CAPÍTULO 22: EL ECO DE UN SENTIMIENTO (FINAL)
Narrado por Kurama
No sé qué demonios me pasa, pero desde el preciso instante en que esa chica puso un pie en mi oficina, mi corazón no ha dejado de latir a una velocidad alarmante. Es una sensación extraña, un eco que resuena con fuerza en mi pecho. Estoy completamente seguro de que ya la conocía antes del accidente; la amnesia borró sus facciones de mi mente consciente, pero al parecer mi cuerpo posee una memoria propia, un registro celular que la reconoce a la perfección. ¿Pero quién es ella en realidad? ¿Por qué su simple presencia es capaz de desatar este caos absoluto dentro de mí?
Me quedé completamente embobado contemplando su silueta. Tenía una figura hermosa, una anatomía que desprendía una elegancia innata, aunque siendo honesto conmigo mismo, era evidente que no encajaba en el prototipo de mujeres con las que solía salir. No era mi estilo habitual. Sin embargo, a pesar de mis prejuicios, me resultaba físicamente imposible apartar la mirada de ella.
Pero lo que terminó por descolocarme por completo ocurrió cuando ingresé su nombre en la base de datos de la empresa para procesar su documentación. No solo aparecieron sus registros laborales estándar, sino que, por alguna razón que escapaba a mi lógica, la gran mayoría del espacio de almacenamiento de mi computadora ejecutiva estaba saturado de archivos dedicados exclusivamente a ella. Para ser más claro: había cientos de fotografías de ella y yo juntos en los escenarios más diversos. Y no eran simples imágenes de trabajo; reflejaban una cercanía desbordante, una intimidad innegable. Había tomas de nosotros besándonos con una pasión que me heló la sangre, compartiendo con unos niños y sonriendo al lado de mis propios padres. Incluso la foto de portada de mi escritorio virtual era una captura de todos nosotros reunidos en un parque de diversiones. Yo jamás asisto a esa clase de lugares públicos, detesto las multitudes. Entonces… ¿quién demonios es ella para mí?
Cuando Haruhi pronunció con voz firme que su única intención era marcharse de la empresa y de mi vida, experimenté un vacío súbito en el estómago, un abismo helado que no lograba racionalizar. Sé perfectamente que desde el punto de vista administrativo su permanencia no es indispensable, pero por alguna razón visceral, quiero que se quede a mi lado cueste lo que me cueste. No puedo permitir que cruce esa puerta. Haruhi… ¿quién eres tú en mi existencia?
—Señor… ¿se encuentra bien? —Su voz, suave pero cargada de una extraña tensión, me trajo de vuelta a la realidad, rompiendo el hilo de mis pensamientos.
—Sí, estoy bien. Pero necesito que me respondas algo con total franqueza —repliqué, fijando mis ojos en ella.
Haruhi asintió levemente, sentada en la silla frente a mi escritorio. Traía un atuendo que dejaba sus piernas parcialmente al descubierto, un detalle anatómico que, lejos de ayudarme a concentrarme, amenazaba con hacer estragos en mi compostura profesional. Me acomodé sutilmente en mi silla ejecutiva, intentando disimular el evidente bulto en mis pantalones que su cercanía física provocaba.
—Sí, dígame, señor —respondió, manteniendo una distancia prudencial.
—¿Qué es lo que realmente somos usted y yo? —Solté la pregunta a quemarropa.
Noté de inmediato cómo mis palabras la tomaron por sorpresa. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso y bajó la mirada con nerviosismo. Esa reacción me lo confirmó todo: definitivamente nosotros habíamos sido algo importante, habíamos compartido una historia juntos. ¿Pero qué? ¿Y cuál era la razón oculta por la que se empeñaba en ocultarme la verdad?
—Nuestro trato es estrictamente profesional, señor —declaró ella, con una voz que pretendía ser fría, pero que flaqueó a mitad de la frase—. Más allá de los asuntos de la empresa, no existe absolutamente nada entre nosotros.
Pude percibir una profunda oleada de tristeza en su mirada y en el tono de sus palabras. Lo más extraño de todo fue que su respuesta me caló hondo, provocándome un dolor físico en el centro del pecho. Deseaba con desespero averiguar todo lo posible sobre esta mujer; apenas llevaba unas pocas horas conviviendo con ella tras mi regreso del hospital y ya me traía completamente loco, perdiendo los papeles. Sin embargo, su postura me indicaba que no cedería con facilidad; se notaba a leguas que era una mujer ruda, orgullosa y difícil de doblegar.
—Puede irse —asentí, dándome por vencido temporalmente.
Sin añadir una sola palabra, Haruhi dio la vuelta y abandonó el despacho. Su silueta reflejaba una melancolía que me partió el alma, dejándome a solas con un mar de interrogantes y un enredo monumental tanto en la cabeza como en el corazón. ¿Por qué me dolía tanto perderla de vista? ¿Quién era esa mujer para causar semejante impacto en mi estructura?
Justo en el momento en que me disponía a tomarme la cabeza entre las manos debido a la frustración de tener mis pensamientos hechos un nudo, el sonido de mi teléfono celular interrumpió el silencio. En la pantalla destellaba el nombre de mi hermano Fernando. Deslicé la opción de contestar y activé el altavoz, arrojando el dispositivo sobre el escritorio de caoba.
*—¿Qué quieres, Fernando? —saludé con mi brusquedad habitual.*
*—Vaya, de verdad has vuelto a ser el mismo idiota insufrible de antes, hermano —se escuchó su voz del otro lado de la línea, matizada por una risa irónica—. Y mira que yo soy un experto en el arte de ser un imbécil, pero tú te estás superando.*
*—No estoy de humor para tus estupideces. Si no tienes nada importante que decir, voy a colgar ahora mismo.*
*—Es increíble cómo el accidente borró todo de un plumazo… Realmente Haruhi te había cambiado por completo, Kurama —sus palabras me congelaron la mano que ya iba a tomar el teléfono. Las alertas se encendieron en mi mente al confirmar que mi familia también la conocía perfectamente.*
*—Fernando, por lo que más quieras, dime la verdad… ¿Quién es ella en mi vida?*