorita Haruhi? —llamó el doctor al salir al pasillo de la clínica.

De inmediato, vi cómo se ponían de pie Kazehaya, Bulma, el señor Carlos, Alice y… ¿Kurama? El corazón, o lo que fuera que tuviese en ese estado flotante, se me dio un vuelco. ¿Qué estaba haciendo él allí?

—Nosotros somos sus familiares —respondieron casi al unísono.

Me embargó un terror profundo al ver el estado en el que se encontraban mis hijos. Sus rostros reflejaban un desgaste absoluto; se me rompió el alma al comprender que estaban pasando por el peor tormento de sus vidas debido a mi situación.

—La paciente está estable —explicó el médico, manteniendo una expresión neutra—. Logramos extraer la bala con éxito, pero perdió una cantidad considerable de sangre. Además, los severos golpes que presenta en todo el cuerpo y el cuadro de anemia severa que arrastraba no jugaron a nuestro favor. Debido a la sumatoria de estos factores, la señorita ha entrado en un estado de coma.

En ese mismo instante, vi cómo Bulma se rompía por completo y buscaba refugio en los brazos de su hermano Kazehaya, llorando con un desconsuelo que me desgarró el pecho. Sentí un dolor físico e insoportable en el centro de mi ser, la impotencia de no poder materializarme para contenerlos.

—¿Cuánto tiempo estará así, doctor? —La pregunta provino de Kurama. Su expresión era algo que jamás, en todo el tiempo que llevaba de conocerlo, le había visto. Estaba rígido, mortalmente serio, asustado y con los ojos inyectados en sangre.

Pero ¿por qué? Si había sido capaz de hacerme tanto daño, si me había traicionado con aquella chica de la revista, ¿por qué ahora se mostraba tan devastado por mi vida?

Cuando el médico carraspeó y respondió con un desalentador «no sabemos cuándo despertará, todo depende de su evolución», Kurama pareció perder los estribos por completo. Como si un demonio lo poseyera, comenzó a golpear las paredes del pasillo con los puños cerrados, descargando una furia ciega. El resto de los presentes se le quedó viendo en silencio; sin embargo, por la madurez de sus gestos, deduje que a ellos no les sorprendía tanto su reacción como a mí.

—¡TODO ESTO ES MI CULPA! —gritaba fuera de sí, sin detener los golpes—. ¡TODO ES MI MALDITA CULPA!

—Hermano, por favor, no es tu culpa —intervino Alice, con la voz quebrada, tratando de acercarse para calmarlo, pero ni siquiera logró tocarle el hombro cuando él se giró a mirarla, con los ojos encendidos en pura ira y culpa.

—¡CLARO QUE SÍ, ALICE! ¡SI HUBIERA ESTADO AHÍ PARA PROTEGERLA, ESTO JAMÁS HABRÍA PASADO! ¡ESTO ES MI CULPA! —Las lágrimas brotaban de sus ojos como cascadas, surcando sus mejillas y perdiéndose en su mandíbula descuidada.

Yo continuaba con la boca abierta, asimilando la escena. Era verdad que me había roto el corazón, pero contemplarlo sufrir de esa manera tan destructiva me superaba; quería correr, rodearlo con mis brazos y decirle que parara, pero nadie compartía mi dimensión; nadie podía verme ni escucharme.

—¡SI ELLA MUERE, ¿QUÉ RAZÓN TENGO YO PARA SEGUIR VIVIENDO?! —bramó Kurama, antes de darse la vuelta y alejarse corriendo por el pasillo, perdiéndose de vista antes de que su hermana pudiera articular otra palabra de consuelo.

Sus últimas palabras me provocaron un llanto silencioso y amargo. Lloraba de dolor por verlo en ese estado de autodestrucción, lloraba de dolor por admitir que lo amaba con la misma intensidad de siempre, y lloraba por todo el calvario que habíamos arrastrado debido a las manipulaciones de Ayato. ¡Maldito Ayato! Pensar en ese hombre solo me generaba repulsión.

Las horas se convirtieron en un suplicio estático. Todos permanecían en la sala de espera, compactados por la angustia. Kurama no había regresado desde su huida y una parte de mi mente no dejaba de preguntarse: «¿A dónde habrá ido? ¿Estará a salvo?». Mientras tanto, decidí quedarme flotando al lado de mis hijos. Ninguno se había movido de sus asientos y, aunque sabía perfectamente que eran incapaces de percibir mi presencia, me reconfortaba el simple hecho de velar su vigilia.




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