La música sonaba suavemente en el salón mientras decenas de personas conversaban, reían y cerraban acuerdos disfrazados de encuentros amistosos.
Micaela deseaba estar en cualquier otro lugar.
Sostenía una copa entre las manos sin siquiera probarla. Desde que había llegado no había dejado de sentirse observada.
Y no precisamente por los invitados.
Sus ojos recorrieron el salón casi de forma inconsciente.
Buscándolo.
Lo cual la irritó.
Porque ni siquiera sabía quién era.
Solo sabía que, durante unos segundos, aquella mirada había conseguido distraerla de todo lo que estaba ocurriendo en su vida.
—Micaela.
La voz de su padre la obligó a volver a la realidad.
—¿Qué?
—Quiero presentarte a algunas personas.
Ella soltó una pequeña risa irónica.
—¿Más mafiosos?
La mandíbula de Gonzalo se tensó.
—Compórtate.
—¿O qué?
Por un instante creyó que discutirían allí mismo.
Sin embargo, su padre simplemente suspiró.
—Solo acompáñame.
Micaela aceptó únicamente porque no tenía ganas de montar una escena.
Lo siguió a través del salón mientras varias personas los saludaban.
Todos parecían conocer a Gonzalo.
Todos parecían respetarlo.
O temerle.
Probablemente ambas cosas.
Al otro lado del salón.
Jackson observaba la escena.
—¿Ya tienes información? —preguntó.
Uno de sus hombres asintió.
—Micaela Stevens. Veinte años. Estudiante universitaria.
—¿Y?
—Parece mantenerse alejada de los negocios familiares.
Jackson arqueó una ceja.
—¿Parece?
—Hay rumores de que recién descubrió a qué se dedica realmente su familia.
Eso llamó inmediatamente su atención.
—¿Recién?
—Eso dicen.
Jackson volvió a mirar hacia donde estaba ella.
La expresión de Micaela no era la de alguien acostumbrado a aquel ambiente.
Ahora que la observaba mejor, parecía incómoda.
Molesta.
Como si quisiera escapar.
Y él conocía muy bien esa sensación.
—Interesante.
—Gonzalo.
Una voz grave resonó cerca de ellos.
Micaela levantó la mirada.
Un hombre de unos cincuenta años acababa de acercarse.
Era alto, imponente y desprendía una sensación que la hizo sentirse incómoda al instante.
Había algo frío en él.
Algo peligroso.
—Richard —saludó Gonzalo estrechando su mano.
Micaela notó cómo su padre parecía más serio de lo habitual.
—Ha pasado tiempo.
—Demasiado.
Richard sonrió.
Pero aquella sonrisa no llegó a sus ojos.
Entonces la observó.
—Así que esta es tu hija.
Micaela sintió un escalofrío.
—Micaela —dijo Gonzalo—. Él es Richard Carter.
Ella intentó sonreír por educación.
—Mucho gusto.
—El gusto es mío.
No lo parecía.
Y aquello la incomodó aún más.
Entonces otra voz intervino.
—Padre.
Micaela reconoció inmediatamente aquella voz.
Giró la cabeza.
Y lo vio.
El hombre de la mirada intensa.
El del traje negro.
El mismo que no había dejado de pensar desde que llegó.
Jackson Carter.
Por un instante, el tiempo volvió a detenerse.
Sus ojos se encontraron otra vez.
Y esta vez estaban mucho más cerca.
Mucho más.
—Jackson —dijo Gonzalo—. Cuánto has crecido.
Jackson apenas apartó la mirada de Micaela para saludar.
—Gonzalo.
Los dos hombres estrecharon las manos.
Luego Jackson volvió a mirarla.
Directamente.
Sin ocultarlo.
Sin avergonzarse.
Micaela sintió que el corazón le daba un extraño vuelco.
Y lo odió.
Porque no entendía por qué ocurría.
—Micaela Stevens —se presentó ella antes de que el silencio se volviera incómodo.
—Jackson Carter.
Su voz era más profunda de lo que imaginaba.
—Ya lo sé.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Jackson.
La primera sonrisa sincera de toda la noche.
—Entonces me llevas ventaja.
Micaela estuvo a punto de responder cuando Richard intervino.
—Tenemos asuntos que discutir.
La atmósfera cambió inmediatamente.
Jackson borró cualquier rastro de sonrisa.
—Claro.
Micaela observó aquel cambio.
Fue instantáneo.
Como si la presencia de su padre le resultara desagradable.
Como si hubiera algo entre ellos.
Algo que no entendía.
—Nos veremos luego —dijo Jackson antes de alejarse.
No fue una pregunta.
Ni una despedida.
Sonó más bien como una promesa.
Y por alguna razón, eso hizo que Micaela olvidara durante unos segundos el desastre en que se había convertido su vida.
Mientras caminaba junto a Richard, Jackson sintió la mirada de su padre sobre él.
Una mirada que conocía demasiado bien.
Controladora.
Exigente.
Autoritaria.
—¿Qué estabas haciendo?
—Hablando.
—No viniste aquí a hablar con niñas.
Jackson soltó una risa seca.
—¿Y tú viniste aquí a darme órdenes?
Los ojos de Richard se oscurecieron.
—Cuida tu tono.
—¿O qué?
Durante un instante ninguno apartó la mirada.
La tensión era evidente.
Como siempre.
Como desde hacía años.
Finalmente Richard habló.
—Recuerda quién eres.
Jackson apretó los puños.
Porque sabía exactamente quién era.
Lo que ya no sabía era cuánto tiempo más podría soportar seguir siendo el hijo del hombre que había destruido su vida.
Y mientras su padre continuaba hablando de negocios, una imagen apareció en su mente.
Ojos color miel.
Vestido rojo.
Y una joven que parecía tan fuera de lugar en aquel mundo como él mismo.
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Editado: 26.07.2026