Un golpe de realidad

Capitulo 8- Sombras

Sombras

Micaela no durmió bien aquella noche.

El mensaje seguía dando vueltas en su cabeza.

"Ten cuidado."

Dos simples palabras.

Dos palabras que probablemente deberían parecer insignificantes.

Pero no lo eran.

No después de todo lo que había descubierto.

No después de comprender quiénes eran realmente sus padres.

Aquella mañana, mientras desayunaba, observó a Gonzalo sentado al otro extremo de la mesa.

Revisando documentos.

Hablando por teléfono.

Actuando como si nada estuviera ocurriendo.

Como si no existieran enemigos.

Como si no dirigiera una de las organizaciones criminales más poderosas de España.

Y por primera vez se preguntó algo.

¿Cuántas personas querrían verlo muerto?

La idea le provocó un escalofrío.

—¿Te ocurre algo?

La voz de su madre la sacó de sus pensamientos.

—No.

Mentira.

—Pareces preocupada.

Micaela dudó unos segundos.

Luego sacó el teléfono.

—Anoche recibí esto.

Su madre leyó el mensaje.

La sonrisa desapareció de su rostro.

Solo duró un instante.

Pero Micaela lo notó.

Y eso fue suficiente.

—¿Quién lo envió?

—No lo sé.

—Probablemente sea una broma.

—No pareció una broma cuando lo leí.

Su madre le devolvió el teléfono.

—No pienses demasiado en eso.

Pero ya era tarde.

Porque la preocupación en sus ojos había dicho mucho más que sus palabras.

Ese mismo día.

A miles de kilómetros de España.

Jackson se encontraba en uno de los almacenes principales de los Carter.

El lugar estaba lleno de movimiento.

Camiones entrando y saliendo.

Hombres armados vigilando.

Negocios.

Siempre negocios.

—Los números coinciden.

Uno de sus hombres le entregó una carpeta.

Jackson apenas le prestó atención.

Su cabeza estaba en otra parte.

Y eso comenzaba a irritarlo.

—¿Sucede algo?

preguntó Matteo, uno de los pocos hombres en quienes confiaba.

—Nada.

—Llevas días diciendo eso.

Jackson cerró la carpeta.

—Porque no pasa nada.

Matteo soltó una risa.

—Claro.

Y yo soy sacerdote.

Jackson ignoró el comentario.

—¿Terminamos aquí?

—Sí.

Pero antes llegó una llamada.

Uno de los teléfonos comenzó a sonar.

Matteo respondió.

Su expresión cambió inmediatamente.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué ocurre?

preguntó Jackson.

Matteo colgó.

—Hubo un ataque.

—¿Dónde?

—Uno de nuestros puntos en Sicilia.

Jackson frunció el ceño.

—¿Quién fue?

—No lo saben.

Todavía.

Aquello era extraño.

Muy extraño.

Los Carter rara vez sufrían ataques directos.

Y cuando ocurrían, normalmente alguien reclamaba la autoría.

Esta vez no.

—Averigua quién está detrás.

—Ya estamos trabajando en ello.

Jackson observó el almacén durante unos segundos.

Una sensación incómoda comenzó a instalarse en su pecho.

Como si las piezas de algo más grande estuvieran moviéndose.

Y no le gustaba.

Nada.

Aquella noche.

En España.

Gonzalo Stevens permanecía reunido con varios de sus hombres de confianza.

El ambiente era tenso.

Demasiado.

—¿Están seguros?

preguntó.

Uno de ellos asintió.

—Completamente.

—¿Cuántos?

—Tres movimientos confirmados.

La mandíbula de Gonzalo se tensó.

Su esposa lo observó desde el otro lado de la habitación.

—¿Qué sucede?

preguntó.

Gonzalo tardó varios segundos en responder.

—Alguien está haciendo preguntas.

—¿Sobre qué?

—Sobre nosotros.

El silencio cayó sobre la sala.

Pesado.

Peligroso.

Porque todos sabían lo que eso significaba.

Alguien estaba preparando algo.

Y cuando alguien investigaba a los Stevens...

Nunca era por curiosidad.

Más tarde.

Micaela se encontraba estudiando cuando escuchó voces provenientes del despacho de su padre.

No era raro.

Pero aquella noche sonaban diferentes.

Más tensas.

Más urgentes.

Se acercó al pasillo.

La puerta estaba entreabierta.

Y escuchó una frase que hizo que la sangre se le helara.

—Tenemos que reforzar la seguridad de la familia.

Micaela permaneció inmóvil.

—¿Crees que llegarán tan lejos?

preguntó otra voz.

—No pienso correr el riesgo.

Respondió Gonzalo.

—Si quieren atacarme, lo intentarán a través de lo que más me importa.

Micaela retrocedió lentamente.

El corazón golpeaba con fuerza contra su pecho.

Porque por primera vez comprendió algo.

No era solo Gonzalo quien estaba en peligro.

No era solo su madre.

Ella también podía convertirse en un objetivo.

Y sin saberlo, el tiempo para que todo cambiara estaba comenzando a agotarse.




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