Un golpe de realidad

CAPITULO 23- El peso de veinte años

El Peso de Veinte Años

Durante veinte años, Gonzalo Stevens había conseguido que el mundo creyera que nada podía quebrarlo.

Había sobrevivido a guerras.

Había eliminado enemigos.

Había tomado decisiones que otros hombres no se atrevían a tomar.

Para todos era un hombre sin miedo.

Pero había una verdad que nadie conocía.

El único miedo que realmente tenía no era morir.

Era perder a Micaela.

Porque aunque la verdad estuviera a punto de destruirlo, aunque todos lo juzgaran por lo que había hecho...

Él la amaba.

Y ese era precisamente el problema.

El despacho estaba en silencio.

La fotografía sobre el escritorio era la misma que había observado durante horas.

Micaela de niña.

Sonriendo.

Sin saber que el hombre que la abrazaba había cometido un pecado que algún día tendría que pagar.

Su esposa entró lentamente.

—Tenemos que irnos.

Gonzalo no respondió.

—Gonzalo.

Finalmente levantó la mirada.

—¿Crees que algún día podrá perdonarme?

La pregunta sorprendió a su esposa.

Porque durante años él nunca había hablado de esa posibilidad.

—No lo sé.

Respondió con sinceridad.

—Pero si existe una oportunidad, tienes que enfrentarla.

Gonzalo tomó la fotografía.

—Durante veinte años fui su padre.

Su esposa bajó la mirada.

—Lo sé.

—Pero también fui la persona que le quitó la verdad.

Y esa parte nunca podré cambiarla.

Italia.

La mansión Carter estaba bajo una seguridad más estricta que nunca.

Jackson observaba desde el despacho mientras los vehículos entraban por el camino principal.

Gonzalo Stevens había llegado.

Richard estaba junto a él.

—Esto puede salir mal.

Dijo Jackson.

Richard permaneció tranquilo.

—Probablemente saldrá mal.

Jackson lo miró.

—¿Y eso te tranquiliza?

Richard negó.

—No.

Pero hay cosas que deben ocurrir aunque duelan.

Porque esconderlas solo hace que sean peores.

Gonzalo entró en la mansión acompañado de su esposa.

Jackson lo observó.

Era extraño verlo así.

Sin arrogancia.

Sin autoridad.

Sin esa seguridad que siempre mostraba.

Solo era un hombre preocupado.

Un padre esperando un juicio.

Richard se acercó.

—Gonzalo.

Los dos hombres se estrecharon la mano.

—Gracias por recibirnos.

Richard asintió.

—No lo hago por ti.

Gonzalo entendió.

—Lo sé.

Lo haces por ella.

En otra parte de la mansión, Micaela caminaba sin rumbo.

Sabía que Gonzalo estaba allí.

Sabía que Alexander y Elena también llegarían.

Y aunque una parte de ella quería enfrentarlos...

Otra parte solo quería escapar.

Demasiadas verdades.

Demasiados cambios.

Demasiado dolor.

Pero ya no podía huir.

No esta vez.

La llegada de los Volkov cambió completamente el ambiente.

Alexander entró acompañado de Elena.

Su presencia era imponente.

Era un hombre acostumbrado a ser obedecido.

Pero cuando sus ojos encontraron a Gonzalo...

No vio a un enemigo.

Vio al hombre que había vivido veinte años con su hija.

El silencio entre ambos fue insoportable.

Finalmente Alexander habló.

—Veinte años.

Gonzalo sostuvo su mirada.

—Lo sé.

—Veinte años buscándola.

Su voz comenzó a endurecerse.

—Veinte años preguntándonos si estaba viva.

Gonzalo bajó la mirada.

—Lo sé.

—Mientras tú la veías crecer.

Esa frase golpeó más fuerte.

Porque era verdad.

—Sí.

Respondió Gonzalo.

—La vi crecer.

—La escuchaste llamarte padre.

El silencio fue suficiente respuesta.

Alexander apretó la mandíbula.

La rabia comenzó a ganar terreno.

—¿Sabes lo que fue perder una hija?

Gonzalo levantó la mirada.

—Sí.

Alexander se quedó quieto.

—Porque aunque yo la haya criado...

También viví todos estos años sabiendo que algún día tendría que perderla.

La tensión aumentó.

Demasiado.

Los hombres alrededor comenzaron a moverse.

Todos conocían las reglas de ese mundo.

Una discusión podía convertirse en una guerra en segundos.

Alexander dio un paso adelante.

Sus hombres reaccionaron.

Gonzalo hizo lo mismo.

Y entonces ocurrió.

Dos manos fueron hacia las armas.

El pasado de ambos hombres apareció en un instante.

La violencia.

La desconfianza.

La costumbre de resolver todo con una bala.

Alexander sacó su arma.

Gonzalo hizo lo mismo.

El salón quedó congelado.

Nadie respiraba.

Hasta que una voz rompió el silencio.

—¡BASTA!

Todos giraron.

Micaela estaba allí.

De pie.

Mirándolos.

Ambos hombres se quedaron inmóviles.

—¿Qué están haciendo?

Su voz temblaba.

Pero no de miedo.

De decepción.

—¿Esto es lo que son?

Preguntó.

Miró a Alexander.

Luego a Gonzalo.

—Dos hombres con suficiente poder para destruir vidas...

Y aun así no pueden hablar sin apuntarse.

Nadie respondió.

Micaela avanzó unos pasos.

—Durante veinte años uno de ustedes me perdió.

Miró a Alexander.

—Y durante veinte años el otro me ocultó la verdad.

Miró a Gonzalo.

—Pero ninguno tiene derecho a destruir lo poco que queda.

Las manos de ambos comenzaron a bajar lentamente.

Porque por primera vez no estaban viendo a una amenaza.

Estaban viendo a su hija.

A la persona que ambos habían perdido de maneras diferentes.

Micaela respiró profundamente.

—No soy un territorio.

No soy un premio.

No soy algo que puedan reclamar.

Soy una persona.

Y estoy cansada de que todos decidan por mí.

El silencio fue absoluto.




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