El lunes llegó demasiado rápido.
Micaela observó el edificio de la universidad desde el estacionamiento mientras permanecía sentada dentro del automóvil.
No quería entrar.
No porque odiara estudiar.
Al contrario.
La universidad siempre había sido uno de los pocos lugares donde podía sentirse una persona normal.
Pero ahora nada era normal.
Ahora sabía quién era realmente su familia.
Y esa verdad parecía acompañarla a todas partes.
—Señorita.
Micaela giró la cabeza.
Uno de los escoltas la observaba desde el asiento delantero.
—Llegaremos tarde.
Ella soltó un suspiro.
—Lo sé.
Tomó su mochila y bajó del vehículo.
El aire fresco de la mañana golpeó su rostro.
Durante unos segundos se quedó inmóvil observando a los estudiantes caminar por el campus.
Algunos reían.
Otros discutían sobre exámenes.
Algunos corrían porque llegaban tarde.
Problemas normales.
Vidas normales.
Por primera vez sintió envidia.
—¡Micaela!
Una voz familiar la hizo girarse.
Su amiga Clara corrió hacia ella.
—¡Por fin apareces!
Antes de que pudiera reaccionar, ya la estaba abrazando.
—Desapareciste por casi dos semanas.
—Lo sé.
—¿Estás bien?
Micaela dudó.
¿Cómo se suponía que debía responder a eso?
¿Decirle que acababa de descubrir que sus padres dirigían una organización criminal?
—Solo necesitaba tiempo.
Clara frunció el ceño.
—Te ves cansada.
—He tenido días complicados.
—Eso puedo verlo.
Por suerte, su amiga no insistió.
Y Micaela se lo agradeció.
Porque no estaba preparada para compartir la verdad con nadie.
Ni siquiera con las personas que más quería.
Mientras tanto, en Italia.
Jackson observaba los jardines de la mansión Carter desde la ventana de su despacho.
Había regresado a la rutina.
Reuniones.
Negocios.
Problemas.
Exactamente lo que esperaba.
Y exactamente lo que no deseaba.
—Tu padre quiere verte.
Jackson cerró la carpeta que estaba revisando.
—Qué sorpresa.
El hombre que había entrado soltó una pequeña sonrisa.
—Parece de mal humor.
—Entonces hoy está siendo él mismo.
Su acompañante no discutió.
Porque ambos sabían que era verdad.
Richard Carter esperaba en la oficina principal.
Un enorme despacho decorado con madera oscura y ventanales que dominaban gran parte de la propiedad.
—Siéntate.
Jackson no se sentó.
—¿Qué quieres?
Richard ni siquiera levantó la vista de los documentos.
—Tenemos nuevos movimientos en el norte.
—¿Y?
—Quiero que te encargues.
—Manda a alguien más.
El silencio llenó la habitación.
Lento.
Peligroso.
Richard finalmente levantó la mirada.
—No era una petición.
Jackson soltó una risa seca.
—Claro que no.
Nunca lo son.
Los ojos de Richard se oscurecieron.
Pero antes de que pudiera responder, Jackson abandonó la oficina.
No estaba de humor para otra discusión.
Aquella noche.
Micaela se encontraba en su habitación revisando apuntes.
Intentando concentrarse.
Intentando recuperar la rutina.
Intentando fingir que su vida no se había convertido en un desastre.
Su teléfono vibró.
Pensó que sería Clara.
O algún compañero de la universidad.
Pero era un número desconocido.
Frunció el ceño.
Abrió el mensaje.
Solo había una frase.
"Ten cuidado."
Micaela se quedó inmóvil.
Leyó el mensaje una vez.
Luego otra.
Y otra más.
El remitente no tenía nombre.
Ni fotografía.
Ni nada que permitiera identificarlo.
Un escalofrío recorrió su espalda.
Intentó llamar.
El número ya no existía.
O había sido eliminado.
Su corazón comenzó a latir más rápido.
Por alguna razón, tuvo la sensación de que aquello no era una broma.
Y por primera vez desde que descubrió la verdad sobre sus padres...
Sintió miedo de verdad.
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Editado: 12.08.2026