La mañana llegó demasiado pronto.
Micaela apenas había dormido.
Cada vez que cerraba los ojos recordaba las palabras de su padre.
"Te están cazando."
Aquella frase había conseguido algo que ninguna discusión logró.
Asustarla.
Y eso la enfurecía.
Porque odiaba sentirse vulnerable.
Odiaba sentir que otros decidían por ella.
Y, sobre todo, odiaba abandonar España.
Su hogar.
Su universidad.
La poca normalidad que aún conservaba.
Las maletas ya estaban listas cuando bajó las escaleras.
Lumier se encontraba supervisando a varios empleados.
Como siempre.
Como llevaba haciendo desde que ella tenía memoria.
—Todo está preparado, señorita.
Micaela intentó sonreír.
—Gracias.
El mayordomo asintió.
Pero algo en su expresión era diferente.
Más triste.
—¿Qué ocurre?
preguntó ella.
—Nada.
—Lumier.
El hombre soltó un pequeño suspiro.
—La he visto crecer durante veinte años.
La casa estará demasiado silenciosa sin usted.
Por primera vez en días, Micaela sintió un nudo en la garganta.
Porque Lumier había estado más presente que sus propios padres durante gran parte de su vida.
—Volveré.
—Lo sé.
—Y cuando vuelva...
El hombre sonrió.
—Seguiré aquí molestándola para que desayune.
Ella soltó una pequeña risa.
Y antes de pensarlo demasiado, lo abrazó.
Lumier pareció sorprendido.
Pero correspondió al abrazo.
—Cuídese mucho, señorita.
—Tú también.
El trayecto al aeropuerto transcurrió en silencio.
Su madre observaba por la ventana.
Gonzalo revisaba mensajes constantemente.
Y Micaela intentaba ignorar el vacío que sentía en el pecho.
Cuando llegaron, un avión privado ya los esperaba.
Los motores estaban encendidos.
Listos para partir.
Todo había sido organizado demasiado rápido.
Como si alguien temiera perder tiempo.
Oportunidades.
Vidas.
Durante el vuelo.
Micaela permaneció observando las nubes.
Pensando.
Pensando demasiado.
—Cuando llegues a Italia tendrás escoltas permanentes.
La voz de Gonzalo interrumpió sus pensamientos.
—Ya los tengo aquí.
—Allí serán más estrictos.
—Qué alegría.
Su padre ignoró el sarcasmo.
—Los Carter tienen protocolos diferentes.
—Lo sé.
—Y tendrás que seguirlos.
—Lo sé.
—Micaela.
Ella giró la cabeza.
—¿Qué?
Gonzalo tardó unos segundos en responder.
—Confía en Jackson.
Aquello sí logró sorprenderla.
—¿Perdón?
—Si ocurre algo.
Si necesitas ayuda.
Acude a él.
Micaela frunció el ceño.
—Lo conozco desde hace unas horas.
—Yo conozco a su familia desde hace décadas.
No es su padre.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Extraña.
Inquietante.
Porque había algo detrás de esas palabras.
Algo que Gonzalo no estaba contando.
Pero decidió no insistir.
Horas más tarde.
Italia apareció bajo ellos.
Montañas.
Carreteras.
Pueblos dispersos.
Y finalmente una enorme extensión de terreno privado.
Cuando el avión aterrizó, varios vehículos negros ya esperaban cerca de la pista.
La recepción no parecía precisamente amistosa.
Parecía militar.
—Bienvenida a Italia.
Murmuró su madre.
Micaela no respondió.
Porque estaba demasiado ocupada observando todo.
El trayecto hasta la residencia Carter duró poco más de una hora.
Y cuanto más avanzaban, más comprendía el poder que aquella familia poseía.
Altos muros.
Portones reforzados.
Guardias armados.
Sistemas de vigilancia.
Era incluso más impresionante que la mansión Stevens.
Y mucho más intimidante.
Finalmente los vehículos se detuvieron.
Las puertas principales se abrieron lentamente.
Y allí estaban.
Richard Carter.
Varios hombres de confianza.
Personal de servicio.
Todos esperando.
Como si estuvieran recibiendo a una invitada importante.
O vigilando una amenaza.
Micaela aún no estaba segura de cuál de las dos opciones era correcta.
Richard avanzó primero.
—Bienvenida.
Su voz era tan fría como la recordaba.
—Gracias.
Respondió por educación.
—Tu estancia aquí será segura.
—Eso espero.
Richard pareció divertido por la respuesta.
Solo un poco.
Entonces alguien apareció detrás de él.
Y el mundo pareció detenerse durante un instante.
Jackson.
Vestido completamente de negro.
Las manos en los bolsillos.
La misma mirada intensa.
La misma presencia imposible de ignorar.
Micaela sintió cómo el corazón le daba un vuelco.
Y se odió por ello.
Porque no debería reaccionar así.
No después de todo lo que estaba ocurriendo.
Pero tampoco podía evitarlo.
Jackson la observó durante varios segundos.
Como si quisiera asegurarse de que realmente estaba allí.
Como si todavía no terminara de creerlo.
—Micaela.
Fue la primera palabra que pronunció.
Y por alguna razón, escuchar su nombre en su voz le provocó una sensación extraña.
—Jackson.
Respondió ella.
Él sonrió apenas.
Lo justo para que ella se preguntara si realmente había visto esa sonrisa.
—Supongo que ahora sí nos veremos luego.
Micaela tardó un segundo en entender la referencia.
Y cuando lo hizo, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
La primera completamente sincera desde el atentado.
Jackson la vio.
Y algo dentro de él se relajó.
Solo un poco.
Porque por primera vez desde que recibió la noticia de su llegada, comprendió una verdad muy simple.
Micaela Stevens ya no estaba en España.
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Editado: 12.08.2026