Micaela observó su reflejo en el espejo con expresión vacía.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí sentada mientras varias mujeres revoloteaban a su alrededor, arreglando su cabello y maquillándola como si aquella noche fuera especial.
Para ella no lo era.
Era una obligación.
Un castigo.
Una demostración más de que seguía atrapada en una vida que ya no reconocía.
—Levante un poco el mentón, señorita.
Micaela obedeció sin ganas.
Su mirada se dirigió nuevamente al espejo.
Apenas se reconocía.
El vestido rojo abrazaba perfectamente su figura. Era elegante, largo y sofisticado, con una abertura que dejaba ver parte de una de sus piernas.
Su cabello rubio caía en suaves ondas sobre sus hombros.
Sus ojos color miel destacaban bajo el maquillaje discreto.
Cualquiera diría que parecía una princesa.
Ella se sentía una prisionera.
—Está hermosa.
La voz de su madre resonó desde la puerta.
Micaela no respondió.
Su madre entró lentamente.
Llevaba un vestido negro que resaltaba su elegancia natural.
Durante unos segundos ambas guardaron silencio.
—No tienes que fingir que todo está bien —dijo finalmente Micaela.
Su madre bajó la mirada.
—Nunca dije que lo estuviera.
—Entonces deja de actuar como si nada hubiera pasado.
La mujer abrió la boca para responder, pero terminó cerrándola.
No había palabras suficientes para arreglar aquello.
—Nos esperan abajo.
Micaela se puso de pie.
Sin decir nada más.
La gala se celebraba en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad.
Desde el exterior parecía un evento de alta sociedad.
Autos de lujo.
Vestidos costosos.
Hombres elegantes.
Sonrisas impecables.
Pero ahora Micaela veía algo que antes jamás habría notado.
Las miradas calculadoras.
Los guardaespaldas ocultos.
Las conversaciones en voz baja.
Los gestos de poder.
Aquello no era una simple fiesta.
Era una reunión de personas peligrosas.
Y ella estaba en medio de todos ellos.
Su padre caminaba a su lado mientras saludaba a distintas personas.
Algunos la observaban con curiosidad.
Otros parecían reconocerla.
Lo odiaba.
Odiaba sentirse observada.
Odiaba estar allí.
—Sonríe —murmuró Gonzalo.
—No.
—Micaela.
—Ya estoy aquí. Es suficiente.
Su padre decidió no insistir.
Quizás porque sabía que ya había ganado aquella batalla.
Al otro lado del salón.
Jackson Carter acababa de llegar.
Vestido con un impecable traje negro hecho a medida, caminaba acompañado por dos de sus hombres de confianza.
Su presencia atraía miradas.
No porque fuera una celebridad.
Sino porque era alguien a quien pocos se atrevían a ignorar.
A sus veintiocho años había construido una reputación que inspiraba respeto y temor en partes iguales.
Era inteligente.
Calculador.
Y peligrosamente paciente.
Aquella noche había acudido para cerrar un importante acuerdo con Gonzalo Stevens.
Un trato que podía beneficiar a ambas organizaciones.
Nada más.
O al menos eso creía.
—Gonzalo aún no ha llegado a la mesa principal —informó uno de sus hombres.
—Esperaremos.
Jackson tomó una copa de whisky.
Su mirada recorrió el salón por pura costumbre.
Analizando.
Observando.
Memorizando.
Hasta que se detuvo.
Y el tiempo pareció congelarse.
Una joven acababa de entrar.
Vestido rojo.
Cabello rubio.
Ojos color miel.
Por un instante el ruido desapareció.
Las conversaciones dejaron de existir.
Solo estaban ella y él.
Micaela sintió algo extraño.
Como si alguien la estuviera observando.
Giró ligeramente la cabeza.
Y entonces lo vio.
Un hombre alto.
Traje negro.
Cabello oscuro.
Mandíbula marcada.
Una mirada intensa que parecía atravesarla.
Sus ojos se encontraron.
Y ninguno apartó la vista.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Algo extraño ocurrió en aquel instante.
Algo imposible de explicar.
Era como si se reconocieran.
Como si una parte de ellos hubiera estado esperando ese momento sin saberlo.
Hasta que una voz interrumpió el silencio invisible que los rodeaba.
—¡Micaela!
Ella parpadeó.
La magia desapareció.
Giró la cabeza hacia la persona que la llamaba.
Cuando volvió a mirar...
Él seguía allí.
Observándola.
Pero el momento ya se había roto.
Jackson vio cómo desaparecía entre la multitud.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió curiosidad.
Una curiosidad peligrosa.
—¿Quién es ella? —preguntó sin apartar la mirada del lugar donde la había visto por última vez.
Uno de sus hombres siguió la dirección de sus ojos.
—¿La chica del vestido rojo?
—Sí.
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Creo que es Micaela Stevens.
Jackson levantó una ceja.
—¿Stevens?
—La hija de Gonzalo Stevens.
El interés en sus ojos aumentó.
—Consígueme toda la información que puedas sobre ella.
—¿Toda?
Jackson tomó un sorbo de whisky.
Sin dejar de observar el salón.
—Toda.
Y por primera vez aquella noche, el negocio que había venido a cerrar dejó de ser lo más importante.
Porque una chica de ojos color miel acababa de captar toda su atención.
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Editado: 26.07.2026