La mansión Carter era incluso más grande por dentro.
Micaela lo descubrió mientras una empleada la guiaba por interminables pasillos decorados con cuadros antiguos, lámparas de cristal y ventanales que ofrecían vistas impresionantes de los jardines.
Todo era elegante.
Perfecto.
Y extrañamente frío.
No tenía nada que ver con la mansión Stevens.
Su hogar siempre había sido lujoso, pero aún conservaba cierta calidez.
Aquí todo parecía diseñado para imponer respeto.
O miedo.
Quizás ambas cosas.
—Esta será su habitación, señorita.
La empleada abrió una enorme puerta de madera.
Micaela entró.
La habitación era prácticamente un apartamento completo.
Tenía una sala privada, un vestidor enorme, una terraza y un dormitorio que parecía sacado de una revista de lujo.
—No sé si me están hospedando o secuestrando.
Murmuró.
La mujer intentó ocultar una sonrisa.
—Si necesita algo, puede pedirlo.
—Gracias.
Cuando finalmente se quedó sola, soltó un largo suspiro.
Había ocurrido demasiado en muy poco tiempo.
España.
El atentado.
El hospital.
Italia.
Jackson.
Todo parecía una película absurda.
Se acercó a la terraza.
Desde allí podía observar gran parte de la propiedad.
Los jardines.
La fuente principal.
Los vehículos patrullando.
Los guardias armados.
Ni siquiera allí estaba libre de la seguridad.
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Y apareció Jackson.
Micaela parpadeó.
No esperaba verlo tan pronto.
—¿Te perdiste?
preguntó ella.
Jackson apoyó un hombro contra el marco de la puerta.
—No todavía.
—Entonces supongo que vienes a molestarme.
—Quería asegurarme de que no estuvieras planeando escapar.
Micaela soltó una pequeña risa.
—Lo pensé.
—Lo imaginé.
Por primera vez desde que llegó, la tensión que llevaba acumulada pareció disminuir un poco.
Solo un poco.
—¿Te gusta la habitación?
preguntó Jackson.
—Es más grande que mi apartamento universitario.
—Eso no responde la pregunta.
—Es bonita.
Demasiado bonita.
Como para olvidar que estoy aquí porque alguien quiere matarme.
La sonrisa desapareció del rostro de Jackson.
Y eso hizo que Micaela se arrepintiera inmediatamente.
Porque era la primera vez que decía aquello en voz alta.
La primera vez que reconocía la situación.
—Lo siento.
Jackson negó con la cabeza.
—No tienes que disculparte.
El silencio se instaló durante unos segundos.
Incómodo.
Pesado.
Hasta que Micaela decidió romperlo.
—¿Siempre eres tan serio?
—No.
—Mentira.
—Tal vez.
Ella sonrió.
Y Jackson descubrió que le gustaba verla sonreír más de lo que debería.
Esa misma tarde.
Richard Carter reunió a todos en su despacho.
La atmósfera era tensa.
Como siempre.
—A partir de este momento hay nuevas medidas de seguridad.
Micaela estaba sentada junto a una de las ventanas.
Escuchando.
Intentando no sentirse una carga.
—Nadie sale de la propiedad sin autorización.
—¿Perdón?
interrumpió ella.
Richard ni siquiera la miró.
—Nadie.
—Eso incluye a mí.
—Especialmente a ti.
Micaela cruzó los brazos.
—No soy una prisionera.
—Tampoco eres una turista.
El tono del hombre era tan frío que la irritó inmediatamente.
—No puedes encerrarme aquí.
—Puedo.
Y lo haré si es necesario.
Jackson observó el intercambio en silencio.
Conocía perfectamente a su padre.
Y sabía que discutir era inútil.
—¿Cuánto tiempo?
preguntó Micaela.
—Hasta que sepamos quién está detrás del atentado.
La respuesta no ayudó.
Porque nadie parecía saberlo.
Esa noche.
Micaela no conseguía dormir.
La diferencia horaria.
Los nervios.
La incertidumbre.
Todo se mezclaba dentro de su cabeza.
Finalmente decidió salir a caminar.
Los pasillos estaban silenciosos.
Oscuros.
La mayoría de las luces permanecían apagadas.
Caminó sin rumbo durante varios minutos.
Hasta que llegó a uno de los balcones interiores.
Y allí lo encontró.
Jackson.
Solo.
Con una copa en la mano.
Observando la oscuridad.
—¿No puedes dormir?
preguntó ella.
Jackson giró la cabeza.
Parecía sorprendido.
—Podría preguntarte lo mismo.
Micaela se acercó a la barandilla.
—Estoy en otro país.
Viviendo con desconocidos.
Y escondiéndome de personas que quieren matarme.
Así que no.
No puedo dormir.
Jackson soltó una pequeña risa.
—Cuando lo dices así, suena bastante mal.
—Porque lo es.
Por primera vez en mucho tiempo, ambos compartieron una sonrisa.
Una sonrisa auténtica.
Breve.
Pero real.
Y ninguno de los dos notó la figura que los observaba desde el otro extremo del pasillo.
Una figura que desapareció en las sombras antes de ser descubierta.
Porque mientras Micaela intentaba adaptarse a su nueva vida...
Alguien ya sabía exactamente dónde encontrarla.
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Editado: 12.08.2026