Un golpe de realidad

Capitulo 2- La verdad

La Verdad

(...)

Cuando la puerta se cerró detrás de sus padres, Micaela sintió que algo dentro de ella se rompía definitivamente.

Toda su vida había sido una mentira.

Los viajes.

Los negocios.

El dinero.

La mansión.

Todo.

Se dejó caer sobre la cama y permaneció allí durante horas.

Sin moverse.

Sin hablar.

Sin saber qué pensar.

Los días siguientes fueron una tortura.

Micaela no salió de su habitación.

No asistió a la universidad.

No respondió mensajes.

No contestó llamadas.

Nada.

Lumier le llevaba la comida, pero apenas probaba algunos bocados.

La mayor parte del tiempo permanecía sentada junto a la ventana observando los jardines.

Los mismos jardines que había admirado desde niña.

Ahora solo veía una enorme prisión disfrazada de lujo.

Sus padres intentaron hablar con ella varias veces.

Ella los ignoró.

Su madre lloró detrás de la puerta en más de una ocasión.

Su padre dejó de insistir después del tercer día.

Pero el resentimiento de Micaela seguía creciendo.

Cada vez que pensaba en ellos sentía rabia.

Rabia por las mentiras.

Rabia por los secretos.

Rabia porque, a pesar de todo, seguían siendo sus padres.

Y eso era lo que más le dolía.

Una semana después...

—Señorita, debería comer algo.

Lumier dejó una bandeja sobre el escritorio.

Micaela ni siquiera levantó la mirada.

—No tengo hambre.

—Lleva días diciendo lo mismo.

—Déjame sola.

El mayordomo suspiró.

—Todos están preocupados por usted.

—Pues que dejen de estarlo.

Porque yo no lo estoy por ellos.

Lumier guardó silencio.

Sabía que discutir era inútil.

Cuando salió de la habitación, Micaela volvió a quedarse sola.

Como siempre.

Dos días después, el sonido de la puerta abriéndose de golpe la hizo sobresaltarse.

Levantó la mirada.

Su padre acababa de entrar.

Y no parecía dispuesto a discutir.

—Levántate.

—No.

—Micaela.

—Déjame en paz.

—Levántate. Ahora.

Ella soltó una carcajada amarga.

—¿Qué vas a hacer? ¿Obligarme?

—Si es necesario, sí.

La mirada de Gonzalo Stevens era dura.

Autoritaria.

La misma que utilizaba con todos sus hombres.

Y por primera vez la estaba usando con ella.

—No pienso salir de aquí.

—Ya has estado encerrada demasiado tiempo.

—¿Y qué te importa?

El hombre respiró profundamente.

Tratando de mantener la calma.

—Esta noche asistirás a una gala conmigo y con tu madre.

—No.

—No te lo estoy preguntando.

Micaela se puso de pie.

—No voy a ir a ninguna fiesta de mafiosos.

—Vas a ir.

—¡No!

—¡Sí!

El grito de su padre resonó por toda la habitación.

El silencio que siguió fue insoportable.

—Te guste o no, sigues siendo mi hija.

Y mientras vivas bajo este techo cumplirás con ciertas obligaciones.

Micaela sintió que la rabia le quemaba el pecho.

—Te odio.

Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.

Por un instante algo se quebró en los ojos de Gonzalo.

Pero desapareció tan rápido como apareció.

—Prepárate.

A las ocho salimos.

Sin decir una palabra más, abandonó la habitación.

Micaela permaneció inmóvil.

Con los puños cerrados.

Con lágrimas acumulándose en sus ojos.

Y con una sensación que no podía describir.

Porque aquella noche no quería salir.

No quería ver a nadie.

No quería formar parte de ese mundo.

Sin embargo, el destino ya había comenzado a mover sus piezas.

Y estaba a punto de cruzar su camino con alguien que cambiaría su vida para siempre.




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