Un golpe de realidad

CAPITULO 17- Ecos del pasado

Ecos del Pasado

La mansión Carter nunca había parecido tan silenciosa.

Micaela comenzó a notarlo desde temprano.

No era el silencio normal de una casa grande.

Era otro.

Uno lleno de tensión.

Como si todos estuvieran esperando que algo ocurriera.

Desde la ventana de su habitación observó cómo los hombres de seguridad recorrían la propiedad con mayor frecuencia.

Más vehículos.

Más vigilancia.

Más preocupación.

Y aunque nadie le decía nada, ella podía sentirlo.

Algo estaba cambiando.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Adelante.

La puerta se abrió.

Era Jackson.

Esta vez no llevaba esa expresión fría que utilizaba con todos los demás.

Parecía cansado.

Preocupado.

—¿Otra vez apareciendo sin avisar?

preguntó ella.

Él entró y cerró la puerta.

—Estoy empezando a pensar que te gusta que lo haga.

Micaela lo miró sorprendida.

—¿Eso era una broma?

—No exageres.

—Acabas de hacer una.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Jackson.

Una sonrisa que desapareció casi tan rápido como llegó.

—Tenemos que hablar.

Micaela suspiró.

—Esa frase nunca trae nada bueno.

—No.

Esta vez no.

Ella notó el cambio en su tono.

—¿Qué pasó?

Jackson dudó unos segundos.

—Encontramos algo.

En el despacho principal, Richard colocó varios documentos sobre la mesa.

Micaela observó las hojas sin entender.

—¿Qué es esto?

—Información sobre quienes te están buscando.

Respondió Richard.

Ella sintió un nudo en el estómago.

—¿Descubrieron quiénes son?

Richard negó con la cabeza.

—No exactamente.

Jackson tomó uno de los documentos.

—Pero sabemos que no son los mismos hombres que atacaron a tu padre.

Micaela frunció el ceño.

—¿Entonces hay más de un enemigo?

Nadie respondió.

Y esa respuesta fue peor que cualquier palabra.

—¿Por qué alguien más me buscaría?

preguntó.

El silencio se volvió incómodo.

Porque era una pregunta que ninguno quería responder.

Finalmente Richard habló.

—Esa es la pregunta que estamos intentando responder.

Más tarde.

Jackson encontró a Micaela en los jardines.

Estaba sentada junto a una fuente.

Mirando el agua sin verla realmente.

—¿Sabes qué es lo peor?

preguntó ella sin girarse.

Jackson se detuvo.

—¿Qué?

—Que ya no sé qué parte de mi vida era real.

Él guardó silencio.

Porque entendía esa sensación.

—Primero descubrí que mis padres eran personas completamente diferentes a quienes creía.

Hizo una pausa.

—Ahora alguien me busca y nadie sabe por qué.

Jackson se sentó a su lado.

—A veces las personas esconden cosas porque creen que están protegiéndonos.

Micaela lo miró.

—¿Eso es lo que haces tú?

La pregunta lo tomó desprevenido.

—¿Qué?

—Ocultarme cosas.

Jackson apartó la mirada.

Porque la respuesta era complicada.

—No.

Dijo finalmente.

—Pero hay cosas que todavía no entiendo.

Ella observó su rostro.

Por primera vez notó algo.

Jackson también tenía secretos.

Muchos.

Y quizás por eso se entendían tan bien.

Esa noche.

En la mansión Carter.

Richard recibió una visita inesperada.

Un hombre vestido elegantemente entró al despacho.

No parecía un enemigo.

Pero tampoco un amigo.

—Ha pasado mucho tiempo.

Dijo Richard.

El hombre sonrió ligeramente.

—Demasiado.

Richard lo observó con desconfianza.

—¿Qué quieres?

El hombre dejó una carpeta sobre el escritorio.

—Confirmar algo.

Richard no tocó la carpeta.

—¿Qué cosa?

El hombre respondió:

—Si la chica Stevens realmente es quien creemos.

El rostro de Richard cambió.

Solo un instante.

Pero fue suficiente.

—No sabes de qué hablas.

El hombre sonrió.

—Ambos sabemos que sí.

Richard permaneció en silencio.

Porque por primera vez en mucho tiempo había algo que realmente podía ponerlo nervioso.

A miles de kilómetros.

Una mujer observaba una fotografía antigua.

Era una imagen de una bebé.

La misma fotografía que había estado guardada durante veinte años.

Sus dedos recorrieron el borde de la imagen con cuidado.

—Mi niña...

Susurró.

Las lágrimas llenaron sus ojos.

A su lado, un hombre permanecía en silencio.

Un hombre cuya presencia imponía respeto incluso sin hablar.

—La encontraremos.

Dijo él.

La mujer cerró los ojos.

—¿Y si nos odia?

El hombre tardó unos segundos en responder.

—Entonces tendremos que aceptar que el tiempo que perdimos no puede recuperarse.

Una pausa.

—Pero nadie volverá a quitárnosla.

En Italia.

Micaela permanecía en su habitación sin saber que su nombre estaba siendo pronunciado en lugares donde jamás había estado.

Sin saber que había una familia esperando encontrarla.

Y sin saber que la verdad más importante de su vida...

Todavía estaba por revelarse.




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