Un golpe de realidad

Capitulo 10- El objetivo

El Objetivo

El hospital permanecía bajo vigilancia las veinticuatro horas del día.

Hombres armados custodiaban cada entrada.

Cada ascensor.

Cada pasillo.

Nadie entraba ni salía sin autorización.

Y aun así, Gonzalo Stevens seguía sintiendo que no era suficiente.

Dos días.

Habían pasado dos días desde el atentado.

Dos días desde que la muerte pasó rozándolo.

Y cuanto más analizaba lo ocurrido, menos le gustaban las respuestas que estaba encontrando.

Micaela observaba a su padre desde una silla junto a la ventana.

Aún tenía vendajes.

Moretones.

Y una expresión más cansada de lo habitual.

Sin embargo, seguía trabajando.

Seguía dando órdenes.

Seguía moviendo piezas.

Como si estuviera librando una guerra invisible.

Y probablemente lo estaba haciendo.

—Deberías descansar.

Gonzalo ni siquiera levantó la vista de los documentos.

—Estoy descansando.

—Claro.

Porque revisar cincuenta carpetas desde una cama de hospital es muy relajante.

Por primera vez en días, una pequeña sonrisa apareció en los labios de Gonzalo.

Duró apenas unos segundos.

Pero Micaela la vio.

Y por extraño que resultara, le alivió el corazón.

Porque estuvo a punto de perderlo.

Y aún no sabía cómo sentirse respecto a eso.

Esa misma mañana.

Uno de los hombres de confianza de Gonzalo entró en la habitación.

La expresión de su rostro hizo que todo el ambiente cambiara.

—Necesitamos hablar.

Gonzalo levantó la mirada inmediatamente.

—A solas.

Micaela notó la tensión.

—Puedo salir.

—No.

Respondió Gonzalo.

Demasiado rápido.

El hombre intercambió una mirada con él.

Como si dudara.

Finalmente habló.

—Encontramos algo.

La mandíbula de Gonzalo se tensó.

—¿Qué?

—Los teléfonos.

Micaela frunció el ceño.

—¿Qué teléfonos?

Nadie respondió de inmediato.

—Los de los atacantes.

Explicó el hombre.

—Recuperamos varios después del enfrentamiento.

Y encontramos información.

Un silencio pesado cayó sobre la habitación.

—Habla.

Ordenó Gonzalo.

El hombre respiró profundamente.

—No solo te estaban vigilando a ti.

La sangre abandonó el rostro de Gonzalo.

Porque ya sabía lo que venía.

Lo sabía antes de escucharlo.

—¿Quién más?

preguntó.

Aunque en realidad ya conocía la respuesta.

El hombre giró la cabeza.

Miró directamente a Micaela.

—Ella.

El mundo pareció detenerse.

—¿Qué?

susurró Micaela.

—Tenemos fotografías.

Horarios.

Rutinas.

Información sobre la universidad.

Sobre sus desplazamientos.

Sobre sus escoltas.

Micaela sintió un vacío en el estómago.

—No...

—Lo siento, señorita.

Pero llevaban meses siguiéndola.

El silencio fue absoluto.

Y por primera vez desde el atentado, Gonzalo sintió verdadero miedo.

No por él.

No por su organización.

No por su imperio.

Por su hija.

Aquella noche.

Cuando Micaela salió de la habitación para buscar café, Gonzalo realizó una llamada.

Una llamada que llevaba días evitando.

Porque odiaba deber favores.

Especialmente a alguien como Richard Carter.

La llamada fue respondida al tercer tono.

—Gonzalo.

—Richard.

—Escuché que sigues vivo.

—A duras penas.

Richard soltó una breve risa.

—Entonces estamos envejeciendo.

—Necesito un favor.

El silencio llegó inmediatamente.

Porque ambos sabían que Gonzalo jamás pedía ayuda.

Jamás.

—Te escucho.

Gonzalo cerró los ojos unos segundos.

—Es sobre Micaela.

Italia.

La mansión Carter estaba envuelta en silencio cuando Richard colgó la llamada.

Permaneció inmóvil durante varios segundos.

Pensativo.

Calculando.

Evaluando.

Hasta que finalmente se puso de pie.

Y salió de su despacho.

Jackson acababa de terminar una reunión cuando vio a su padre acercarse.

Algo poco habitual.

Normalmente enviaba a alguien más.

—Necesito hablar contigo.

Jackson arqueó una ceja.

—Eso nunca trae nada bueno.

Richard ignoró el comentario.

—Gonzalo llamó.

Aquello llamó su atención.

—¿Y?

—Su situación es peor de lo que parece.

Jackson cruzó los brazos.

—Ya lo imaginaba.

Richard guardó silencio unos segundos.

—Quiere enviar a su hija a Italia.

Jackson permaneció inmóvil.

—¿Qué?

—Alguien la está buscando.

Y Gonzalo cree que aquí estará más segura.

Por primera vez en mucho tiempo, Jackson se quedó sin palabras.

Porque entre todas las posibilidades que había imaginado...

Esa no era una de ellas.

—¿Micaela?

—Sí.

—¿Aquí?

—Sí.

Richard observó atentamente la reacción de su hijo.

Y la notó.

Ese pequeño cambio en sus ojos.

Ese interés que había intentado ocultar desde España.

—Llegará pronto.

Continuó.

—Y mientras esté bajo nuestro techo, será nuestra responsabilidad.

Jackson apartó la mirada.

Intentando procesar la información.

Micaela Stevens.

En Italia.

En esta casa.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

Y algo dentro de él le dijo que aquello no iba a terminar bien.

En España.

Micaela observaba las luces de la ciudad desde la ventana del hospital.

Sin saber que su futuro acababa de cambiar.

Sin saber que una decisión había sido tomada por ella.

Y sin saber que, en cuestión de días, abandonaría todo lo que conocía para viajar a un país extranjero.

Directamente al corazón del mundo que más odiaba.

Y al encuentro del hombre que no había conseguido olvidar.




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