La mañana llegó acompañada por un cielo gris.
Micaela apenas había dormido.
Después de la gala pasó horas dando vueltas en la cama, intentando ordenar sus pensamientos. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma imagen.
Unos ojos oscuros.
Una mirada intensa.
Jackson Carter.
Aquello era absurdo.
Lo había conocido durante unas horas.
Ni siquiera sabía por qué seguía pensando en él.
Quizás porque había sido la primera persona en semanas que no intentó justificar las acciones de sus padres.
O quizás porque detrás de aquella apariencia fría y controlada había visto algo familiar.
Dolor.
Y eso la asustaba.
A cientos de kilómetros de allí, en una suite privada de uno de los hoteles más exclusivos de Madrid, Jackson terminaba de guardar sus cosas.
Sobre una mesa descansaban varios documentos relacionados con los acuerdos que su padre había cerrado con Gonzalo Stevens la noche anterior.
Negocios.
Rutas.
Dinero.
Siempre era lo mismo.
—Partimos en cuarenta minutos.
Jackson levantó la vista.
Richard Carter acababa de entrar en la habitación.
Impecable como siempre.
Frío como siempre.
—Ya estoy listo.
—Bien.
El silencio se instaló entre ambos.
Incómodo.
Pesado.
Familiar.
Richard tomó uno de los documentos y lo guardó en su maletín.
—La reunión con Gonzalo fue productiva.
—Me alegro.
—Es una alianza importante para Italia.
Jackson soltó una risa sin humor.
—¿Y también lo fue para España?
La mirada de Richard se endureció.
—No empieces.
—Yo no he dicho nada.
—Precisamente.
Porque cuando callas es cuando más problemas causas.
Jackson apretó la mandíbula.
Había aprendido hacía años que discutir con su padre era inútil.
Ninguna conversación terminaba bien.
Ninguna.
Desde aquella noche.
La peor noche de su vida.
Apartó los pensamientos de su mente antes de que la rabia volviera a consumirlo.
—¿Algo más?
Richard lo observó durante unos segundos.
—Mantente enfocado.
No estamos aquí de vacaciones.
Jackson casi sonrió.
Porque ambos sabían perfectamente a qué se refería.
Había notado sus conversaciones con Micaela.
Había visto las miradas.
Y no le había gustado.
—No te preocupes.
Richard asintió.
Luego abandonó la habitación.
Jackson esperó hasta quedarse solo.
Entonces caminó hasta la ventana.
Desde allí podía ver parte de Madrid despertando.
Una ciudad hermosa.
Una ciudad que probablemente no volvería a visitar pronto.
O al menos eso era lo que debía pensar.
Sin embargo, había algo que no lograba sacar de su cabeza.
Alguien.
En la mansión Stevens.
El desayuno transcurría en silencio.
Micaela removía distraídamente su café.
Su madre leía el periódico.
Gonzalo revisaba varios informes.
Una familia aparentemente normal.
La diferencia era que ahora ella conocía la verdad.
—Los Carter regresan hoy a Italia.
La voz de Gonzalo rompió el silencio.
Micaela levantó la vista por reflejo.
Y se maldijo inmediatamente por ello.
Su padre lo notó.
—La reunión terminó.
—No pregunté.
—Lo sé.
Micaela volvió a concentrarse en su taza.
Intentando ignorar aquella extraña sensación que se instaló en su pecho.
No debería importarle.
Jackson Carter era un desconocido.
Un mafioso.
Un hombre perteneciente exactamente al mundo que ella estaba intentando rechazar.
Y aun así...
No podía evitar recordar la conversación que habían compartido en la terraza.
—Volverás a la universidad el lunes.
Micaela levantó la mirada.
—¿Perdón?
—Ya has estado suficiente tiempo encerrada.
—No puedes decidir eso.
—Claro que puedo.
—No soy una niña.
—Entonces deja de comportarte como una.
La tensión apareció inmediatamente.
Su madre cerró el periódico.
—Gonzalo...
—No.
Su padre se puso de pie.
—Tu vida no terminó porque descubrieras la verdad.
Micaela sintió la rabia regresar.
—Mi vida era una mentira.
—Y aun así sigue siendo tu vida.
Gonzalo tomó su maletín.
—El lunes volverás a clases.
Fin de la discusión.
Sin esperar respuesta abandonó el comedor.
Micaela permaneció inmóvil.
Furiosa.
Pero en el fondo sabía que no tenía fuerzas para seguir encerrada.
Horas después.
Un avión privado atravesaba el cielo rumbo a Italia.
Jackson permanecía sentado junto a una de las ventanas.
Su atención estaba puesta en una carpeta que uno de sus hombres le había entregado antes de despegar.
Información sobre Micaela Stevens.
Lo normal.
Lo lógico.
Lo prudente.
Y, sin embargo, algo en aquello no le gustaba.
Porque significaba que seguía pensando en ella.
Abrió la carpeta.
Universidad.
Edad.
Idiomas.
Aficiones.
Nada fuera de lo común.
Hasta que encontró una fotografía.
Era una imagen tomada meses atrás.
Micaela caminaba por el campus universitario mientras sonreía junto a unas amigas.
Una sonrisa auténtica.
Muy diferente a la que había visto en la gala.
Jackson observó la fotografía durante varios segundos.
Luego cerró la carpeta.
—¿Todo bien?
preguntó uno de sus hombres.
Jackson volvió la mirada hacia la ventana.
Las nubes cubrían el horizonte.
—No lo sé.
Y era la verdad.
Porque por primera vez en mucho tiempo algo había conseguido distraerlo de su odio hacia su padre.
Y no estaba seguro de si aquello era una buena noticia.
O el comienzo de un problema mucho más grande.
Esa misma noche, ya en Italia, Jackson no fue directamente a casa.
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Editado: 12.08.2026