Un golpe de realidad

Capitulo 1- La vida perfecta

La Vida Perfecta

El silencio era algo a lo que Micaela Stevens se había acostumbrado.

No importaba cuán grande fuera la mansión o cuántos empleados recorrieran los interminables pasillos de mármol. Al final del día, siempre se sentía vacía.

Aquella mañana no fue diferente.

Los rayos del sol se filtraban a través de las enormes ventanas de su habitación mientras ella observaba el techo sin ganas de levantarse. Escuchó el sonido de una notificación en su teléfono y lo tomó de la mesa de noche.

Nada importante.

Mensajes de compañeros de la universidad, invitaciones a fiestas que probablemente rechazaría y publicaciones de personas que aparentaban tener una vida perfecta.

Micaela soltó una pequeña risa amarga.

Qué irónico.

Todos creían que ella tenía la vida perfecta.

Tenía dinero.

Tenía una mansión.

Tenía ropa de diseñador.

Tenía autos que ni siquiera conducía.

Pero no tenía una familia.

Al menos no una de verdad.

Se incorporó lentamente y caminó hasta el enorme ventanal de su habitación. Desde allí podía observar los jardines perfectamente cuidados y a varios hombres vestidos de negro vigilando los alrededores.

Siempre estaban ahí.

Desde que tenía memoria.

Cuando era pequeña les preguntaba a sus padres quiénes eran.

Ellos respondían con una sonrisa.

—Están aquí para protegernos.

Y ella nunca volvió a cuestionarlo.

Con los años aprendió que era mejor no hacer preguntas.

Sus padres viajaban constantemente. A veces pasaban semanas sin verlos. Otras veces aparecían durante un par de días y desaparecían nuevamente.

Según ellos, era por negocios.

Siempre eran los negocios.

Micaela bajó a desayunar.

El comedor, como de costumbre, estaba vacío.

Excepto por una persona.

—Buenos días, señorita.

Ella sonrió levemente.

—Buenos días, Lumier.

Lumier era el mayordomo principal de la casa. El único que realmente había estado presente durante toda su vida.

A veces sentía que él la conocía mejor que sus propios padres.

—Sus padres llamaron esta mañana —informó él mientras servía café—. Llegarán dentro de dos días.

—Claro.

La misma respuesta de siempre.

La misma historia de siempre.

Micaela tomó un sorbo de café y observó la enorme mesa diseñada para veinte personas.

Una mesa gigantesca para alguien que siempre comía sola.

Después de desayunar decidió regresar temprano de la universidad.

No tenía ánimos para quedarse.

El tráfico era ligero cuando llegó a la mansión aquella tarde.

Sin embargo, algo llamó inmediatamente su atención.

Había varios camiones estacionados frente a la entrada principal.

Hombres descargaban cajas grandes y pesadas mientras otros supervisaban el proceso.

Frunció el ceño.

Aquello era extraño.

Muy extraño.

Apagó el motor y bajó del vehículo.

—¿Qué está pasando? —preguntó.

Nadie respondió.

Los trabajadores evitaron mirarla.

Eso solo aumentó su curiosidad.

Micaela avanzó entre las cajas hasta detenerse frente a una particularmente grande.

No parecía diferente de las demás.

Pero algo dentro de ella le decía que no debía estar allí.

Miró alrededor.

Nadie parecía prestarle atención.

Con rapidez tomó una pequeña herramienta que encontró cerca y forzó uno de los sellos.

El cartón se abrió apenas unos centímetros.

Lo suficiente.

Lo suficiente para que su mundo se rompiera.

Su respiración se detuvo.

Dentro había varios paquetes envueltos cuidadosamente.

No necesitaba ser una experta para reconocer lo que estaba viendo.

Había visto suficientes noticias.

Había escuchado suficientes historias.

Aquello era droga.

Retrocedió un paso.

Luego otro.

El corazón comenzó a golpearle con fuerza dentro del pecho.

No.

No podía ser.

No en su casa.

No de sus padres.

Sintió que las piernas le temblaban.

—¿Señorita?

La voz de Lumier la hizo girar.

Micaela levantó la mirada hacia él.

Por primera vez en toda su vida vio algo que jamás había visto en sus ojos.

Miedo.

—¿Qué es esto, Lumier?

El hombre permaneció inmóvil.

—Señorita...

—¿Qué es esto?

El silencio fue suficiente respuesta.

Y en ese instante, Micaela comprendió que nada de lo que conocía era real.

Nada.

Absolutamente nada.

El mundo perfecto en el que había vivido durante veinte años acababa de desaparecer frente a sus ojos.




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