El Precio de la Protección
La mañana siguiente comenzó con una sensación extraña.
Por un instante, al abrir los ojos, Micaela olvidó dónde estaba.
Pensó que seguía en España.
En su habitación.
En su casa.
En su vida.
Pero la ilusión desapareció en cuanto observó el techo desconocido sobre ella.
Italia.
La mansión Carter.
La realidad.
Soltó un suspiro y se incorporó lentamente.
Había dormido poco.
Y demasiado.
Después de ducharse y vestirse, decidió explorar un poco.
No tenía permitido salir de la propiedad.
Pero nadie había dicho nada sobre recorrerla.
La mansión era enorme.
Más de lo que imaginó.
Pasillos interminables.
Salones elegantes.
Bibliotecas.
Terrazas.
Jardines que parecían no tener fin.
Era casi imposible imaginar cuántas personas trabajaban allí.
Mientras caminaba por uno de los corredores exteriores escuchó voces.
Instintivamente se detuvo.
—¿Estás seguro?
preguntó una voz masculina.
—Completamente.
Respondió otra.
Micaela reconoció aquella voz.
Richard Carter.
—La información llegó esta madrugada.
—Entonces alguien habló.
—O alguien los está observando.
El silencio fue breve.
—Redobla la vigilancia.
No pienso permitir errores.
Micaela siguió caminando antes de ser descubierta.
Aunque una sensación incómoda permaneció con ella.
Porque sabía que aquella conversación tenía algo que ver con ella.
Horas más tarde.
Jackson la encontró en la biblioteca.
Sentada junto a una ventana.
Con un libro abierto.
Aunque claramente no estaba leyendo.
—¿Aburrida?
Micaela levantó la vista.
—Mucho.
—Podría ser peor.
—¿Cómo?
—Mi padre podría obligarte a asistir a una reunión de negocios.
Ella hizo una mueca.
—Tienes razón.
Eso sería una tortura.
Jackson tomó asiento frente a ella.
—Empiezas a adaptarte.
—No estoy segura.
—Ya no pareces querer escapar cada cinco minutos.
—Ahora lo pienso cada diez.
Él soltó una pequeña risa.
Y Micaela se sorprendió.
Porque era una risa genuina.
No una sonrisa educada.
No una reacción forzada.
Una risa real.
—¿Qué?
preguntó él.
—Nada.
—Mentirosa.
—Solo no imaginaba que supieras reír.
—Muy graciosa.
Ella sonrió.
Y Jackson descubrió que le gustaba verla sonreír más de lo que debería.
Aquella misma tarde.
Richard Carter convocó una reunión privada.
Solo estaban presentes él, Jackson y tres de sus hombres de confianza.
—Tenemos un problema.
La frase fue suficiente para captar la atención de todos.
—Habla.
Dijo Jackson.
Richard lanzó varias fotografías sobre la mesa.
—Anoche identificamos movimientos sospechosos cerca de la frontera.
Jackson observó las imágenes.
Vehículos.
Personas.
Matrículas falsas.
Nada bueno.
—¿Quiénes son?
—Aún no lo sabemos.
Pero hicieron preguntas.
—¿Y?
Richard lo miró directamente.
—Preguntas sobre Micaela.
El ambiente cambió inmediatamente.
—¿Qué clase de preguntas?
—Las suficientes para preocuparme.
Jackson sintió que la mandíbula se le tensaba.
Aquello no le gustaba.
Nada.
—Pensé que nadie sabía que estaba aquí.
—Nosotros también.
Respondió Richard.
—Pero alguien lo descubrió.
El silencio llenó la sala.
Porque todos comprendían las implicaciones.
Si los enemigos de Gonzalo ya sabían dónde estaba Micaela...
Italia podía dejar de ser un refugio.
Y convertirse en un campo de batalla.
Esa noche.
Micaela se encontraba en una de las terrazas observando el atardecer.
El cielo italiano estaba teñido de tonos dorados y anaranjados.
Era hermoso.
Tan hermoso que por momentos conseguía olvidar por qué estaba allí.
—Pensativa.
La voz de Jackson apareció detrás de ella.
—Empiezas a asustarme.
Él se acercó hasta apoyarse en la barandilla.
Vestía completamente de negro.
Camisa oscura.
Reloj elegante.
Y una fragancia intensa que ella no había notado antes.
—¿Vas a algún sitio?
preguntó Micaela.
Jackson la miró de reojo.
—Tengo algunos asuntos.
—Muy específico.
—No me gusta dar explicaciones.
—Eso ya lo noté.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—No volveré tarde.
—Ni siquiera te pregunté eso.
—Pero querías hacerlo.
Micaela puso los ojos en blanco.
—Qué egocéntrico eres.
—Me lo dicen seguido.
Por alguna razón ambos terminaron sonriendo.
Algo que cada vez ocurría con más frecuencia.
Y eso comenzaba a ser peligroso.
—¿Extrañas España?
preguntó Jackson.
—Sí.
Mucho.
—Volverás.
—¿Y si no?
—Lo harás.
Porque primero tendremos que asegurarnos de que sigas viva.
La sinceridad de sus palabras la dejó en silencio.
Entonces el teléfono de Jackson vibró.
Él observó la pantalla apenas un segundo.
—Tengo que irme.
—¿Asuntos importantes?
—Depende de cómo lo mires.
Micaela arqueó una ceja.
—Eso suena sospechoso.
—Entonces no preguntes.
Y sin añadir nada más, se marchó.
Ella observó cómo desaparecía por el corredor.
Sin entender por qué sentía curiosidad.
O por qué le molestaba un poco no saber adónde iba.
Una hora después.
La música inundaba cada rincón del exclusivo club privado.
Luces bajas.
Alcohol caro.
Personas buscando olvidar sus problemas por una noche.
Jackson estaba sentado en una de las áreas VIP cuando una joven morena se acercó.
Era alta.
Hermosa.
Y claramente feliz de verlo.
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Editado: 12.08.2026