—¿Qué quieres decir con que me voy a Italia?
La habitación quedó en silencio.
Micaela observó a sus padres esperando que alguno de los dos dijera que era una broma.
Nadie lo hizo.
Su madre bajó la mirada.
Gonzalo permaneció inmóvil en la cama del hospital.
Y eso fue suficiente.
Era verdad.
—No.
Fue la única palabra que logró pronunciar.
—Micaela...
—No.
Repitió, esta vez con más firmeza.
—No voy a ninguna parte.
—No tienes elección.
Ella soltó una risa incrédula.
—¿Perdón?
—Lo que escuchaste.
La rabia comenzó a acumularse en su pecho.
—¿Y cuándo pensaban preguntarme?
—No íbamos a hacerlo.
Aquella respuesta la golpeó más fuerte que cualquier otra cosa.
—Increíble.
Simplemente increíble.
—Intentaron matarte.
Intervino su madre.
—También intentaron matarlos a ustedes.
—Nosotros sabemos defendernos.
—¿Y yo no?
Gonzalo cerró los ojos unos segundos.
Como si estuviera reuniendo paciencia.
—No se trata de eso.
—Entonces explícame de qué se trata.
Porque sigo sin entender por qué tengo que abandonar mi país.
Mi universidad.
Mi vida.
Por culpa de las personas con las que ustedes decidieron hacer negocios.
El golpe fue directo.
Y todos lo sintieron.
La expresión de su madre se quebró.
Pero Gonzalo no apartó la mirada.
—Porque te están cazando.
Las palabras cayeron como una losa.
—¿Qué?
—Los hombres que nos atacaron tenían información sobre ti.
Sabían dónde estudias.
Con quién te relacionas.
Tus horarios.
Tus movimientos.
Micaela sintió cómo el estómago se le revolvía.
Porque una parte de ella ya sospechaba aquello.
Desde el mensaje.
Desde la seguridad reforzada.
Desde las conversaciones que había escuchado.
Pero escucharlo en voz alta era diferente.
Mucho peor.
—No...
—Sí.
La voz de Gonzalo sonó más suave.
Más humana.
Más parecida a la de un padre que a la de un mafioso.
—Y no voy a esperar a que vuelvan a intentarlo.
Horas después.
El alta médica llegó antes de lo esperado.
Los Stevens regresaron a la mansión bajo un operativo de seguridad que parecía más propio de un jefe de Estado que de una familia común.
Micaela observó los vehículos detrás de las ventanas.
Las armas.
Los hombres.
Todo aquello que antes ignoraba.
Ahora lo veía claramente.
Y lo odiaba.
Aquella noche cenaron juntos.
Algo que rara vez ocurría.
Pero nadie tenía hambre.
Ni ganas de hablar.
Hasta que Gonzalo rompió el silencio.
—El vuelo sale pasado mañana.
Micaela dejó los cubiertos sobre la mesa.
—Sigues sin escucharme.
—Ya te escuché.
—Entonces sabes que no quiero ir.
—Y yo sé que vas a hacerlo.
La tensión apareció inmediatamente.
—No puedes obligarme.
—Claro que puedo.
—Tengo veinte años.
—Y sigues siendo mi hija.
Micaela se puso de pie.
—Estoy cansada de que decidan todo por mí.
—Estoy cansado de intentar mantenerte viva.
El silencio fue inmediato.
Brutal.
Nadie habló durante varios segundos.
Porque aquella frase había salido desde un lugar completamente diferente.
No desde el poder.
No desde el control.
Sino desde el miedo.
Miedo real.
Gonzalo se pasó una mano por el rostro.
Parecía más viejo.
Más cansado.
Más humano.
—Micaela...
La joven no respondió.
—Si algo te ocurriera...
La frase quedó inconclusa.
Y eso fue peor.
Porque no hacía falta terminarla.
Ella lo entendió.
Todos lo entendieron.
Por primera vez desde que descubrió la verdad, Micaela vio algo que jamás había visto en su padre.
Terror.
Esa misma noche.
Italia.
Jackson estaba entrenando en uno de los gimnasios privados de la mansión Carter cuando Matteo apareció.
—¿Sigues golpeando el saco o planeas matarlo?
Jackson lanzó otro puñetazo.
—¿Qué quieres?
—La chica española.
El golpe se detuvo inmediatamente.
—¿Qué pasa con ella?
Matteo sonrió.
—Así que sí te interesa.
—Habla.
—Los hombres están preparando una habitación.
Jackson tomó una botella de agua.
—¿Y?
—La están instalando en el ala este.
Justo al lado de la tuya.
El silencio fue breve.
Pero suficiente.
—¿Mi padre lo hizo a propósito?
—Probablemente.
—Perfecto.
Matteo soltó una carcajada.
—Esto va a ser divertido.
—No veo qué tiene de divertido.
—Porque tú no puedes verla.
Yo sí.
Jackson negó con la cabeza.
Pero no respondió.
Porque una parte de él sospechaba que Matteo tenía razón.
Y eso era precisamente lo que le preocupaba.
Esa madrugada.
Micaela permaneció sentada sobre su cama observando las maletas abiertas.
Lumier había comenzado a prepararlas por orden de Gonzalo.
Vestidos.
Libros.
Documentos.
Todo estaba siendo empacado.
Todo era real.
Italia.
La palabra seguía sonando extraña.
Lejana.
Imposible.
Sin embargo, cada vez quedaba menos tiempo.
Y aunque intentaba convencerse de que estaba enfadada por marcharse...
Había una pequeña parte de ella que no podía ignorar una verdad incómoda.
Iba a volver a ver a Jackson Carter.
Y no sabía si aquello era lo que más le preocupaba...
O lo que más esperaba.
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Editado: 12.08.2026