Un golpe de realidad

Capitulo 9- Atentado

Atentado

Los días siguientes transcurrieron bajo una extraña calma.

Demasiado tranquila.

Demasiado perfecta.

Y eso era precisamente lo que inquietaba a Gonzalo Stevens.

Durante años había aprendido a reconocer las señales.

Los silencios.

Las ausencias.

Los movimientos extraños.

En su mundo, las tormentas más peligrosas siempre llegaban después de la calma.

Y aquella calma estaba comenzando a resultarle insoportable.

—¿Otra vez escoltas?

protestó Micaela mientras observaba los dos vehículos negros estacionados frente a la universidad.

—Son órdenes de tu padre.

—Mi padre está paranoico.

—Tu padre sigue vivo gracias a su paranoia.

Micaela no encontró una respuesta para eso.

Desde la conversación que había escuchado días atrás, la seguridad a su alrededor había aumentado considerablemente.

Más hombres.

Más controles.

Más vigilancia.

Y ella comenzaba a sentirse asfixiada.

—Esto es ridículo.

—Tal vez.

Pero nadie parecía dispuesto a discutir las órdenes de Gonzalo Stevens.

Aquella misma tarde.

Gonzalo debía asistir a una reunión en las afueras de Madrid.

Nada especialmente importante.

Al menos en apariencia.

Su esposa insistió en acompañarlo.

Algo poco habitual.

—Hace semanas que apenas te veo.

—Trabajo.

—Siempre es trabajo.

La mujer sonrió.

—Entonces esta vez tendrás que soportarme.

Gonzalo negó con la cabeza.

Pero terminó aceptando.

Por unos minutos incluso pareció olvidar los problemas.

Las amenazas.

Las advertencias.

Los rumores.

Todo.

El vehículo avanzaba por una carretera poco transitada.

Dos camionetas de seguridad circulaban delante.

Otra detrás.

La protección habitual.

Nada fuera de lo común.

Hasta que ocurrió.

Un estruendo sacudió el aire.

La explosión fue tan violenta que la primera camioneta salió despedida fuera de la carretera.

El conductor pisó los frenos.

—¡Jefe!

Todo sucedió demasiado rápido.

Disparos.

Gritos.

Cristales rompiéndose.

El mundo explotando a su alrededor.

—¡Emboscada!

rugió uno de los escoltas.

Gonzalo reaccionó de inmediato.

Empujó a su esposa hacia abajo justo cuando una bala atravesó una de las ventanas.

El vidrio estalló sobre ellos.

—¡Muévete!

—¡Gonzalo!

—¡Abajo!

Los disparos continuaron.

Uno tras otro.

Sin descanso.

Los atacantes sabían exactamente dónde golpear.

Aquello no era un robo.

No era una advertencia.

Era una ejecución.

En la universidad.

Micaela salía de una clase cuando su teléfono comenzó a vibrar.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Frunció el ceño.

Era Lumier.

Respondió inmediatamente.

—¿Lumier?

No hubo respuesta.

Solo respiración agitada.

Y ruido.

Mucho ruido.

—¿Lumier?

—Señorita...

La voz del mayordomo sonaba diferente.

Temblorosa.

—¿Qué ocurre?

El silencio duró apenas unos segundos.

Pero fueron suficientes.

—Debe regresar a casa inmediatamente.

El corazón de Micaela comenzó a acelerarse.

—¿Qué pasó?

Nadie respondió.

—¡Lumier!

—Hubo un ataque.

Todo a su alrededor pareció detenerse.

—¿Qué?

—Sus padres...

La voz se quebró.

—Están heridos.

Micaela sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—No...

—El conductor ya va por usted.

—No.

No.

No.

No.

Su mente rechazó la información.

Aquello no podía estar pasando.

No otra vez.

No después de todo.

No cuando apenas comenzaba a aceptar las cosas.

Corrió.

Ni siquiera se despidió de nadie.

Simplemente corrió.

Horas más tarde.

El hospital estaba rodeado de hombres armados.

Escoltas.

Guardias.

Miembros de la organización.

Todos tenían el mismo rostro.

Tensión.

Miedo.

Rabia.

Micaela atravesó los pasillos casi sin respirar.

Hasta encontrar a Lumier.

—¿Dónde están?

—Señorita...

—¿Dónde están?

Lumier señaló una puerta.

Y ella entró.

Lo primero que vio fue a su madre.

Con varios vendajes.

Golpes.

Rostro pálido.

Pero viva.

Después vio a Gonzalo.

Una herida en el hombro.

Otra en el costado.

Y aun así seguía consciente.

Seguía dando órdenes.

Como si nada pudiera detenerlo.

Cuando la vio entrar, guardó silencio.

Por primera vez.

—Micaela.

Ella sintió lágrimas acumulándose en sus ojos.

—Idiota.

Gonzalo parpadeó.

—¿Qué?

—Eres un idiota.

La voz se le rompió.

—Pudiste haber muerto.

El hombre la observó durante varios segundos.

Y por primera vez en mucho tiempo, no encontró ninguna respuesta.

Porque sabía que ella tenía razón.

Esa misma noche.

En Italia.

Richard Carter recibió una llamada.

Escuchó durante varios segundos.

Sin interrumpir.

Sin mostrar emociones.

Cuando colgó, Jackson lo observó desde el otro extremo del despacho.

—¿Qué pasó?

Richard dejó el teléfono sobre la mesa.

—Atacaron a Gonzalo.

Jackson se enderezó inmediatamente.

—¿Está muerto?

—No.

Pero estuvieron cerca.

El silencio llenó la habitación.

Porque ambos entendieron lo que aquello significaba.

Si alguien había atacado a Gonzalo Stevens de forma tan directa...

La guerra acababa de comenzar.

Y las siguientes víctimas podían ser mucho más fáciles de alcanzar.

Especialmente una joven estudiante universitaria que vivía en España sin imaginar que acababa de convertirse en uno de los objetivos más vulnerables de todo aquel conflicto.




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